Margarit, el poeta arquitecto que construía versos emotivos y descarnados

Barcelona, 16 feb (EFE).- “Un buen poema, por más bello que sea, será cruel”. Esta frase resume la concepción poética calculadamente realista de Joan Margarit, un arquitecto de formación que buscó en la poesía la “casa de la misericordia” para refugiarse de las experiencias dolorosas de la vida y construir versos emotivos y descarnados que interpelan al lector para que reflexione sobre sus propias vivencias.

Poeta vocacional de inicio tardío y pausado, con un período de silencio de una década, Margarit alcanzó la plenitud de su obra en la edad madura, cuando escribió sobre el paso inexorable del tiempo, de las heridas que va dejando la vida y de la necesidad de dejar constancia de la propia existencia, con los sentimientos, experiencias y reflexiones que provoca.

La poesía de Joan Margarit resulta pues un antídoto contra el olvido, una forma de dejar constancia del sentimiento de un instante, un ansiolítico que calma la angustia por el carácter fugaz de la vida.

Una vida que abandonó hoy y en la que le tocó transitar por la sórdida e infeliz posguerra, en el seno de una familia perteneciente al bando perdedor y alejado en diversos períodos de sus padres por motivos laborales, con frecuentes cambios del domicilio familiar -Sanaüja, Rubí, Girona, Barcelona, Tenerife- que le abocaron a un cierto desarraigo y a una introspección en su infancia y juventud.

Muy pronto conoce también los duros golpes de la vida -cuando tiene cuatro años muere su hermana Trini de una meningitis- y posteriormente pasa por el trance de ver fallecer a dos hijas: Anna, a los pocos meses de edad, y Joana, aquejada por el síndrome de Rubinstein-Taybe, a los 30 años a causa un cáncer.

Margarit traslada todo ese mundo interior a unos versos austeros, depurados, desprovistos de ornamentos superfluos y que interpelan directamente a quien los lee, pues sus poemas salen al encuentro del lector, que es quien le dará una nueva dimensión.

“Yo cuando escribo un poema salgo de mí buscando al otro, al que después vendrá y leerá mi poema”, ha llegado a reconocer Joan Margarit.

Su formación técnica como catedrático de Cálculo de Estructuras le lleva a construir unos poemas de sólida base con una arquitectura de versos concisos y palabras precisas, que huye de la retórica y no deja material sobrante.

Margarit decía que la poesía “es la más exacta de las letras, en el mismo sentido que la matemática es la más exacta de las ciencias”, y por ello buscaba el equilibrio necesario a la hora de expresar sus emociones mediante su capacidad expresiva.

Con ello encontraba también la claridad y la transparencia expresiva, evitando oscurantismos artificiosos, pues para Margarit un buen poema debe ser entendido por los lectores sin hacer especial esfuerzo.

Pero lo que hace a Joan Margarit un poeta único y tal vez irrepetible es su condición de poeta bilingüe, de poder proyectar una voz poética expresada en dos lenguas.

Margarit empezó escribiendo poesía en castellano, se decidió después por el catalán, su lengua materna, y acabó componiendo en los dos idiomas, que no traduciéndolos, según advirtió en más de una ocasión, pues aseguraba que los escribía casi a la vez en ambas lenguas.

Su relación con el castellano empezó de forma tortuosa, pues en su infancia el franquismo se lo impuso "a patadas", según afirmó él mismo, si bien nunca lo llegó a rechazar, lo hizo suyo y decía que nunca pensó en “devolverlo”.

Y es que una de las más reconocibles constantes de la obra de Margarit es la de apropiarse de todo aquello que le causó daño o pesar en la vida, destilarlo en su interior y convertirlo en poemas cargados de pureza poética para el deleite de sus lectores.

Por Hèctor Mariñosa

(c) Agencia EFE