Marine Le Pen: aunque la serpiente mude de piel, serpiente se queda

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Cartel electoral de Marine Le Pen 'tuneado' con un bigote a lo Hitler, en una calle de Lyon, el pasado 11 de abril.  (Photo: Robert DEYRAIL via Getty Images)
Cartel electoral de Marine Le Pen 'tuneado' con un bigote a lo Hitler, en una calle de Lyon, el pasado 11 de abril. (Photo: Robert DEYRAIL via Getty Images)

Cartel electoral de Marine Le Pen 'tuneado' con un bigote a lo Hitler, en una calle de Lyon, el pasado 11 de abril. (Photo: Robert DEYRAIL via Getty Images)

Marine Le Pen le peleará este domingo la presidencia de Francia a Emmanuel Macron, en una batalla que las encuestas sitúan hoy como desigual: el liberal le saca entre 10 y 15 puntos puntos a la ultraderechista. Y, sin embargo, un frío desconocido recorre el espinazo de los demócratas galos, de los europeos, de los del mundo entero. “Nunca he estado tan cerca de la victoria”, afirma festiva la líder de la Agrupación Nacional. Y es verdad. Le Pen ya llegó a la segunda vuelta de las presidenciales en 2017 y fue vencida por goleada por el mismo Macron, pero ahora los márgenes son más estrechos: hay mucha incertidumbre sobre dónde irá a parar el desconsolado voto de la izquierda y sobre la participación. ¿Llegará esta vez al Palacio del Elíseo?

De ser así, se trataría del ascenso de una serpiente, en el sentido metafórico y hasta en el literal. Le Pen ha intentado en estos años mudar de piel, desde el Frente Nacional fundado por su padre, Jean-Marie, para mostrarse más moderada, menos radical. Sin embargo, incuba el mismo veneno que los líderes fundacionales llevaban en sus colmillos: ultranacionalismo, populismo, antieuropeismo, racismo y xenofobia (islamofobia, sobre todo). Aunque juegue con las palabras y los tonos, el programa electoral apenas ha cambiado y dice lo que dice. Se mueve suave, con gestos sibilinos de reptil, pero con el mismo fondo. Lista para dar el mordisco.

El estallido de la crisis de 2008 y la llegada de refugiados a Europa en 2015 desencadenaron el ascenso del nacionalpopulismo en el continente, del que Le Pen es bandera indiscutible. Ahora, las carencias en la gestión de Macron y las ilusiones perdidas en su primer mandato, el resentimiento de la población que no tiene poder adquisitivo -eje del discurso ultra- y hasta la aparición de alguien aún más a la derecha que ella como Éric Zemmour la han puesto cerca de cumplir su sueño.

Nacida para la política

Marion Anne Perrine Le Pen nació el 5 de agosto de 1968 en Neuilly-sur-Seine, una zona burguesa y católica en el área metropolitana del oeste de París. Villas, chalets, casas con servicio y chófer. Ahora va de sencilla, visita todos los mercadillos y granjas que puede que puede, tratando de marcar distancias con la “arrogancia” que reprocha a Macron, pero sus orígenes están en una familia de poder.

Su padre comandó el Frente Nacional, el mismo partido que pilota ella ahora, al que cambió de nombre para romper lazos con su progenitor y sus polémicas, tan desgastantes. Era la casa de los neonazis galos, constantemente en los tribunales con demandas por discriminación racial o negacionismo del Holocausto. En este contexto de permanente frontón con las fuerzas democráticas nació Marine, la más pequeña de tres hermanas.

Con sólo ocho años, tuvo un bautismo de fuego que le hizo tener claro que quería ser política: la revelación fue obra y gracia de 20 kilos de explosivos puestos en la escalera de su vivienda y que estallaron cuando dormían. Sólo hubo daños materiales. Un atentado obra de antifascistas. Le Pen lo ha confirmado en varias entrevistas. “Me tomó esa noche de horror descubrir que mi padre. . . estaba en la política”, dice en sus memorias.

Marine Le Pen, con sus padres, en una manifestación provida en París, en 1982.  (Photo: Wojtek Laski via Getty Images)
Marine Le Pen, con sus padres, en una manifestación provida en París, en 1982. (Photo: Wojtek Laski via Getty Images)

Marine Le Pen, con sus padres, en una manifestación provida en París, en 1982. (Photo: Wojtek Laski via Getty Images)

Esa infancia mediatizada, en la que toda la familia estaba en la diana, la marcó. Siempre en el foco, se muestra como la hija obediente, nacida en el mundo de su padre, que asume esa carga. En esas mismas memorias, tituladas A contracorriente, se debate entre la queja de vivir a una situación no deseada por ser la hija de quien era y, a la vez, el valor de la heredera de un centro tan complicado. Relata el miedo de ir a la escuela por los insultos que recibía y, a la vez, el convencimiento en mantenerse en sus trece. Su padre la mandó siempre a centros públicos, para que aprendiera a resistir frente a los comunistas y los árabes, le decía. Marcando distancias desde a niñez.

Merine Le Pen se apuntó al partido paterno con 18 años, pero apenas fue un simbólico carnet. Estaba sumida en una crisis vital después de que su madre, Pierrette Lalanne, abandonase a la familia por otro hombre y se vengara de Le Pen padre posando en la portada de Playboy. “Mi madre no me amaba”, reconoció. Diez años estuvieron sin hablarse madre e hija.

Mientras tanto, se sacó la carrera y el doctorado de Derecho Universidad parisina de Assas-Pantheon, cantera de los principales líderes conservadores del país. En esa etapa también estableció lazos de amistad con los jefes del Grupo Unión Defensa (GUD), una organización juvenil neofascista y anticomunista conocida por su violencia y su defensa del antiamericanismo y el antisionismo.

Se especializó en Derecho Penal y llegó a ejercer seis años, sobre todo el juicios rápidos y como abogada de oficio. Con los que menos tenían, entre los que estaban también los inmigrantes. Con los ojos de hoy parece una contradicción vital, a juzgar por su ideología. El empuje de su padre y la atracción de la política eran tan grandes que pronto metió cabeza de lleno en el Frente Nacional, como directora de Asuntos Legales. Ya no abandonaría más esa senda, ya no trabajaría más que en cargos orgánicos y electos.

Marine Le Pen, en 1995, como abogada de su partido en las primeras demandas por extremismo. (Photo: GABRIEL BOUYS via Getty Images)
Marine Le Pen, en 1995, como abogada de su partido en las primeras demandas por extremismo. (Photo: GABRIEL BOUYS via Getty Images)

Marine Le Pen, en 1995, como abogada de su partido en las primeras demandas por extremismo. (Photo: GABRIEL BOUYS via Getty Images)

Aunque carece de experiencia de gestión en el plano nacional, se presentó a sus primeras elecciones legislativas en 1993, cuando la vencieron los republicanos (derecha) en la circunscripción de París. Su primer logro lo obtuvo cuando fue elegida consejera regional de Nord-Pas-de-Calais (1998) y más tarde de Île-de-France (seis años más tarde). Desde 2004 y durante 13 años fue diputada en el Parlamento Europeo, donde fue elegida como la segunda más influyente del hemiciclo, sólo por detrás del presidente.

Le Pen, como eurodiputada, condujo a su formación hacia grupos de extrema derecha cercanos al AfD (Alternativa para Alemania), el FPÖ (Partido de la Libertad de Austria), el Vlaams Belang (Pertenencia Flamenca belga), el UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), la Lega italiana, la Fidesz-Unión Cívica húngara, o Vox, en España. Partidos extremistas todos, emergentes o consolidados, que se reúnen regularmente a lo largo de toda Europa para intercambiar prácticas y coordinar su accionar internacional. Ella no suele faltar a esas quedadas.

Actualmente, la candidata a la presidencia gala miembro de su Asamblea Nacional en representación de Calais, la ciudad en la costa cerca del Reino Unido que ha tenido problemas para lidiar con los inmigrantes que se dirigen a Reino Unido.

Jean-Marie Le Pen ya alcanzó el hito de disputar una vuelta presidencial en 2002, cuando perdió con casi un 18% de votos frente al conservador Jacques Chirac, pero con una imagen de partido racista, antisemita y nostálgico de la Argelia colonial. Por un lado estaba fuerte y, por otro, arrinconado por el resto de fuerzas políticas, que ejercían un cordón sanitario implacable en cada alcaldía p gobierno regional que pudiera caer en sus manos. El padre se apoyaba en la hija y hasta dejó en sus manos la campaña de 2007, en la que acabó cuarto.

“Desdemonizar”

Las desavenencias eran públicas. Marine fue ganando posiciones entre los miembros destacados de su partido hasta el punto de acabar echando al primer Le Pen y quedándose con las riendas. La excusa formal ya valía el paso: Jean-Marie había afirmado que las cámaras de gas utilizadas por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial son “un detalle de la historia” y su hija tuvo que salir al paso, decir que su relación ya era “irreconciliable”, matar al padre y renacer como Rassemblement National (RN). Su meta: “desdemonizar” a la formación. Empezó cambiando de lema, ya no tanto euroescepticismo como nacionalismo a ultranza, manteniendo el fuerte rechazo a la inmigración que tanta base tiene, por desgracia.

Los halcones más duros del partido la llamaron débil, aparte de agresiva y poco preparada. Los más cercanos, pragmática y con visión de futuro. Ambiciosa: sabía que sin moderar el tono y las formas la presidencia se alejaba. Su candidatura se llevó el 67,6 % de los votos de sus correligionarios y desde entonces, desde 2011, no ha habido corrientes intentas de peso que le hayan podido rechistar. Mujer, con muchos años por delante, no habla de guerras coloniales ni de las mundiales, como el nostálgico de su padre, sino que se centra en las víctimas de la globalización, los mal pagados, los que no llegan a fin de mes, los que acusan al de fuera de su mal. “Hemos tenido una imagen caricaturesca, injusta, equivocada. Ya no más. Somos Francia”, ha llegado a decir.

Lo que hay en su cabeza

Esta mujer altísima y de voz grave, absolutamente reconocible por su porte y por su exposición mediática desde la cuna, ha ido ganando enteros en estos años, alentando a otros partidos de corte ultra en Europa, por lo que el 67% de los electores llegaron a considerarla como “inquietante”. Hoy lo piensa la mitad y un 46% cree que “entiende los problemas de los ciudadanos”. Hay cambio en la percepción. “Quiero un gran partido popular que se dirija no sólo a electorado de derechas, sino a todo el pueblo de Francia”, defiende. Familia, religión y política siguen siendo sus pilares esenciales.

Le Pen no ha logrado apartar al partido de las polémicas racistas de su partido, porque su base es su base. Ella misma ha contribuido a ello cuando enseñó la patita en 2010, comparando las oraciones de los musulmanes en la calle con la ocupación nazi. Acabó ante los jueces, pero la salvó el derecho a la libertad de expresión. Su discurso contra la inmigración se intensificó aún más tras los atentados de París de 2015, y a día de hoy es el eje fundamental de su programa electoral. Por ejemplo: pide deportar “sistemática e inmediatamente a los extranjeros en situación irregular”, anular el permiso de residencia a los extranjeros que hayan estado viviendo en Francia sin trabajar durante un año o “erradicar la ideología islamistas”.

Le Pen ha centrado su campaña en criticar el aumento de los precios de la energía, en un contexto de temor sobre la pérdida de poder adquisitivo, y en asegurar que no atrasará la edad de jubilación a los 65 años como propone Macron, sino adelantarla a 60 en algunos casos.

En el plano económico, promete rebajar el IVA de combustibles, gas y electricidad del 20% al 5,5%, renacionalizar las empresas de autopistas, privatizar la radiotelevisión pública, eximir del impuesto de la renta a los menores de 30 años y duplicar las ayudas a las madres solas, entre otros.

Mirando hacia el exterior, la invasión rusa de Ucrania ha obligado a Le Pen a rebajar el tono en asuntos como el europeísmo o la relación de su formación con Vladímir Putin, quien le concedió un crédito que fue su cruz en el debate del miércoles con Macron y motivo de queja interna, por lo mal que estaban las cuentas del partido y por recurrir a Moscú. La Agrupación Nacional tuvo que retirar en plena campaña un folleto que habían comenzado en el que la líder del partido aparecía en una fotografía estrechando la mano de Putin.

En este tiempo, le Pen ha renunciado a propuestas anteriores como que Francia abandone la Unión Europea -un Frexit no es posible visto el fracaso del Brexit- y el euro, incluso la OTAN. Sigue siendo, no obstante, antieuropea, porque defiende la preferencia del derecho nacional frente al comunitario o el cierre de fronteras comerciales e individuales cuando lo considere “oportuno”.

Su figura también se ha visto empañada por una imputación en 2018 por malversación de fondos públicos. El Parlamento Europeo le entregó casi 400.000 euros para sus asistentes parlamentarios, pero Le Pen los usó supuestamente para pagar a su secretaria personal y a su guardaespaldas. Este mismo año, la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude (OLAF) ha abierto una nueva investigación por malversación. Le reclama ahora 137.000 euros. Otro motivo más por el que no quiere a Europa.

Sigue defendiendo que hay que reservar las ayudas sociales a los franceses, acabar con la reagrupación familiar o prohibir el velo en el espacio público, entre otras propuestas. Lo que pasa es que ahora ha cambiado su discurso de ellos y nosotros y lo justifica todo en nombre del laicismo, los valores republicanos y hasta el feminismo.

Todos los pasos hacia El Elíseo los ha dado mientras mantenía su vida privada prácticamente en secreto. Se sabe que se ha divorciado dos veces, de sendos compañeros de partido, Franck Chauffroy y Éric Lorio. Ha estado emparejada con un tercer derechista, Louis Aliot, pero ahora vive con una amiga de la infancia en una casona a las afueras de París. Con su primer esposo tuvo tres hijos de los que poco se sabe más allá de sus nombres (Jehanne, Louis y Mathilde), en un intento de darles la privacidad que ella no tuvo.

Ahora, tras la pandemia de coronavirus, se ha intentado humanizar su figura, recurriendo a su amor por los gatos -seis tiene, y pocos le parecen; a uno se lo comió el dóberman de su padre, preparando la ruptura total- o a su “alma de agricultora”, algo de lo que habla mucho en sus redes sociales y en esas charlas de tú a tú que tanto está repitiendo en campaña. Se sabe que hubiera sido fotógrafa de no optar por la política y que se relaja practicando tiro.

Con esta, será la tercera vez que Marine Le Pen intente hacerse con la presidencia francesa. Ya lo intentó en 2012, cuando pese a no pasar a la segunda vuelta cosechó los mejores resultados de la historia del partido. También en 2017, cuando fue la segunda candidata más votada y se enfrentó cara a cara contra Macron; apenas logró un 33% de los votos en la segunda vuelta.

En aquella fallida pugna contra Macron, intentó posicionarse como una especie de Donald Trump a la francesa, diciendo que representaba a las olvidadas clases trabajadoras, que han sufrido a raíz de los nuevos mercados mundiales y el progreso tecnológico. Pero su postura nacionalista económica, sus puntos de vista sobre la inmigración, el euroescepticismo y sus posiciones sobre el islam en Francia (esas que aún mantiene) resultaron impopulares entre el electorado.

Sus opciones de victoria pasan por sumar a los votos de ultraderecha los de parte de los conservadores más moderados y pescar incluso en el caladero del izquierdista Jean-Luc Mélenchon, que ha jugado con la ambigüedad para no pedir directamente el voto para Macron. Según un sondeo de IPSOS-Sopra-Steria, un 16% de los votantes de Mélenchon estarían dispuestos a apoyar a Le Pen.

Todo dependerá del grado de cansancio, hastío, confusión o castigo que flote entre los electores. Este domingo sabrá si se vuelve a quedar en el aire su salto a El Eliseo o si acaba, esta vez, por hacerse con el poder.

Marine Le Pen, en uno de sus gestos más carismáticos, a su llegada a un mitin en Aviñón, el pasado 14 de abril.  (Photo: Daniel Cole via AP)
Marine Le Pen, en uno de sus gestos más carismáticos, a su llegada a un mitin en Aviñón, el pasado 14 de abril. (Photo: Daniel Cole via AP)

Marine Le Pen, en uno de sus gestos más carismáticos, a su llegada a un mitin en Aviñón, el pasado 14 de abril. (Photo: Daniel Cole via AP)

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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