Marcelo Ebrard y la absurda idea de pedir unos Juegos Olímpicos para México

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Marcelo Ebrard durante la Cumbre de las América 2022. (REUTERS/Daniel Becerril)
Marcelo Ebrard durante la Cumbre de las América 2022. (REUTERS/Daniel Becerril)

Marcelo Ebrard ha aprendido muy bien las lecciones del presidente. Ambos son expertos en fabricar problemas allá donde haya calma. El canciller ha lanzado una apuesta que tiene toda la pinta de imprudencia desde cualquier punto de análisis: “En el Comité Olímpico Mexicano me preguntan: ‘¿Y si hacemos otra Olimpiada en nuestro país?’. Les respondo: ‘¿por qué no?’ Sí podemos. Si autoriza el presidente López Obrador, empezamos“, escribió Ebrard en su cuenta de Twitter.

El emprendimiento futurista de Ebrard se da el mismo día que México ha conocido la repartición de los diez partidos que albergará el país en el Mundial de futbol de 2026. Aunque en realidad Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey apenas recogieron las sobras que Estados Unidos decidió otorgarles, parece que eso es suficiente para meter las manos al fuego por una candidatura olímpica.

Suponiendo sin conceder que México, en efecto, tuviera la capacidad económica y logística para organizar unos Juegos Olímpicos, y que además ese evento no contradijera algún ideal sagrado de la doctrina presidencial (porque no hay evento más despilfarrador que unos Juegos Olímpicos y decenas de países lo pueden confirmar), lo más normal sería guardar cierta mesura y no lanzar el grito a los cuatro vientos. Por ejemplo, Japón gastó 15,400 millones de dólares.

En un país con 55 millones de pobres, como México, la moral que tanto predica López Obrador tendría que servir para evitar declaraciones tan aventuradas y, ciertamente, tribuneras, cuya única intención radica en quedar bien, en este caso, con el Comité Olímpica: ni los aficionados compraron el humo que el canciller quiso vender en Twitter. Por el contrario, la imprudencia le ha costado el escarmiento semanal reservado para las meteduras de pata cuatroteístas.

Marcelo Ebrard está siendo tundido por medio mundo y, aunque también sea un exceso darle importancia a un traspié tuitero que claramente pasará al olvido en un par de días, Macelo confirma que a este gobierno le gusta meterse en problemas por cuenta propia. ¿Qué necesidad había de salir a decir algo así? ¿Verdaderamente Ebrard y sus compañeros no tienen a nadie que los aconseje un poquito?

México no tiene forma de organizar unos Juegos Olímpicos. Tan solo los diez partidos de 2026 darán varios dolores de cabeza al gobierno de ese momento, porque esa rebanadita de Mundial es suficiente para ofrecer un amplio catálogo de problemas a resolver. Pero de alguna forma también habría que agradecer esa escasa cuota, porque la realidad es que el país no tiene cara para pedir más.

El gobierno ni siquiera puede garantizar que sus atletas compitan en condiciones dignas, pues sistemáticamente les niega el apoyo y son ellos quienes deben soltar dinero de su bolso para tener la preparación adecuada, como nos lo recordó Alexa Moreno el año pasado tras su brillante actuación en Tokio 2020 de la que muchos se quisiera colgar sin el menor sentido de la vergüenza. O como contó Aremi Fuentes en entrevista para Yahoo: los atletas hasta prefieren dar por perdidos los premios económicos que les son prometidos con tal de no tener más problemas.

Y si todavía sobra moral para pedir unos Juegos Olímpicos, hay que rebobinar la memoria tres meses atrás. Las repudiables imágenes del Estadio Corregidora le dieron la vuelta a todo el mundo. Aficionados al deporte y personas de a pie atestiguaron lo que puede pasar en un estadio mexicano sin que estamento alguno reaccione ni para prevenir ni para contener la barbarie.

Pero, al final del día, todo eso parece tener sin cuidado al secretario de Relaciones Exteriores, quien más que experto en eso, en diplomacia, hoy ha decidido fungir como catedrático de relaciones públicas. Quizá en su laberinto político está anticipando los compromisos que le gustaría adquirir en su sexenio. Esa imprudencia solo confirma lo que ya sabemos desde hace mucho: Ebrard está en campaña y, de ahora en adelante, las promesas sin sustento serán su brújula.

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