Lo que mil millones de vacunas nos han enseñado

Javier Peláez
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Margaret Keenan, la primera persona que recibió una vacuna contra la COVID-19 |  imagen Jacob King/Reuters
Margaret Keenan, la primera persona que recibió una vacuna contra la COVID-19 | imagen Jacob King/Reuters

El martes 8 de diciembre de 2020, Margaret Keenan, una adorable británica de 90 años, se convertía en la primera persona del mundo en recibir una vacuna contra la COVID-19. Han pasado casi cinco meses desde entonces y, a día de hoy, las diferentes campañas de vacunación por todo el mundo ya han logrado administrar las primeras mil millones de dosis. En concreto, los datos registrados a 27 de abril de 2021 indican que se han inoculado 1.060 millones de dosis a 570 millones de personas, lo que significa que aproximadamente el 7,3% de la población mundial ha recibido al menos una dosis. Estamos, sin duda, ante un hito histórico sin precedentes, pero también se nos presenta como un verdadero reto si recordamos que, para controlar la pandemia, necesitamos vacunar completamente al menos al 75% de la población mundial.

Dicen que la práctica hace al maestro, y mil millones de vacunas han resultado ser un buen entrenamiento, un necesario aprendizaje del que ya podemos extraer algunas lecciones importantes.

La ciencia ha superado todas las expectativas

Hace exactamente un año, el New York Times publicaba un artículo interactivo, muy bonito pero totalmente erróneo, mostrando una proyección sobre cuándo estaría lista la vacuna para la COVID-19 y especulando con que tendríamos que esperar hasta el lejano año de 2033. En aquel momento, y teniendo en cuenta el tiempo que hemos tardado en desarrollar otras vacunas, no parecía una presunción descabellada. Llevamos décadas luchando científicamente contra a otras muchas enfermedades y, en muchos casos, aún estamos muy lejos de alcanzar una solución tan eficaz. El ébola, el VIH o incluso otros coronavirus como el SARS o el MERS, todavía no cuentan con una vacuna. La malaria mata cada año a cientos de miles de personas, especialmente niños, y a pesar de contar con docenas de candidatas, hemos tenido que esperar hasta esta misma semana para el anuncio de la primera vacuna en alcanzar una eficacia superior al 75%.

Que dispongamos, no de una sino de varias vacunas seguras y con una alta eficacia, es un éxito científico tan maravilloso que debería situarse con logros históricos como el programa Apolo, el proyecto genoma humano, el desarrollo de CRISPR o el descubrimiento de los primeros exoplanetas. Y sin embargo, aquí estamos… dudando, retrasando y poniendo trabas a la vacunación.

Los medios no lo estamos contando bien

En este sentido, The Washington Post publicaba esta semana un acertado artículo titulado “Las vacunas para la COVID son una historia de éxito extraordinaria y los medios deberían contarla así”. La cobertura mediática en estos últimos meses no ha estado a la altura. La búsqueda del click, los titulares alarmistas, una preocupante falta de contexto y la tendencia generalizada a buscar el amarillismo están minando la confianza de la sociedad en lo que debería ser una verdadera celebración.

La cantidad de titulares confusos y alarmistas que han aparecido en relación a la seguridad y efectos secundarios de las diferentes vacunas han sido tan numerosos que no se corresponden con la realidad y los datos, sino más bien con la oportunidad y la visita fácil. En medio de una crisis sanitaria mundial, muchos medios han decidido que informar con rigor y datos no es rentable y que el miedo hace más caja. Mil millones de vacunas administradas y aún tendremos que soportar titulares que buscan asustar, no informar.

Las dudas, los retrasos y las presiones anticientíficas son graves obstáculos

En Estados Unidos, un 8% de las personas que recibieron la primera dosis no se presentaron en el centro de vacunación cuando les tocaba la segunda dosis. Ese porcentaje significa que millones de personas, han cambiado de opinión en apenas unas semanas y eso es muy preocupante. El tratamiento mediático, los mensajes alarmantes en redes sociales, la presión de los grupos de vacunas tergiversando la seguridad y eficacia de las vacunas e incluso las numerosas decisiones irresponsables de algunas autoridades sanitarias, pueden ser trabas importantes.

Incluso antes de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud reconoció que las dudas y vacilaciones ante las vacunas son una de las principales amenazas para la salud mundial. Ahora, cuando la salud de muchas personas depende de conseguir una vacuna o de alcanzar una protección adecuada mediante la inmunidad de grupo, estos retrasos y titubeos son peligrosos y cuestan vidas e ingresos hospitalarios cada día.

Dosis de la vacuna contra la COVID-19 administradas en el mundo (datos de Our Word in data, a fecha 30 de abril)
Dosis de la vacuna contra la COVID-19 administradas en el mundo (datos de Our Word in data, a fecha 30 de abril)

Reparto muy poco equitativo

Otra lección decisiva que podemos extraer de la experiencia acumulada hasta el momento es que la desigualdad en la distribución mundial de las vacunas, “amenaza con frenar la consecución del objetivo de controlar la pandemia”. Más de la mitad de esas mil millones de dosis se han inoculado en solo dos países. Resulta triste asistir a una especie de carrera entre los países desarrollados por acaparar millones de dosis, mientras que las regiones con menos recursos muestran porcentajes de vacunación descorazonadores.

La vacunación mundial debería ser mucho más equitativa y no dejar a nadie atrás para evitar que aparezcan nuevas variantes que podrían saltarse la barrera de la vacunación. Es además una paradoja de difícil solución: estamos olvidando y dejando atrás a regiones muy pobladas, con sistemas sanitarios limitados, que son el caldo de cultivo perfecto para nuevas y más peligrosas variantes del coronavirus. En solo unos meses podríamos asistir a una situación surrealista donde todo este esfuerzo en vacunar solo a los estados más ricos termine siendo inútil.

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