Morir como un perro

 

 Sólo existía el dolor. Y la espera. Pilar estuvo diez días intentando morirse en una cama de hospital. Cuando los gritos se hicieron insoportables, cuando la voz de su agonía desgarró el aire durante días clavándose como un puñal, sólo entonces los médicos consintieron enchufarla a una bomba de morfina. Dosis controladas, un poquito más cada vez porque el cuerpo se acostumbra rápido. Y a esperar. Su corazón tardó dos días en decir basta.

Mientras veíamos a su cuerpo deformado, hinchado y agónico, coger aire a bocanadas cada vez más cortas y espaciadas, nos daba vergüenza pensar muérete, muérete, muérete ya de una maldita vez y descansa. No te mereces esto. Tú ya no eres Pilar. Ahora ya sólo eres un corazón, dos pulmones, un estómago y unas piernas que una vez fueron un ser humano increíble, pero que hoy ya sólo forman grupos de células en un cuerpo doliente.

Tú ya no estás aquí. Sólo sufres aquí.

Pilar murió en un hospital. Agonizando de dolor. Porque los médicos -y es decisión médica- no quisieron acelerar su muerte, ni darle morfina antes de tiempo.  Pero estuvo acompañada de los suyos.

Sini embargo, José Antonio Arrabal ha muerto solo, como un perro. En realidad peor que un perro. Murió solo, en su casa. Le dijo a su familia que se marchara. Salid de casa. Salid. Porque si ellos se quedaban se podrían enfrentar a hasta 8 años de cárcel. Es la pena que contempla el Código Penal español para las personas que ejerzan la eutanasia, es decir, provocar o inducir la muerte de un paciente cuando sufre por una enfermedad incurable -algo legal en multitud de países, como Holanda, Bélgica o Luxemburgo-. El suicidio asistido -castigado con entre 2 y 5 años de cárcel- consiste en proporcionar los medios al enfermo para que termine con su vida, pero es él mismo el que se suicida.

Y como José Antonio, enfermo terminal de ELA -una enfermedad fulminante y cruel-, no quería que los suyos fueran perseguidos por la justicia, tuvo que morir solo. Peor que un animal. Sin poder dar la mano a sus hijos y a su mujer. Sin mirarles a los ojos. Sin abrazarlos. Sin sentir su amor.

 

El domingo pasado, se tomó una mezcla de medicamentos letales que había comprado de manera ilegal por internet. Primero se durmió. Después dejó de respirar y se le paró el corazón. Antes quiso grabar este video, para concienciarnos a todos de lo que es morir de esta manera. Y para reivindicar una ley que le hubiera permitido morir acompañado y en paz. Una ley que nuestros políticos se resisten a aprobar.

Y parece mentira que hayan pasado ya casi 20 años de otro suicidio que conmocionó a España. El de Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego que se quitó la vida ante una cámara, entre enorme sufrimiento.

 

Casi 8 de cada 10 españoles según el CIS quieren una ley que regule la eutanasia, pero nuestros políticos siguen sin llegar a un acuerdo.

Así que seguiremos muriendo como perros. Peor que perros. Y ojalá no les toque a ustedes. Ni a sus padres. O sus madres, hermanas, hijos o hijas.

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