Rajoy, un expresidente muy diferente al resto

El entonces presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, el 13 de mayo de 2018 a las puertas del palacio de la Moncloa, en Madrid

"Ha llegado el momento de poner el punto final". Esa fue una de las últimas frases del expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, quien apenas hace dos años que anunció su marcha del Partido Popular y su retirada definitiva de la política. Y ha cumplido con su palabra.

Salvo contadísimas excepciones, como su aparición este fin de semana en un mitin del candidato del PP a la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, Rajoy se ha mantenido en un respetuoso segundo plano. Y eso que está en forma. Porque el sábado acuñó una más de sus célebres perlas: "Muy pocos... son los que hoy... no... convienen con todos en que Galicia mejoró y mucho desde entonces".

Pero fuera de su intervención en el estrado, Rajoy trató de pasar desapercibido en el acto de campaña celebrado en la plaza de toros de Pontevedra. Se sentó en una esquina, casi pegado a las tablas del coso taurino. Posó medio minuto para las fotos y apenas intercambió gestos con el candidato Feijóo a quien no quiso eclipsar.

Eso es todo lo que hemos sabido de él en lo que va de 2020 -si exceptuamos los paseos con los que se saltó el estado de alarma. Un perfil bajo muy diferente del de sus predecesores en el cargo.

Felipe González, que dejó de ser presidente en 1996, guardó su escaño de diputado con un sueldo nada despreciable hasta ya entrados el 2002. ‘Felipe el ausente,’ le llamaban los cronistas parlamentarios ya que en su última legislatura apenas fue media docena de veces a su lugar de trabajo, es el autor de la mejor definición existente para la figura del expresidente: "Son como un jarrón chino en un apartamento pequeño. Es un objeto de valor, pero nadie sabe dónde ponerlo", señaló. Sentarse en su escaño le daba pereza, pero no así intervenir en cualquier debate político que se precie. Así ha estado, además de beneficiándose de las puertas giratorias, desde entonces. Este mismo mes de junio le hemos escuchado varias veces opinando sobre Venezuela, sobre la Comisión de reconstrucción abierta en el Congreso de los Diputados, y sobre la gestión europea de la crisis del Covid-19. En todas ellas ha pontificado y criticado a diestro y siniestro para tratar de permanecer en el candelero político, aunque cada vez sea más residual su influencia como él mismo sabe y lamenta. De ahí que actualizara su definición de expresidente hace apenas un par de años señalando que, además de que "nadie sabe dónde ponerlo... ahora corre el riesgo de que un niño le dé un codazo y lo acabe tirando a la basura".

José María Aznar también le ha cogido gusto a esto de intentar dirigir los postulados de su expartido a pesar de que dejó la política hace ya 16 años. El vallisoletano es un habitual de las crónicas digitales de los lunes. Día en el que la FAES acostumbra a desgranar algunas de sus visiones tanto para corregir el rumbo del PP como para criticar el de Ciudadanos, PSOE o Unidos Podemos. El caso es figurar. Y ofertas no le faltan. Apenas unos días de que el mundo quedara confinado participó en Guatemala en el Foro Libertad y Desarrollo para hablar de las ventajas de una integración económica en Centroamérica.

Y José Luis Rodríguez Zapatero no le anda a la zaga. Cuando abandonó el Consejo de Estado para presidir el consejo de una fundación alemana parecía que iba a ser él quien rompiera la senda de los 'jarrones chinos', pero tampoco ha sido así. Durante unos años se arrogó el papel de mediador de Venezuela ante la comunidad internacional. Viendo el escaso éxito obtenido, ahora trata de reformular su receta. ¿La última vez que ha hablado del tema? Ayer mismo.

Pero Rajoy no. Consumada la moción de censura que le desalojó de Moncloa, el gallego ni siquiera quiso mantener el escaño que le correspondía como diputado raso. Tampoco tiró de la nómina que le correspondía como expresidente del Gobierno -80.000 euros anuales-. Rajoy volvió a su trabajo de registrador de la propiedad. Primero en Santa Pola y luego en Madrid. Convenientemente alejado de la política.

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