Mitterrand, un presidente cegado, según un informe sobre el genocidio en Ruanda

Pierre DONADIEU, Cécile FEUILLATRE y Lucie PEYTERMANN
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François Mitterrand, jefe del Estado francés durante el genocidio de los tutsis en Ruanda en 1994, se negó a modificar su política con Kigali durante los años anteriores a la tragedia. Un papel crucial, según el informe de una comisión de historiadores.

"Las autoridades francesas mostraron una ceguera continua en su apoyo a un régimen racista, corrupto y violento. El alineamiento con el poder ruandés procede de una voluntad del jefe del Estado". La conclusión del documento no deja lugar a dudas sobre la implicación de Mitterrand.

Entre 1990 y 1994, la relación entre Francia y Ruanda era, ante todo, la de un "flechazo" del presidente francés por su homólogo ruandés, según una nota enviada en 1993 a Michel Rocard, ex primer ministro francés.

El presidente ruandés, Juvenal Habyarimana, de la etnia hutu, solía visitar el Elíseo con frecuencia y, según el informe, mantenía "vínculos personales" con Mitterrand.

Pero, más allá de esa relación de amistad, François Mitterrand ve en Ruanda el laboratorio de su nueva política africana, consistente en que Francia apoyará militarmente a los países que lo deseen siempre y cuando estos emprendan la vía de la democracia.

Una propuesta en la que "todos ganan" que funcionó con Habyarimana, pese a las voces que alertaban de los riesgos de firmar ese tipo de acuerdo con un régimen que ya era sospechoso de cometer actos violentos contra los tutsi.

Esa política se tradujo en la operación Noroît, encargada oficialmente de proteger a los franceses en un país sacudido por los ataques de los rebeldes del Frente Patriótico Ruandés (FPR).

La misión debía ser breve, pero se alargó varios años, atendiendo a la voluntad de Mitterrand y su entorno.

El ministerio de Defensa reclamó la repatriación de la compañía en varias ocasiones, pero el dispositivo incluso se reforzó en 1991 y, en los años previos al genocidio, los militares franceses formaron a sus homólogos ruandeses a través de un programa de instrucción.

- Señales de alarma -

En 1992, las señales de alarma sobre el endurecimiento de una parte del régimen hutu se aceleran.

En febrero, tras las masacres de tutsis en Bugesera (sureste), los servicios de inteligencia franceses advierten de las dudas que generan gran parte de las instituciones ruandesas, aludiendo al riesgo de que se "extiendan los pogromos".

En agosto, el Estado Mayor afirma temer "incidentes étnicos que desemboquen en una caza contra los tutsi".

En octubre, el director de asuntos africanos del ministerio de Exteriores dio cuenta de las "actividades extremistas hutu" y de su "hostilidad contra todo lo que pueda mermar los poderes" del presidente.

Pero el Elíseo no cambió de postura en ningún momento. "Cabe preguntarse si, al final, los responsables franceses verdaderamente querían escuchar un análisis que, al menos en parte, contradecía la política puesta en marcha en Ruanda", denuncia el informe.

Pero el presidente no toma las decisiones solo. Varios personajes clave de su círculo le ayudaron a orientar su política en Ruanda, empezando por su jefe del Estado Mayor particular, el general Christian Quesnot.

El informe presenta a Quesnot como un apoyo activo del presidente Habyarimana.

Frente a los ataques del FPR en 1993, Quesnot recomendó el "refuerzo de nuestro apoyo al ejército ruandés", una nota que el jefe del Estado aprobó con la mención manuscrita: "De acuerdo. Urgente".

El 7 de abril de 1994, el avión de Habyarimana es derribado, marcando el punto de partida de un genocidio de tres meses en el que morirán 800.000 personas, según la ONU, tutsis en su mayoría.

Dos meses después de que empezara la masacre, Mitterrand se refirió al "genocidio perpetrado por los hutu", atribuyéndolo a un acto de "locura" tras "el asesinato de su presidente".

"Francia no tiene ninguna responsabilidad en esa tragedia", afirmó un mes después.

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