Mentiras y desinformación provocan una epidemia de sarampión entre los ultraortodoxos judíos en Nueva York

José de Toledo
Portada del libelo antivacunas, plagado de mentiras y desinformación, que se encuentra en el origen de la epidemia de sarampión de la comunidad ultraortodoxa judía.
Portada del libelo antivacunas, plagado de mentiras y desinformación, que se encuentra en el origen de la epidemia de sarampión de la comunidad ultraortodoxa judía.

La retórica del movimiento antivacunas – una mezcla de paranoia, mentiras y medias verdades – ha llegado a un nuevo colectivo, y lo ha hecho con fuerza: la comunidad ultraortodoxa judía del estado de Nueva York está sufriendo una epidemia de sarampión como no se conocía hace décadas.

El origen del problema está en un libelo publicado por un colectivo denominado PEACH – por las siglas en inglés de Parents Educating and Advocating for Children’s Health, que se podría traducir como “Padres promoviendo la educación de la salud infantil”. En esta publicación, plagada de desinformación, se llega a afirmar que las vacunas contienen “sangre de mono, rata y cerdo” y que por lo tanto no son kosher, no son aptas para judíos.

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Lo curioso en este caso es que la gran mayoría de rabinos, de intérpretes de las leyes religiosas judías, explican que las vacunas son perfectamente kosher. Si bien es cierto que se emplean animales en su producción, los compuestos se purifican hasta niveles que los hacen aptos incluso para los más ortodoxos, y que de hecho los judíos practicantes deben vacunarse. Que no ha servido de mucho como argumento, todo sea dicho.

Hasta tal punto ha llegado el problema, que se ha puesto en marcha una campaña de vacunación obligatoria en la ciudad de Nueva York, y en algunos distritos se impide la escolarización de niños sin vacunar. Como era esperable, esto ha generado un conflicto social.

Una cuestión que a estas alturas no debería hacer falta recordar – pero que vamos a hacer aún así – es el hecho de que las campañas de vacunación obligatoria se realizan para proteger a la gente que sí quiere estar vacunada. Para fomentar lo que se conoce como la inmunidad de grupo.

En toda población hay individuos que no pueden ser vacunados. Por ejemplo, niños muy pequeños o personas mayores; aquellos con un sistema inmune deprimido – por enfermedades o por transplantes, por ejemplo – tampoco pueden ser vacunados o directamente las vacunas no son efectivas en ellos.

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Así que para evitar que contraigan ciertas enfermedades que pueden resultar mortales, lo que se hace es vacunar al resto de la población. Si un porcentaje importante de la población está vacunada, es muy improbable que las personas susceptibles pueden contagiarse. Incluso, si las campañas son realmente eficaces, se puede llegar a erradicar una determinada enfermedad.

Por lo tanto, la vacunación no es una cuestión íntima y personal. Tiene un componente social, un aspecto de respeto por la vida y la salud de los demás que no puede dejarse de lado. Te vacunas no sólo por ti, si no por toda la gente con la que entras en contacto y a la que puedes poner en riesgo.

Eso sí, que esto no se convierta en una crítica a grupos religiosos. En Estados Unidos, donde el movimiento antivacunas tiene mayor proyección, hay colectivos de todo tipo rechazando esta práctica médica, desde los ultraortodoxos hasta comunidades progresistas, en zonas con bajos niveles de formación y entre titulados superiores. Parece que es una batalla sin fin, una que habrá que luchar sin descanso.