No, la culpa de que el Atlético no ganara la final de la Champions al Madrid no fue del árbitro, fue de Simeone

Jugadores del Atlético le protestan al árbitro durante la final. Foto: Christian Charisius/picture alliance via Getty Images.

Mark Clattenburg, el árbitro de la final de la Champions que ganó el Madrid al Atlético (la de 2016, conviene aclarar), ha reconocido que el gol de Sergio Ramos no fue legal por estar en posición antirreglamentaria. Declaraciones absurdas, pues solo faltaba que a estas alturas un árbitro negara algo tan evidente y poco debatible, que no es lo mismo un penati, por muy claro que sea, que un fuera de juego. 

Dicho esto, uno no puede más que reírse con los silogismos de garrafón que está leyendo y que concluyen que sin el gol de Ramos, el resultado hubiera sido de 1-0 para el Atlético, que hubiera sido campeón de Europa entonces. Es decir, que un gol anulado en el minuto 15 con empate en el marcador haría que valiera otro en el minuto 79 para que el resultado quedara tal cual. No es ya fútbol ficción, es hacer de un partido lo que a uno le da la gana. 

Es mucho suponer todo porque lo que pasó fue que el Atlético se volcó al ataque sabedor de que tenía que empatar el choque para forzar la prórroga. La necesidad le llevó a ello. ¿Qué hubiera pasado si el resultado hubiera sido de empate? No lo sabemos, pero lo podemos intuir, pues no es Simeone un entrenador dado a arriesgar en las finales. También es fútbol ficción, lo admito. 

En los diez minutos siguientes al gol de Carrasco, más la prórroga, al Madrid se le veía tocado, no solo anímicamente sino sobre todo físicamente. Gareth Bale iba medio cojo por el campo, Luka Modric parecido. Estaban tiesos. Jugaban los blancos casi con nueve jugadores, a merced de un rival que lo tenía todo de cara para arriesgar, para ir a por el partido, para no ir a la lotería ('lotería') de los penaltis. 

Pero lo que el Madrid hizo en la prórroga de Lisboa en 2014 en similares circunstancias (superioridad física y moral) no lo hizo el Atlético en la de Milán de 2016. Simeone se acobardó, no arriesgó, no apostó por ir a por el partido como tenía que haber hecho y dejó que los minutos pasaran confiando quizás en su gigantesco portero, un Oblak que ya despuntaba como el mejor del mundo en su puesto. 

El fútbol no es para cobardes y el premio final no se lo llevó el que lo fue aquel día de Milán. Son muchos los aficionados rojiblancos que son auténticos devotos de Simeone, que le admiran y adoran, que señalan que ha cambiado la historia del Atlético, pero que reconocen con tristeza que esa derrota de 2016 está en su debe. Que no fue valiente. Que siempre le reprocharán no haberlo intentado, al menos. 

En estos tiempos duros y sin fútbol, hablar de polémicas del pasado está de moda, siempre con el Madrid en el foco. Es casi normal, humano. De lo que no se habla tanto es de que el propio árbitro, Mark Clattenburg, deja caer que para compensar señaló un penalti de Pepe a Torres que luego Griezmann falló y que tenía prejuicios hacia el central portugués por su pasado. Leánse bien las declaraciones, al completo. 

Las polémicas, como siempre, a la carta y siempre en contra del Real Madrid

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