El racismo lingüístico con el acento andaluz no descansa ni durante la pandemia

La ministra de Hacienda y Portavoz del Gobierno de España, Maria Jesús Montero (Getty Images)

Existe una creencia sobre el acento andaluz que lleva siglos en liza. Para muchos, el habla originaria del sur de España supone una deformación fonética del castellano que a menudo se relaciona con una manera de pronunciar perezosa y más dada a situaciones distendidas, de chistes y chascarrillos, que no se toma con seriedad en determinados contextos. Para otros, es una manera creativa de economizar un lenguaje redundante que no necesita la pronunciación de tantas letras. Durante la pandemia provocada por el coronavirus, se está produciendo un fenómeno amplificado por las circunstancias actuales pero que lleva siendo parte de un debate que se extiende desde la Edad Media: ¿existe un racismo lingüístico contra el andaluz o estamos ante una crítica a la vulgaridad

La ministra de Hacienda y Portavoz del Gobierno de España, María Jesús Montero, se encuentra en el punto de mira por su forma de hablar desde que comenzó a aparecer con más asiduidad en las comparecencias de prensa. Varios medios de comunicación se han hecho eco del uso que hace del castellano y de su acento, entre los que hay periodistas de la Castilla profunda como Federico Jiménez Losantos  (…“llega la ministra Portavoz actual y, cómo la pobre no puede con el español común, ya que se inventa conceptos nuevos y un idioma creativo a base de gansadas propios de una indigente intelectual…) y andaluces como Carlos Navarro Antolín (… “y ha dado una suerte de barra libre con la condición de que los menores vayan con “adurtos”, que es como se refiere la ministra Montero a los mayores de edad…” Incluso Arturo Pérez Reverte formó parte de esta reprobación al contestar en Twitter a un usuario que le cuestionó sobre la manera de hablar de la ministra. 

La mirada prejuiciosa del andaluz cuenta con uno de sus primeros exponentes en Juan de Valdés (1509-1541), un humanista, erasmista y escritor español que fue autor de ‘Diálogo de la Doctrina Cristiana’. En ésta y otras publicaciones critica sin complejos a Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), probablemente, el humanista más influyente de su era y autor de la primera Gramática castellana. De Valdés llegó a decir de su contemporáneo que no alcanzaba a entender el castellano porque “él era de Andalucía, donde la lengua no era muy pura”. De la misma manera, también llegó a realizar otro comentario interpretado por lingüistas historiadores como despectivo y como una de las primeras expresiones de racismo lingüístico. 

“Ya tornáis a vuestro Librija. ¿No os tengo dicho que, como aquel hombre no era castellano, sino andaluz, hablaba y escribía como en Andalucía, y no como en Castilla? No se le puede negar que era andaluz y no castellano y que escribió aquel su Vocabulario con tan poco cuidado que parece haberlo escrito por burla”.

Desde entonces, la fina línea entre la singularidad del dialecto andaluz y la vulgaridad ha generado conflictos que van más allá de los debates de eruditos del lenguaje y de las artes que, o bien han atacado el andaluz, o lo han defendido a capa y espada, como los casos de Rafael Alberti, Federico García Lorca o Blas Infante. En el plano social, la imagen de este habla en España, siempre desde el punto de vista fonético, ha estado vinculada con el analfabetismo, con la marginación y con la bajeza. Sucede de cara al exterior de la Comunidad Autónoma, donde la mofa generalizada a pie de calle también se trasladaba a la televisión, con series donde el personaje de menor jerarquía social solía ser andaluz, o en otro tipo de programas en los que se trata a los originarios del sur de España con una condescendencia que roza el ridículo. 

Uno de los ejemplos más recientes son las críticas tras la serie protagonizada por Paco León, ‘La Peste’, ambientada en la Andalucía del siglo XVI y donde el acento andaluz es predominante. Muchos televidentes no recibieron de buen agrado este concepto poco común en España como muestran algunas de estas publicaciones en Twitter que reflejan el sentir de una parte de la población. 

“No puedes seguir el ritmo de la serie, es imposible entender un 70% lo que dicen”. “Voy a ver si la encuentro doblada al inglés porque en castellano no se les entiende un pijo”, o “Estoy por ponerle subtítulos. La serie es buenísima pero tiene el problema de siempre: que no se entiende la mitad de las frases que dicen”.

Manu Sanchez en el Festival de Cine de Málaga (Getty Images).

También existe un complejo andaluz en muchas personas que, de manera voluntaria, adaptan su acento sureño y lo intentan castellanizar o neutralizar en determinados contextos en los que se requiere más seriedad. Como si se sintieran mal al utilizarlo por miedo a no ser tomados en serio, como si aceptaran que su origen es sinónimo de bajeza social, de pobreza, como si tuvieran que justificar su mérito a través de la lengua, un hecho que trató el humorista, actor y presentador andaluz, Manu Sánchez.

El problema que tenemos en Andalucía es que tenemos acento de pobres. Entonces el acento hay que corregirlo porque la ‘z’ puede hacer pensar a la gente que mis abuelos recogían aceitunas o ‘argodón’. La ‘l’ catalana es burguesa, de la fábrica de textil que le saca beneficio al algodón que recogía mi abuelo”, afirmó en el programa de la televisión autonómica, ‘Escala Sur’.

“Matemáticamente a mí que me enseñen por qué ‘l’ es mayor que ‘z’. Quieren que nos sintamos culpables por la ‘z’, por el seseo, por cortar las palabras, por abrir las vocales en Córdoba o en Granada… Quieren que nos avergoncemos de nuestro origen, de nuestro abuelos, de lo que creo que nos tenemos que sentir más orgullosos. Cómo va a ser un estereotipo de flojos la tierra de los pescadores, de los labradores, de los agricultores, de los que han levantado a España, de aquellos de los que han abusado porque por su falta de formación hemos hemos sido mano de obra barata. Cómo vamos a ser incultos los de la tierra de Picasso, Vicente Alexandre, Velázquez, Juan Ramón Jiménez. Que se busquen otro estereotipo, eso es una mentira y exagerarla es una injusticia tremenda”, aseguró.

Muchas de las críticas al habla andaluza se esconden detrás del concepto de la vulgaridad, del uso erróneo del lenguaje, algo que se achaca a la ministra Maria Jesús Montero, como una manera de desprestigiar a la persona y de hacerle ver que, por su manera de hablar, no merece estar en su puesto o tener un estatus ‘más alto’ que otras personas que “hablan mejor”. Como si el andaluz vulgar tuviera un techo que no puede ir más allá de los empleos de la hostelería o de la recolecta de uvas, de los conductores de taxi o de los empleados del hogar. Los vulgarismos existen, y en ocasiones “confunden a la comprensión de los conceptos”, como afirma Pedro Carbonero, catedrático de Lengua Española y experto en habla andaluza. No son correctos ni deberían ser entendidos como el verdadero andaluz desde un perspectiva formal que insiste en diferenciar lo “vulgar de lo culto” (José María Vaz Soto). 

El andaluz no es sinónimo de vulgar, y si hay quien piensa que los es, o que hay andaluces de primera y de segunda, ¿acaso eso justifica el desprestigio a los no tienen una gramática excelsa? No es de recibo eso de acribillar a determinados sectores de la población andaluza que desarrolla una manera de hablar que, con sus esporádicas taras formales, está muy extendida y forma parte de su idiosincrasia. Politizar este habla y relacionarlo con la incultura, la vagueza, la incompetencia y la miseria es de una falta de clase que retrata más a los injuriosos que a los discriminados.     

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