La monumental chapuza internacional sobre la hidroxicloroquina, una tragicomedia en tres actos

Hidroxicloroquina, la protagonista de un culebrón científico con enormes repercusiones

Introducción a la tragicomedia: Breves notas antes de la actuación.

Permítanme explicar, de manera simplificada pero fácil de entender, cómo funciona una buena parte de nuestro actual sistema científico. Durante los últimos tres siglos, la ciencia se ha basado en dos pilares fundamentales: publicidad y confirmación. Esto significa, a grandes rasgos, que cualquier descubrimiento o avance novedoso en cualquier campo de la ciencia debe ser publicado abiertamente y debe ser revisado, estudiado y confirmado antes de ser considerado como cierto. Es un método simple pero muy efectivo, los descubrimientos científicos no pueden ser un secreto, deben ser públicos, y además deben de analizarse y confirmarse por otros expertos para ser tenidos en cuenta. De esta manera, un científico que cree haber descubierto algo hace públicos tanto los resultados de sus experimentos como los métodos que ha utilizado, para que otros expertos diferentes por todo el mundo analicen esos resultados, los revisen cuidadosamente, repitan esos experimentos en sus propios laboratorios y comprueben que las conclusiones son correctas. La primera revista de este tipo apareció en 1665 y desde entonces, estas dos firmes columnas de la investigación científica han conseguido excelentes resultados... con un rápido vistazo a su alrededor usted podrá distinguir miles de objetos, conocimientos y tecnologías que la ciencia ha desarrollado para mejorar su salud, su seguridad o simplemente su comodidad.

Por supuesto, no es un sistema perfecto. En esta misma sección hemos abordado en diferentes ocasiones algunos de sus mayores y más evidentes fallos en artículos como “Publica o muere… un incentivo para la mala ciencia” o “El negocio perfecto de las revistas científicas”. Aun así, con todos sus fallos, este proceso de publicación y confirmación ha conseguido increíbles cotas en los últimos siglos y continúa siendo la mejor manera de adquirir conocimiento. Desde un virus a la rotación de una gigantesca galaxia, el método científico ha resultado ser la mejor herramienta para descubrir y comprender el mundo que nos rodea.

Y en estas llegó el coronavirus… las carencias del sistema se han hecho aún más evidentes, llegando incluso a momentos de verdadero bochorno para la comunidad científica internacional, como el que estamos viviendo con el culebrón de la hidroxicloroquina.

Sin un tratamiento seguro y eficaz contra la Covid19, el primer y lógico paso de muchos investigadores fue recurrir a medicamentos ya existentes para comprobar si podían ayudar o reducir el duro trago que la enfermedad estaba dejando entre los contagiados. La hidroxicloroquina es un fármaco sintético para tratar la malaria en adultos, se desarrolló en los años ’70 como alternativa a la cloroquina para disminuir su toxicidad. A lo largo de estas décadas, se han realizado numerosos estudios que han demostrado su utilidad no solo frente a la malaria sino también frente a otras patologías como la artritis reumatoide o el lupus eritematoso sistémico. Por sus características algunos laboratorios y equipos de investigación pensaron que podía ser un buen candidato a tener en cuenta y comenzaron los ensayos y estudios sobre su eficacia. Entonces llegó la locura, o al menos, la primera locura en esta tragicomedia en tres actos.

Los médicos e intensivistas de medio mundo han estado administrando hidroxicloroquina "a cubos" sin contar con evidencias rigurosas sobre sus beneficios o perjuicios

Primer acto: Ascenso de hidroxicloroquina

Comienzan a aparecer estudios, docenas de estudios, todos ellos sin revisión ni confirmación. Desde que se inició la pandemia se han publicado casi 20.000 papers, la inmensa mayoría en estado de preprint (es decir, sin revisión por expertos), muchos de ellos apenas cuentan con un puñado de voluntarios o sujetos de estudio para realizar sus conclusiones… es una avalancha de información científica que resulta realmente difícil separar la ciencia de calidad (muy poca en estos tiempos) de la mala ciencia y la desinformación. El sistema científico de publicación se ha visto sobrepasado por un tsunami de estudios que son públicos, pero que no han sido confirmados, analizados y supervisados por otros científicos.

En este aluvión de estudios, los medios de medio mundo se animan demasiado y anuncian que se ha encontrado una cura milagrosa, un bálsamo mágico llamado hidroxicloroquina que puede frenar las consecuencias de la enfermedad. Los médicos de incontables hospitales y centros de salud, sin un criterio unificado y sin saber qué tratamiento es el más acertado, deciden arriesgarse con este fármaco y lo utilizan en los pacientes contagiados. “Hemos puesto hidroxicloroquina a cubos”, explica Gabriel Heras, médico intensivista en una entrevista reciente. “Nunca se habían hecho tantas cosas en medicina sin ningún tipo de evidencia. Ni científica ni experimental”. En las grandes revistas científicas como The New England Journal (NEJM) o The Lancet se han publicado artículos basados en muy pocos pacientes. Como guinda especial para este pastel de confusión y pocas certezas, aparece Donald Trump y anuncia, a bombo y platillo, que la hidroxicloroquina es maravillosa y que él mismo la está tomando. En un arrebato de incontrolada confianza, y ante la mirada atónita de una de sus asesoras científica, el presidente incluso anima a todo el mundo a que la prueben.

Segundo acto: Caída del remedio mágico

La moda de la hidroxicloroquina, como casi todas las modas, iba a durar poco. Comienzan los recelos, las dudas ya existentes sobre su eficacia se incrementan y vuelven a aparecer, con la misma prisa que antes, nuevos estudios que apuntan a que el fármaco estrella no ofrece grandes ventajas frente a la Covid19. No solo eso… las principales revistas científicas en medicina, como The Lancet o NEJM, publican un estudio que concluye que la hidroxicloroquina es perjudicial y que está haciendo daño a los pacientes. El trabajo incluye un estudio observacional con miles de pacientes de hospitales de todo el mundo y sus conclusiones son claras: la hidroxicloroquina no solo no mejora la condición de los enfermos, sino que causa problemas cardiacos y aumenta el riesgo de muerte.

Los medios de comunicación se hacen eco de este estudio y los titulares cambian las tornas. El remedio estrella frente a la pandemia se convierte en villano de la noche a la mañana. Los titulares advirtiendo de su peligrosidad se multiplican y, con la base de un estudio aparentemente serio, la propia Organización Mundial de la Salud detiene todos los trabajos y análisis del fármaco. El comunicado lo deja claro: La OMS informa que suspende temporalmente los ensayos clínicos con hidroxicloroquina en pacientes de Covid19, tras conocerse los resultados del estudio que advierte de un incremento en los problemas cardíacos y en el riesgo muerte de los enfermos tratados con este fármaco.

Tercer acto: un giro inesperado

Todo parecía volver a la normalidad. La hidroxicloroquina, eficaz contra diferentes enfermedades, no había funcionado. Un chasco más en la búsqueda de un tratamiento que aún no tenemos, una pequeña decepción que se suma a otras, como el Remdesivir que también había levantado polémica en esas semanas. Las revistas científicas habían elevado a los cielos un compuesto sin estudios serios, y ahora lo arrastraban por el suelo… también sin estudios serios porque, estimados espectadores de esta representación teatral, aún nos queda un penúltimo y sorprendente giro de guión.

El estudio que había hundido las esperanzas médicas en la hidroxicloroquina acaba de ser retractado de las revistas que lo publicaron. La retractación de un artículo científico es la mayor vergüenza que un científico puede sufrir, significa que su estudio no cumple con los estándares requeridos para ser aceptados por los miembros de la comunidad científica. Los métodos son erróneos, existen importantes equivocaciones en los cálculos, las conclusiones son precipitadas o falsas, no se han observado las debidas limitaciones éticas, o incluso el trabajo puede llegar a ser fraudulento.

El estudio que afirmaba que la hidroxicloroquina era perjudicial ha resultado ser erróneo, como poco. Todos los controles y revisiones que un trabajo científico debe superar apenas funcionaron y el estudio se coló en las principales revistas especializadas que, ahora, reniegan de sus resultados. El problema se llama “Surgisphere”, una pequeña compañía de Estados Unidos encargada de proporcionar los datos para ese estudio. Una investigación periodística en The Guardian ha revelado que esta empresa es un camelo en toda regla: apenas tiene empleados, muestra como expertos a personas sin formación científica y el director, un investigador llamado Sapan Desasi, acumula varias demandas por malas prácticas y datos corruptos.

En apenas dos días los acontecimientos han dado un vuelco inesperado y hoy mismo, los autores del estudio, se están peleando y culpando entre ellos por su falta de rigor al analizar unos datos falsos. The Lancet ha hecho público un anuncio pidiendo disculpas y retirando el estudio, y la Organización Mundial de la Salud ha vuelto a autorizar los ensayos clínicos con hidroxicloroquina.

Si han llegado hasta aquí, reflexionen conmigo durante unos momentos. Intenten pensar en la cantidad de decisiones políticas, sociales y económicas que dependen de los estudios científicos. Por no hablar de las decisiones médicas y sanitarias. Nos encontramos en un momento crítico donde la ciencia ha cobrado un protagonismo radical. Políticos de todo el mundo, legisladores internacionales e instituciones repartidas por los cinco continentes están tomando decisiones que afectan a miles de millones de personas basándose en estudios, informes y criterios científicos. El sistema de publicación que tantas ventajas nos ha proporcionado durante siglos ha demostrado ser insuficiente y, en algunos casos, claramente ineficaz, durante una pandemia como la que vivimos. Cuando todo es normal, las publicaciones funcionan, el conocimiento avanza y los descubrimientos se confirman y analizan apropiadamente… en la actualidad, los científicos están desbordados ante la ingente cantidad de estudios de mala calidad que, en cualquier otra circunstancia, habrían pasado por muchos más filtros.

Colofón a esta tragicomedia: ¿En qué quedamos?

Ante esta montaña rusa muchos de ustedes se estarán preguntando si la hidroxicloroquina funciona, no funciona o incluso si está perjudicando… no se bajen todavía porque el viaje aún continúa.

En estos momentos no podemos asegurar con rotundidad ninguna de esas premisas. Parece claro que la hidroxicloroquina no es el remedio perfecto que andamos buscando. Si realmente fuese un tratamiento eficaz los estudios, incluso con la precariedad y errores que contienen, ofrecerían mejores expectativas, mejores resultados. Al igual que el Remdesivir, la hidroxicloroquina no brinda la protección que necesitamos para considerarla un medicamento realmente eficaz. De hecho, y para rizar el rizo aún más, mientras escribo estas palabras otro estudio diferente advierte que la hidroxicloroquina despliega efectos secundarios perjudiciales.

En tiempos de incertidumbre nuestra sociedad no consigue lidiar con la falta de conocimiento, necesita, y exige, imperiosamente certezas que aún no tenemos. Las prisas no son buenas consejeras y, como estamos comprobando, nuestro actual sistema de publicación y revisión está siendo una chapuza monumental. Afortunadamente, muchos mecanismos siguen funcionando y la retractación de un artículo erróneo ha llegado con relativa rapidez… sin embargo, el daño a la imagen del sistema científico está ahí. Debemos retomar la calma, volver al camino de la reflexión y la ciencia exigente.

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