Dos meses del arresto de Mahsa Amini en Irán: cuando del velo se pasa al "muerte al dictador"

Velas y fotos en memoria de Mahsa Amini en una protesta en Atenas (Grecia), el pasado 29 de octubre. (Photo: LOUIZA VRADI via REUTERS)
Velas y fotos en memoria de Mahsa Amini en una protesta en Atenas (Grecia), el pasado 29 de octubre. (Photo: LOUIZA VRADI via REUTERS)

Velas y fotos en memoria de Mahsa Amini en una protesta en Atenas (Grecia), el pasado 29 de octubre. (Photo: LOUIZA VRADI via REUTERS)

El 13 de septiembre, los guardianes de la moral de Teherán se llevaron detenida a Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años, por tener el hiyab mal puesto. La chica murió bajo custodia policial tras pasar tres días en coma. Dicen las autoridades de Irán que tenía enfermedades previas y se le complicaron. Replica su familia que nada de eso. La autopsia y su cuerpo son inaccesibles para ella. Una mujer sana se muere en manos de la policía.

Parecía que en eso quedaba, en un caso más de violencia policial impune, pero no. Su asesinato prendió en las calles de su país generando las protestas más numerosas y prolongadas desde que triunfó la Revolución Islámica, en 1979. Dos meses más tarde, lejos de apagarse, la llama sigue viva. Las manifestaciones y gestos que recuerdan a Mahsa se multiplican y son cada día más generalizados, más desafiantes y más variadas, más de todos, porque se ha pasado de pelear contra la imposición del velo a reclamar no una reforma bajo el manto de los ayatolás, sino directamente la desaparición del sistema. El “mujer, vida y libertad” se sigue oyendo, con el “muerte al dictador” haciéndole coro. Es un giro radical, un “punto de inflexión”, en palabras de los activistas.

Bahar D., una joven iraní exiliada en Bélgica, que atendió a El HuffPost al inicio de las protestas, se muestra ahora “profundamente convencida” de que “no hay retorno” en el levantamiento popular. “Azadi, azadi”, libertad, es el “grito común” que, dice, une al país. “Esta es una situación inimaginable hace semanas, por su extensión y popularidad. Nunca pensé que vería algo así y me emociona mucho. Hay manifestaciones pero también desobediencia civil como tirar muros que separan a hombres y a mujeres, movimiento en redes sociales con eco en el exterior y cada vez más VPN para saltar la censura. Todo está conectado y todo se mueve”, indica.

Destaca que la lucha inicial era de las mujeres, pero pronto se sumaron hombres “porque la lucha es de todos”. “Nosotras lo pasamos doblemente mal, se nos persigue por la calle sólo con nuestra forma de vestir, se nos limitan los derechos, se nos cree viciosas y pecadoras. Ya hemos aguantado mucho. Ahora hemos hecho saber que no más y, como hay mucha gente asfixiada, se nos han unido”, constata. La indignación no cesa, insiste, porque “la frustración general es demasiado grande”, lo que explica que no sólo se haya concentrado la lucha en el Kusdistán del que procedía Mahsa o en Teherán, la capital. “Está en todo el país, con todo tipo de personas y no se debilita”, añade la joven, amparada por Human Rights Watch.

La represión está siendo rabiosa, pero ni por esas se detienen las protestas. Al menos 328 personas han muerto y 14.825 han sido detenidas, según los datos de mediados de esta semana de Activistas de Derechos Humanos en Irán, un grupo que monitorea las protestas desde que comenzaron. Durante estas semanas, el régimen iraní ha guardado silencio sobre la cifra de víctimas, por más que sean evidentes en los hospitales, en los cementerios, en las pancartas en las que se recuerdan sus nombres, como el de Nika Shahkarami, de 16 años, que desapareció tras quitarse su velo y quemar otro en una manifestación.

Es verdad que ha habido altibajos, pero los normales en una pelea sostenida. Ha habido picos de rabia en estas semanas, como en Zahedan, donde el 30 de septiembre se mató a casi cien personas en la concentración más mortífera. Y momentos muy simbólicos, como cuando riadas de personas acudieron al cementerio a honrar a Amini, al cumplirse 40 días de su muerte. Sin embargo, cada día aparecen nuevos mensajes e iniciativas. Bahar destaca la de ir quitando por la calle los turbantes a los clérigos o las pintadas contra Ali Jamenei, el líder supremo de Irán. ”¡Pero mira esos vídeos! ¡En Occidente es imposible valorar la fuerza de ese gesto! ¡Esto sí es revolucionario!”, defiende con énfasis.

Y es verdad: los vídeos que salen de Irán pese a los esfuerzos del régimen por restringir las conexiones parecen mostrar disparos, porras, gases lacrimógenos, pero también manos que pintan y gargantas que gritan contra Jamenei. Da igual las consecuencias, como las que están sufriendo las actrices Taraneh Alidoosti, Fatemeh Motamed Arya o Ketayoun Riahi, que por apoyar la causa no podrán ejercer su oficio nunca más en el país. O las periodistas Nilufar Hamedi y Elane Mohammadi, las dos primeras en informar del arresto y muerte de Amini. Se arriesga todo, porque todo se quiere cambiar.

La periodista y activista refugiada en Estados Unidos Masih Alinejad, entrevistada por Reuters, explica de forma muy gráfica ese salto cualitativo de las protestas. “Para la República Islámica, el asesinato de Mahsa Amini se está convirtiendo en un punto de inflexión porque el hiyab obligatorio no es solo un pequeño trozo de tela (...). Es como el Muro de Berlín. Y si las mujeres iraníes logran derribar este muro, la República Islámica no existirá”.

Un muro que debe caer porque los iraníes no pueden más: al estrangulamiento religioso se suma la inflación, con los precios multiplicados por tres desde 2016, con salarios congelados, con sanciones internacionales que se acumulan, con empleos en negro para poder aguantar. La maquinaria es frágil y los manifestantes se debaten entre insistir en la pelea o terminar yendo a buscarse un pedazo de pan. En eso confían las autoridades para que se calmen las aguas pero por ahora, aguantan, como dice Bahar, gracias a las redes de solidaridad que están surgiendo en este contexto. “Otra muestra del verdadero Irán”, resume.

Mano dura

Todo este movimiento es inspirador, pero también terriblemente peligroso. Va mucho más allá de una cuenta de Twitter cerrada. En estos dos meses hemos visto de lo que es capaz la República Islámica. Lo denuncian organizaciones como Iran Human Rights o Hengaw, especializada en las presiones sobre la comunidad kurda. Ambas, desde Noruega, han desvelado la petición de algunos diputados de aplicar la ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente, a los disidentes, los llamados “enemigos de Dios”, los que generan “disturbios”. “Al igual que el Estado Islámico, han dañado vidas y propiedades de personas con cuchillos y armas de fuego”, denuncian en su alocada comparación.

El régimen de los ayatolás insiste en que no hay ningún problema, sino plena sintonía entre ellos y sus ciudadanos. Lo que pasa es que hay “fuerzas extranjeras” tratando de desestabilizar. El ministro de Inteligencia, Esmail Khatib, amenazó esta semana a Arabia Saudí, a quien señala por fomentar ese descontento inexistente, a su juicio. Entre otras cosas, se acusa a Iran International, un canal que emite en farsi desde Londres, con un antiguo propietario saudí, de inocular ideas rebeldes. La “paciencia estratégica” de Teherán tiene un límite”, avisa.

Y aún más: “Arrojar piedras a la poderosa Irán desde países sentados en casas de cristal no tiene otro sentido que cruzar las fronteras de la racionalidad hacia la oscuridad de la estupidez (...). Sin duda, si la voluntad de la República Islámica es responder y castigar a estos países, los palacios de cristal se derrumbarán y estos países no tendrán estabilidad”, añade, en una advertencia que incluye también a Estados Unidos o Israel. Para terminar de tensar las cosas, la pasada semana Washington dijo estar preocupado por las supuestas amenazas de Irán contra Arabia, después de que el diario Wall Street Journal informara de que Arabia Saudí ha compartido información de inteligencia con EEUU advirtiendo de un “inminente” ataque de Teherán en su territorio.

Luego está la mano dura en las calles. El régimen no se responsabiliza de muerte alguna e insiste en que está haciendo lo correcto sofocando las manifestaciones. También han sido muy repudiadas esta semana por las ONG alojadas en Noruega las palabras de Kiumars Heydari, un temido general al mando de la Fuerza Terrestre iraní, que ha afirmado que si no hay más mano dura es por orden de Jatami, pero que cuando el líder supremo se decida y dé la orden de ir a más “definitivamente estas moscas no tendrán lugar en el país”. Las moscas son los críticos, claro.

¿Qué se puede hacer?

A las potencias occidentales siempre les ha preocupado respaldar a los manifestantes iraníes, por no ahondar en la idea de que son títeres del extranjero. Sin embargo, están empezando a haber reacciones más duras por parte del Gobierno de Joe Biden, quien ya se ha pronunciado en repetidas ocasiones en apoyo del movimiento y ha anunciado nuevas sanciones contra las autoridades locales, lo mismo que ha hecho la Unión Europea.

Bahar D. asume que es muy complicado actuar internacionalmente contra un país totalitario como el suyo, pero insiste en que hay más margen que el de convocar concentraciones hermanas a las de Irán o cortarse el pelo como signo de protesta. Propone, por ejemplo, prohibir la entrada a cualquier persona, funcionarios del régimen, las milicias Basiji o el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica que esté implicada en la represión. También plantea una ralentización o corte de los negocios con Teherán. Alemania ya ha dado el paso, ha dicho que ante esta tesitura no puede haber “normalidad” en sus negocios con Irán. Eso debe concretarse en una revisión de las relaciones comerciales y financieras, el apoyo a las organizaciones no gubernamentales que vigilan los crímenes o la ampliación de las protecciones para los “iraníes especialmente vulnerables”, para empezar.

“Hace falta unidad de acción, contundencia”, repite insistente. Si empieza EEUU, “mejor”, por la corriente de seguidismo que puede generar. “Sólo con aislamiento se pueden cambiar las cosas”. Reclama también gestos, que si no son paralizantes, sí son necesarios, como echar a Irán de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU. Parece absurda su presencia, hoy por hoy.

De fondo está el acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 con las principales potencias, pero roto en la presidencia de Donald Trump en EEUU, en 2018. EEUU y Europa han peleado en los últimos meses por recuperar ese pacto, ahora que manda Biden, y el borrador estaba a punto de caramelo cuando las negociaciones comenzaron a estancarse por las críticas de Israel y, luego, todo se paralizó por la cercanía de las elecciones legislativas norteamericanas y las propias protestas. Ese acuerdo, que podría aportar a los ayatolás cientos de miles de millones de dólares, puede ser también una herramienta de presión.

Mientras eso llega, Irán sigue bullendo.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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