Montenegro se conmueve por dos oseznos huérfanos

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Masha y Brundo, dos oseznos huérfanos, juegan en Blisna a 20 km de Podgorica, el 28 de marzo de 2017

Montenegro se ha visto conmovido por dos oseznos huérfanos, cuya madre murió probablemente por los disparos de un cazador.

Al comienzo de marzo, Ilinka Bigovic, de 61 años, oía gritos cuando estaba en su casa, en el pueblo de Brestica, una zona montañosa a 80 kilómetros de la capital Podgorica, cerca de la frontera bosnia.

"Oía gritos. Eran continuos, día y noche, durante dos o tres días", recuerda la sexagenaria.

Entonces decidió explorar los alrededores con su hermano. Encontraron a dos oseznos "separados, al borde de la muerte, débiles", cuenta a la AFP. "Los trajimos a casa, los calentamos cerca de la calefacción, les dimos leche y miel", añade.

Esta mujer, que cría cabras, está acostumbrada a los animales. Hace poco un lobo le mató a un carnero y ya ha visto a varios osos, así que ocuparse de unos oseznos no es algo que la fuera a intimidar.

La historia corrió como un reguero de pólvora entre los 620.000 habitantes de este país de los Balcanes. Muchos van a su casa a fotografiarse con los animales en brazos.

Las imágenes son muy tiernas pero a Miljan Milickovic lo sacan de quicio. Este aficionado a los animales sabe que las crías de oso están siendo domesticadas y si no se pone remedio acabarán, con suerte, en el zoológico o en el circo.

Este ingeniero de 31 años ha convencido a Ilinka Bigovic de que lo dejara llevárselos. Los bautizó Masha y Brundo, los metió en su propiedad, en condiciones semejantes a la vida salvaje, entre un ciervo, un emú, un jabalí y una llama.

La situación es provisional. Masha y Brundo se acercan a los hombres y a los demás animales sin miedo, en busca de alimento, de caricias o para jugar.

"El mal ya está hecho", dijo Milickovic. "Queriendo salvarles la vida, los hombres (...) complicaron su vuelta a la vida salvaje", afirma Jovana Janjusevic, del Centro para la protección ornitológica, que también se ocupa de animales grandes. "A partir de los dos meses en compañía de los humanos, no se les puede devolver a la naturaleza", agrega.

Para eso hay que transportarlos a lugares especializados y en Montenegro no los hay. La solución quizá pase por Rumania o Grecia. Empieza una carrera contra el reloj en busca de las autorizaciones necesarias.

Masha y Brundo pasarían entre un año y 18 meses en ese centro antes de volver a las montañas.

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