Mikel Landa: el héroe trágico condenado a ir a destiempo

Photo by David Ramos/Getty Images

En el glorioso documental sobre la temporada 2019 de Movistar, Pablo Lastras venía a decir de Mikel Landa que “siempre quiere ser el líder pero no lo consigue en ningún lado”. Viniendo de Lastras, es difícil saber si era un comentario cruel o simplemente una reflexión al azar, pero en parte daba en el clavo: Landa siempre ha sido un culo de difícil sillín y parece que necesite el cambio como motivación para seguir adelante en su carrera. Recién cumplidos los 30 años, el corredor alavés ya ha militado en seis equipos profesionales: desde sus inicios en Orbea y Euskaltel hasta su explosión en Astana, Sky o Movistar, casi nada.

Sin embargo, algo siempre ha parecido fallar con Landa. De entrada, su potencial es difícil de evaluar. Vive en un mundo de expectativas constantes, entre la pasión de sus muchos aficionados -es de los corredores más queridos del pelotón- y la sensación de que siempre se queda corto en los momentos decisivos. Su palmarés incluye unas cuantas etapas en competiciones más o menos importantes pero solo dos victorias en generales: el Giro del Trentino de 2016 y la Vuelta a Burgos de 2017. Aparte de eso, el podio del Giro de 2015, de eso hace ya cinco años, cuando tuvo que trabajar para Fabio Aru y no pudo competir de tú a tú con Alberto Contador.

Probablemente, de aquel Giro venga toda la Landamanía. El primer #freelanda como Trending Topic. A Mikel se le quiere no por lo que gana sino por lo que nosotros pensamos que podría ganar. Cuando por fin fue jefe de filas en el Giro de 2017 con el equipo Sky, se chocó con una moto junto a Geraint Thomas y se esfumaron sus posibilidades de triunfo. Da la sensación de que siempre hay algo: un mal día, una bici con problemas, un “puto Yates” cruzándose en el destino de Landa, de manera que no podamos saber hasta donde llegaría sin tantos inconvenientes.

La relación con su nuevo equipo, sin embargo, parece más satisfactoria que nunca. Tras la baja de Vincenzo Nibali, el Bahrein-McLaren buscó en Landa a ese corredor para el que trabajar, el que pudiera mostrar su maillot rojo y negro por las carreteras de las grandes vueltas. Al fin y al cabo, pese a todos los imprevistos, hablamos de un corredor que ha terminado tres años seguidos entre los siete primeros del Tour y que acumula cuartos puestos por un puñado de segundos como si fueran una maldición.

Landa está últimamente de promoción: en redes sociales y en periódicos. Parece sinceramente feliz y hay un punto de ternura en sus declaraciones: “Estoy en el mejor momento de mi carrera”. Convencido de que vienen cosas importantes, de que ese podio en el Tour este año no se escapa. Que no habrá un Fabio Aru o un Chris Froome o un Richard Carapaz que le robe el protagonismo. Al contrario, serán los demás los que trabajen para él, los que lo dejen bien colocado en el último puerto, justo antes de su ataque haciendo bailar la bicicleta, agarrando el manillar por debajo como su ídolo Pantani.

Tan seguro está su equipo de que todo gira en torno a Landa que ha salido públicamente a desmentir cualquier interés por Chris Froome, el corredor insignia del Ineos que parece que anda buscando equipo desesperadamente para lograr su quinto Tour sin un Bernal ni un Thomas que le incomoden. Y, sin embargo, como siempre, hay algo que falla y ese algo vuelve a ser la realidad. Landa siente la plenitud justo cuando es indemostrable. Sí, estuvo bien en la Vuelta a Andalucía, donde solo Jakob Fugslang pudo batirle... pero de eso hace ya tres meses. Lo que Mikel siente como “la oportunidad de su vida” está aún en el aire: ¿nos traerá septiembre las noticias que todo el mundo del ciclismo necesita?, ¿podrá, de verdad, disputarse el Tour de Francia, con sus 21 etapas, sus traslados de punta a punta del país, su enorme caravana desplazándose en masa?

No se sabe. Y quizá, hasta cierto punto, eso es lo que relaja a Landa. Por primera vez en mucho tiempo, todo es potencialidad. Nadie espera nada de él y no hay margen para que ninguna moto se interponga en su camino. Básicamente, porque no hay camino ni nada que se le parezca, solo un rodillo que destrozar en ataques de rabia. Landa, ya quedó dicho, tiene 30 años y unos cuantos como profesional a sus espaldas. No le sobra el tiempo. No tendrá muchos “próximos años” como los tendrán el propio Bernal o Remco Evenepoel o el exquisito Tadej Pogacar. Lo que tenga que conseguir lo tiene que conseguir ya, antes de que pierda esa explosividad en las cuestas, antes de que las expectativas se lo coman.

Mikel Landa es un hombre feliz en un momento algo inoportuno. Tal vez ese sea el resumen de su carrera, un continuo “a destiempo”. Cuando nadie confiaba en él, conquistaba el Mortirolo. Cuando todos esperaban lo máximo, se venía abajo en la primera contrarreloj, en la primera montonera. Puede que su vida feliz sea breve, como la del personaje de Ernest Hemingway, o puede que, efectivamente, dure al menos hasta finales de año y se cumplan todos sus deseos de vueltómano. Landa tiene la ventaja de estar por encima del bien y del mal, de que el “landismo” no entienda de resultados sino de intenciones. Y, ahora mismo, aún en la incertidumbre, las intenciones no dejan de serlo todo.


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