Una mirada a la “terapia de conversión gay”, que los estados quieren prohibir

El presidente Obama, el Ministro de Salud de Estados Unidos y varios legisladores estatales se han unido al creciente movimiento que prohíbe la terapia de conversión para los menores LGBT.

(Imagen por Erik Mace/Yahoo News)

Mathew Shurka tenía 16 años cuando se enamoró de un chico de su edad. Hacía algunos años que Shurka había comenzado a experimentar este tipo de sentimientos hacia otros niños, pero esto era diferente. Shurka no tenía claro lo que sentía por lo que le preguntó a su padre y recibió, según sus palabras, “la mejor respuesta que un hijo puede esperar”.

“Te amo y voy a estar siempre a tu lado”, así rememoró Shurka las palabras de su padre. “Haremos lo que sea necesario”.

Shurka comentó que durante los días siguientes su padre comenzó a preocuparse por lo que significaba tener un hijo gay. ¿Qué tipo de retos tendría que enfrentar en la escuela? ¿Cómo sería su inserción en el mundo laboral? ¿Sería capaz de formar una familia? El padre de Shurka buscó apoyo y terminó en la consulta de un terapeuta que le recomendó la “terapia de conversión” para curar la homosexualidad de su hijo.

Durante los cinco años siguientes, los padres de Shurka gastaron decenas de miles de dólares en un tipo de psicoterapia desacreditada que casi termina separándolo de su familia. Por orientación de los médicos, Shurka no se comunicó con su madre o hermanas durante años, tomó Viagra para mantener relaciones sexuales con las mujeres, y buscó desesperadamente algún recuerdo de un trauma infantil, pues, según los terapeutas de conversión, esa es la causa de la homosexualidad.

Ahora Shurka tiene 27 años y es un ferviente defensor del movimiento para prohibir la práctica desacreditada de la terapia de conversión en los menores LGBT, un movimiento que ha recibido recientemente el apoyo del presidente Obama, el Ministro de Salud Pública y un gran número de legisladores estatales y federales.

La semana pasada, los grupos de defensa de la comunidad LGBT de la Campaña de Derechos Humanos y el Centro Nacional de Derechos de las Lesbianas (NCLR) publicaron un proyecto de ley para los legisladores estatales que le prohíbe a los profesionales certificados practicar la terapia de conversión en los jóvenes LGBT.

Apenas unos días antes de publicar el proyecto de ley, el Departamento de Salud y la Administración de Servicios de Abuso de Sustancias y Salud Mental publicaron un informe en el que afirman que no existe ninguna investigación fiable que apoye la idea de que la identidad de género u orientación sexual pueda ser modificada a través de una terapia cognitiva o conductual. Alegan que los intentos de cambiar la orientación sexual, identidad o expresión de género en un adolescente “son coercitivos, pueden ser arriesgados y no deberían estar incluidos en ningún tratamiento de salud mental”.

Las recomendaciones del informe hicieron eco a la llamada que el presidente Obama hizo en abril para ponerle fin a la terapia de conversión en los menores, tras la noticia del suicidio del adolescente transgénero Leelah Alcorn. En una nota publicada en el Tumblr de Alcorn, el joven de 17 años, quien nació siendo niño, escribió que sus padres rechazaron su identidad transgénero y lo enviaron a un terapeuta religioso que quería cambiarlo.

“A estas alturas, en pleno 2015, es lógico pensar que si existe igualdad en el matrimonio, al menos, deberíamos tener una sociedad segura para nuestros hijos”, dijo Samantha Ames, abogada personal de NCLR y coordinadora de la Campaña #BornPerfect, que aboga para que se aprueben las leyes contra la terapia de conversión en los 50 estados.

Hace tres años, el NCLR se asoció con el entonces senador estatal de California Ted Lieu y, con la ayuda de profesionales de la salud mental y de algunas asociaciones, redactó el primer proyecto de ley de ese tipo para prohibir a los profesionales certificados poner en práctica la terapia de conversión en menores de edad en el estado de California. El gobernador Jerry Brown firmó el proyecto de ley en septiembre de 2012, y desde entonces el NCLR ha contribuido a que se aprueben leyes similares en Nueva Jersey, Illinois, Oregón y Washington, logrando que al menos los legisladores de otros quince estados las incluyan.

Este año, Lieu, de California, quien ahora es miembro del Congreso, introdujo una prohibición federal contra la terapia de conversión en la Cámara de Representantes.

Mathew Shurka habla frente al New York State Capitol, en Albany, en honor al día de la Justicia e Igualdad, el 29 de abril de 2014. (Cortesía de Mathew Shurka)

¿Qué es la terapia de conversión?

Antes de que la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) declarara que la homosexualidad no era una enfermedad o trastorno mental, a mediados de la década de 1970, las personas LGBT eran sometidas regularmente a distintos tipos de terapias, desde el electroshock hasta las náuseas inducidas.

Cuando la APA desclasificó la homosexualidad, estos tratamientos se eliminaron. Pero estas prácticas se retomaron en 2009.

Alison Gill, asesora legislativa principal de la Campaña por los Derechos Humanos, explicó que la segunda ola de la terapia de conversión surgió como una respuesta ante el creciente movimiento de los derechos LGBT, “como una alternativa a la igualdad”. Gill le explicó a Yahoo News que la premisa es que “no existe ninguna razón para luchar por la igualdad de la comunidad LGBT, si las personas no son realmente gais o trans o si pueden ser arreglados”.

Esta práctica inicialmente se había limitado a los grupos religiosos, pero ahora está siendo promovida por organizaciones seculares como la Asociación Nacional para la Investigación y Terapia de la Homosexualidad, de Los Ángeles, o NARTH, que comenzó a entrenar a profesionales certificados, psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales de todo el país en la terapia de conversión.

Es difícil hacer referencia a datos precisos sobre la prevalencia de la terapia de conversión en Estados Unidos. Pero para formarse una idea de cuánto se ha expandido esta práctica, los opositores de la terapia de conversión referencian la investigación de la Dra. Caitlin Ryan, trabajadora social clínica y experta en salud LGBT que a través del Proyecto de Aceptación Familiar ha estudiado las relaciones entre jóvenes LGBT y sus familias. Ryan estima que uno de cada tres adolescentes LGBT han sido sometidos a la terapia de conversión.

Pero, como explicó Mathew Shurka, el “estigma de ser gay” contribuye a mantener oculto el mundo de la terapia de conversión.

“Si tus padres te llevan a una terapia de conversión, no se lo contarás a nadie, porque entonces te estarías delatando a ti mismo”, le dijo a Yahoo News. “Y si vas a la terapia y terminas convirtiéndote en heterosexual, no se lo contarás a nadie porque estarías admitiendo que eras gay”.

La historia de Shurka: Un ejemplo perfecto del alcance de la terapia de conversión

Shurka recibió una crianza judía, pero no religiosa. Su familia no asistía a la sinagoga, pero todos los viernes se reunían para la cena de Sabbat en su casa, en los suburbios de Long Island. Las preocupaciones de su padre acerca de su homosexualidad no tenían origen en los preceptos de las Escrituras, sino en el deseo de proteger a su hijo de las pruebas que tendría que enfrentar.

“Nunca fue por la Biblia”, reconoció Shurka. “Mi padre era un exitoso hombre de negocios. Trabajó muy duro y creía que un hombre gay nunca podría sobrevivir en este mundo. Pensaba que, sin importar las razones, las personas LGBT siempre serían objeto de discriminación”.

Con esas ideas en mente, aproximadamente en 2004, el padre de Shurka buscó un terapeuta, alguien capaz de ofrecerle a su hijo el tipo de apoyo y orientación que necesitaba para enfrentar la vida como un hombre gay. Habló con psicólogos y psicoterapeutas generales, algunos de los cuales también eran gais. Finalmente, su búsqueda lo condujo a un terapeuta de conversión, que le explicó la teoría de que todos nacen heterosexuales y que la homosexualidad es una respuesta a un trauma infantil que puede ser superado.

Shurka explicó que su padre nunca antes había escuchado hablar de la terapia de conversión y que ni siquiera buscaba a alguien que pudiera curar la homosexualidad de su hijo. Pero cuando un profesional certificado sugirió que era posible, comenzó a mostrarse interesado.

“La pregunta que más me hacen es, ‘¿Fue voluntaria?'”, confesó Shurka. “Más bien fue basada en el miedo. Tenía 16 años y mi padre creía que podía cambiar”.

Aterrado por la idea de salir del armario y confesarlo ante sus amigos y compañeros del colegio, la terapia de conversión “fue una manera para no tener que pasar por ese trance”, dijo Shurka.

Así que durante su primer año del instituto, una vez a la semana, después de la práctica del equipo de natación de la preparatoria, Shurka tomaba el tren a Manhattan para encontrarse con el primero de los tres terapeutas de conversión que intentarían tratar su homosexualidad durante los cinco años siguientes.

El primer terapeuta era un hombre muy mayor, así que después de varios meses Shurka le dijo a su padre que quería ver a alguien más joven, lo que desató una segunda ronda de búsqueda. Shurka y su padre volaron a Los Ángeles para conocer a un joven terapeuta que contaba con la “más alta tasa de éxito en la conversión de adolescentes heterosexuales”, y recibió las sesiones por teléfono.

“Era genial, era joven y muy agradable. Me sentí seguro en su oficina”, recordó Shurka refiriéndose al segundo terapeuta, quien le dijo que debido a que no había mantenido relaciones homosexuales todo sería más sencillo y “empezaría a recobrar mi heterosexualidad en seis semanas”.

“Cuanto menos hayas hecho, más fácil es volver atrás”, le dijo a Shurka.

Tan pronto como regresó a Nueva York, Shurka comenzó a introducir algunos cambios en su vida cotidiana, según las recomendaciones de su nuevo terapeuta. En primer lugar, debía poner fin a todo tipo de relación con los miembros del sexo opuesto, incluyendo su madre y sus dos hermanas mayores.

“Ellos no quieren que te relaciones con las mujeres ya que puedes asumir sus comportamientos afeminados”, explicó Shurka. “Pretenden que te mantengas alejado de las personas del otro género, como si se tratara de un misterio, hasta que estés listo para tener relaciones sexuales con ellas”.

Shurka contó que, al inicio, su madre estaba dispuesta a seguir las orientaciones del médico, pero al cabo de un par de meses se opuso abiertamente a las divisiones que se estaban creando en su casa. Sin embargo, Shurka estaba decidido a seguir adelante, al igual que su padre. Durante tres años, Shurka bajaba cada mañana antes de ir al colegio, comía el desayuno que su madre le había preparado y salía por la puerta sin decirle una palabra.

Cuando su madre trataba de hablar con él, Shurka se molestaba y la acusaba de intentar sabotear su terapia.

“Realmente mi madre no era dominante, pero yo tenía que buscar un trauma en mi vida, así que le eché la culpa. Yo estaba creando problemas”, dijo. “Creía que era algo que tenía que curar, que había algo malo en mí. Y como mi padre me apoyaba y contaba con el respaldo de un médico, sentía que todo cobraba sentido. Era muy realista”.

En ese momento sus hermanas mayores estaban estudiando en la Universidad en Manhattan, por lo que era más fácil evitarlas. Obviamente, llegaban cada semana a casa para la cena de Sabbat, aunque según recuerda Shurka, su padre les pidió que mantuvieran la distancia.

“La terapia puso mi casa patas arriba: mis hermanas luchaban con mi padre, mi madre se enfrentaba a mi padre”, confesó. “La terapia de conversión hizo estragos en mi familia. Éramos una familia muy unida que se iba desmoronando poco a poco”.

A medida que sus relaciones con las mujeres en su familia se disolvían, la popularidad de Shurka entre los chicos del colegio aumentaba. Además de evitar a las mujeres, Shurka tenía orientaciones de su terapeuta de pasar el mayor tiempo posible junto a los varones, para apropiarse de los patrones de la masculinidad. Shurka comentó que el terapeuta le dijo que al acercarse a los chicos era probable que se sintiera atraído por alguno de ellos, y le dio orientaciones precisas para cuando eso sucediera proponiéndole las “técnicas de masturbación y pornografía” de la terapia de conversión.

“Tenía instrucciones muy precisas: si un chico me producía una erección debía ir al baño inmediatamente para perder esa erección”, explicó Shurka. “Ellos no querían que tuvieras una erección y te relajaras pensando en hombres”.

A Shurka le recomendaron que mientras se masturbaba pensara en mujeres tanto como fuera posible y que usara pornografía con mujeres cada vez que pudiera.

Durante el último año del instituto, las sesiones de terapia de Shurka ya no eran semanales, esas llamadas telefónicas eran casi diarias.

“No hacía casi nada sin preguntarle primero”, dijo Shurka.

Siguiendo cada una de las orientaciones de su terapeuta de Los Ángeles, Shurka finalmente decidió que estaba listo para mantener relaciones sexuales con mujeres.

“Me estaba convirtiendo en el chico más popular de la escuela, intentaba tener sexo con tantas mujeres como fuera posible; vivía una doble vida”, dijo Shurka. “En ese momento, estaba convencido de que la terapia estaba funcionando”.

Sin embargo, mientras Shurka pensaba que tenía éxito en su camino hacia la heterosexualidad, el resto de su vida se desmoronaba.

En casa, la tensión entre sus padres se había vuelto insoportable debido a que Shurka seguía evitando a su madre con el apoyo de su padre. Después de más de un año de terapia de conversión, las calificaciones de Shurka, un estudiante heterosexual, empeoraron tanto que prácticamente no se graduaría del instituto. Se sentía deprimido y ansioso. Empezó a tener ataques de pánico.

Sus maestros expresaron su preocupación, y más tarde Shurka supo que incluso el director intentó intervenir.

“Es una de las cosas bellas que tienen las nuevas leyes”, dijo Shurka refiriéndose a los estados donde se ha aprobado dicha legislación. La “terapia de conversión es reconocida como una forma de abuso infantil, por lo que un educador profesional tiene el poder para hacer algo al respecto”.

Mathew Shurka en 2006, durante su último año del instituto, dos años después de la terapia de conversión. (Cortesía de Mathew Shurka)

Pero Shurka aprobó. Se las ingenió para graduarse del instituto y fue a estudiar a Baruch College, en Manhattan. Aunque ello no le impidió seguir compartiendo todo con su padre y su terapeuta a lo largo del camino, incluyendo sus conexiones ocasionales con otros chicos y su anhelo irreprimible por regresar a su ciudad natal.

“Mi terapeuta me decía: 'Muy bien, un paso atrás, dos pasos hacia adelante'”, recordó Shurka. “El remordimiento y el sentimiento de culpa fueron los que, probablemente, me llevaron a la depresión”.

Finalmente, Shurka y su primer amor (a quien llamaremos John) comenzaron a tener citas románticas. Pero un día, durante el otoño del primer año de universidad, John rompió con Shurka diciéndole que “no estaba seguro de querer vivir una vida gay”.

Afligido, Shurka se refugió en su terapia, para intentar mantener relaciones sexuales con las mujeres de la universidad. Pero ya estaba subido “en una montaña rusa de depresión, ansiedad y ataques de pánico agudos”, y muy pronto comprendió que no podía seguir con esa terapia. Por supuesto, le contó todo a su terapeuta, y este le ofreció una solución.

“Le dijo a mi padre que me diera Viagra, para ayudarme a mantener mi confianza y fomentar mi voluntad para seguir manteniendo relaciones sexuales con mujeres”, dijo Shurka quien siguió las orientaciones del médico y tomó Viagra unas tres veces antes de enfrentarse a lo que describe como “uno de los momentos más traumáticos”.

“Tenía 18 años, estaba en el baño tomando una píldora de Viagra, había una mujer en mi cama, y yo pensaba: 'Tengo que tener sexo con esta mujer para poder decirle a mi terapeuta y a mi padre que lo hice, que intenté adaptarme’”.

Shurka dijo que la experiencia con la Viagra le hizo pensar “debo estar incapacitado, debe haber algo malo en mí porque estoy malgastando mi adolescencia haciendo este tipo de cosas”. Entonces dejó de tener sexo.

“La simple idea de tener sexo me abrumaba y me agotaba emocionalmente”, dijo. “Hombre o mujer, no me apetecía desnudarme ante nadie”.

Al final de su primer año, John fue a ver Shurka y le reveló el verdadero motivo de su separación: el padre de Shurka, siguiendo las instrucciones del terapeuta, había invitado a John a almorzar y le había dicho que se alejara de su hijo.

“Había pasado los últimos ocho meses diciéndole a mi terapeuta de California que tenía el corazón roto, que no sabía qué hacer, y durante todo ese tiempo él sabía lo que ocurría”, comentó Shurka.

Esa revelación fue devastadora e hizo que Shurka pusiera fin a las sesiones con el terapeuta y con su padre. Se acercó a su madre y hermanas que, durante todos esos años, habían intentado contactarlo. Pero cuando el chico que amaba estaba listo para estar con él, Shurka lo rechazó.

“Yo todavía creía en la terapia de conversión”, dijo.

Durante los años siguientes, Shurka siguió entrando y saliendo de la terapia de conversión, incluso llegó a asistir a un campamento de conversión de fin de semana, en Virginia, donde él y otros 60 hombres fueron instruidos para ver cómo los otros recreaban sus propios traumas infantiles.

'No oramos por el gay’

Aunque parece un tratamiento mucho más benevolente en comparación con otras técnicas, como el electroshock, Gill, de la Campaña de los Derechos Humanos, opina que la “terapia de conversión es tan peligrosa como el resto de las técnicas”. Los terapeutas de conversión “utilizan el miedo y la vergüenza para generar en las personas la necesidad de cambiar lo que son en realidad. Es muy destructivo”.

Como respuesta a la reaparición de la terapia de la conversión en 2009, la Asociación Americana de Psiquiatría publicó un informe sobre los riesgos de salud que enfrentan los adolescentes que se someten a este tipo de esfuerzo para cambiar su orientación sexual o identidad de género. La depresión, el consumo de drogas, la falta de un hogar y el suicidio son algunos de los daños potenciales que causa la terapia de conversión.

En lugar de llamarla terapia de conversión, los defensores de esta práctica la califican como “reparadora”, y argumentan que los informes y las prohibiciones recientes son una gran amenaza para los pacientes.

David Pickup es terapeuta matrimonial y familiar certificado, además de uno de los portavoces de una organización de referencia llamada “Padres y Amigos de Ex-Gais y Gais”. Él acredita la terapia reparativa basándose en el éxito del tratamiento que recibió para su propia homosexualidad no deseada.

“La terapia reparativa me ayudó”, le dijo Pickup a Yahoo News. “Yo era uno de esos niños de los que habían abusado sexualmente. Cuando crecí, recibí la ayuda de un auténtico terapeuta reparativo que me ayudó a resolver las heridas emocionales que provocaron esos sentimientos homosexuales”.

Pickup comentó que las prohibiciones estatales “no solo se basan en una ciencia basura, sino también en historias de charlatanería que no tienen relación con la terapia fiable y eficaz”. Además, argumentó que los opositores son los mismos que promueven la exclusión y la ignorancia.

“Algunos activistas homosexuales niegan que sea posible cambiar y que existan personas que lo hayamos logrado”, comentó. “Solo permiten que se cuente una versión de los hechos, lo cual es una forma extrema de intolerancia”.

“No oramos por la persona gay, ni hacemos exorcismo”, añadió. “No estamos aquí para maltratar a las personas homosexuales. Estamos a favor de una terapia profunda que realmente funciona”.

Pickup explicó que tales prohibiciones son muy perjudiciales para los jóvenes que pueden ser víctimas de abuso sexual pues, según la teoría principal de la terapia reparativa, ese tipo de trauma infantil es el que provoca que los sentimientos homosexuales surjan durante la pubertad.

“Los sentimientos homosexuales surgen debido al abuso sexual”, dijo Pickup. “Cuando las personas se curan, por así decirlo, cuando un hombre siente en su cuerpo su propia masculinidad y su auténtico sentido de sí mismo, los sentimientos homosexuales desaparecen ya que el placer homosexual era lo que anestesiaba esas heridas”.

Pickup tiene dos consultas privadas, una en Dallas, donde vive, y otra en Los Ángeles. Piensa que la ley de California contra la terapia de conversión “pone en peligro a mis clientes en terapia”.

“De acuerdo con la ley”, explicó refiriéndose a las prohibiciones estatales, “estos chicos no pueden solicitar ningún tipo de terapia para reducir o eliminar su homosexualidad”.

Algún tiempo después de su fin de semana en el campo de conversión, Shurka finalmente decidió rechazar las enseñanzas de la terapia de conversión y lo hizo por una buena causa. Necesitó algunos años antes de sentirse preparado para salir del armario, y aún continua luchando contra su sensación de fracaso.

En un inicio Shurka se sentía avergonzado al compartir sus experiencias, pero se sintió inspirado después de recibir muchísimos comentarios positivos respecto a su publicación en YouTube, “It Gets Better”, en 2012.

Comprender que compartir su experiencia puede ayudar a los demás, lo ha motivado a ocupar su rol actual en la campaña #BornPerfect. A los 27 años, Shurka ha vuelto a comunicarse con sus padres, que se divorciaron, e incluso hizo las paces con su ex-terapeuta de conversión de Los Ángeles. Ahora trabaja para prohibir la terapia de conversión y educar a las familias para que aprendan a apoyar a los adolescentes LGBT como él.

“Ahora tengo toda una vida por delante, antes no tenía esa opción”, dijo.

Por Caitlin Dickson
Yahoo News