Las sutiles estrategias de los manipuladores para presionarte

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La extorsión en las relaciones suele producirse a través de estrategias de presión y manipulación sutiles. [Foto: Getty Images]

A lo largo de la vida soportamos muchas presiones. Algunas son enormes y difíciles de sobrellevar. Otras son más pequeñas y cotidianas. Algunas provienen de las circunstancias. Otras de las personas que nos rodean.

A veces se trata de presiones inocuas, como cuando los amigos insisten en salir, aunque no tengamos ganas o nos animan a quedarnos para beber “la última” copa, aunque ya hayamos superado nuestro límite.

Otras presiones no son tan inocuas, como cuando los padres empujan a sus hijos a estudiar una carrera que no les interesa, nuestra pareja nos presiona para que abandonemos nuestros sueños o nuestro mejor amigo nos recuerda todo lo que ha hecho por nosotros para que nos sacrifiquemos y lo ayudemos.

Por supuesto, toda relación acarrea su propia carga de demandas. Y a veces nos toca ceder. Satisfacer las expectativas del otro. Priorizar sus necesidades. Es perfectamente normal.

Lo que no es normal es ceder continuamente a las presiones de los demás, sobre todo cuando parecen más una extorsión que una demanda madura. La extorsión no es un concepto reservado únicamente para el comportamiento delictivo, en la vida cotidiana se produce a menudo cuando las personas se aprovechan de los demás poniéndolos contra las cuerdas para obtener algún beneficio.

Por supuesto, se trata de una extorsión “light”. En la vida cotidiana no nos apuntan con una pistola pidiéndonos “la bolsa o la vida”. Por eso es tan difícil detectarla. La extorsión en las relaciones interpersonales suele producirse a través de estrategias de presión y manipulación más sutiles. Sin embargo, el resultado es el mismo: nos empuja en una dirección que no habríamos elegido libremente y que incluso puede ser dañina.

“El 40% de las personas podrían ser extorsionistas en potencia disfrazados de buena gente”

Las interacciones repetidas permiten poner en práctica comportamientos egoístas más disimulados. [Foto: Getty Images]
Las interacciones repetidas permiten poner en práctica comportamientos egoístas más disimulados. [Foto: Getty Images]

Los seres humanos somos extraordinariamente cooperativos. Ayudamos a los demás, muchas veces sin recibir nada a cambio. Sin embargo, no siempre es así. O al menos no para todos.

El “Dilema del Prisionero” lo demuestra. Se trata de un juego en el que dos personas deben decidir si colaboran o abandonan. Si ambos cooperan, cada jugador ganará más que si ambos abandonan o piensan egoístamente.

En las versiones iteradas del juego, en las que las personas tienen la posibilidad de cambiar de estrategia e incluso “castigar” al otro jugador por su decisión egoísta, las cosas cambian bastante.

En 2012, investigadores de la Universidad de Texas descubrieron que algunas personas ponían en práctica un tipo especial de estrategia a la que llamaron “determinante cero” según la cual, uno de los jugadores puede ganar más comportándose de manera egoísta, extorsionando a quien decide cooperar.

En práctica, cuando un jugador decide extorsionar a otro gana una cantidad desproporcionada a expensas de esa persona. No obstante, lo “mejor” para el extorsionado es cooperar porque así también podrá ir aumentando sus ganancias, aunque en menor proporción. La persona accede a la extorsión porque el otro le paga por hacerlo.

La teoría del determinante cero sugiere que las interacciones repetidas permiten poner en práctica comportamientos egoístas más disimulados. Los extorsionistas aplican una estrategia de “cooperación” sesgada en su propio beneficio para lograr que los demás colaboren, cuando en realidad ellos solo están aprovechándose. La extorsión se apreció en el 40% de las interacciones.

Investigadores del Instituto Max-Planck de Biología Evolutiva dieron una vuelta de tuerca al experimento llevándolo a un entorno más parecido a lo que ocurre en la vida real: simularon una empresa en la que había un empleador y dos empleados, de manera que uno de los jugadores tenía más poder sobre los otros.

Si el empleador no estaba satisfecho con el desempeño de un empleado, podía despedirlo y reemplazarlo. La trampa consistía en que el empleador podía engañar al empleado repartiendo injustamente el dinero del juego y luego despedirlo si no “cooperaba” para presionar al nuevo empleado contratado y perpetuar el mecanismo de extorsión.

En el experimento, el 45% de las personas aprovecharon la oportunidad de repartir de manera desigual el dinero, quedándose con un 25% más. También aprovecharon la oportunidad de reemplazar al jugador para seguir presionando al siguiente.

Manfred Milinski, uno de los investigadores, concluyó que “la extorsión surge fácilmente cuando los jugadores difieren en su poder estratégico”. También indicó que “alrededor del 40% de las personas en el mundo real podrían ser extorsionistas en potencia disfrazados de buena gente”.

¿Por qué nos dejamos presionar?

En la vida real cedemos más de lo que deberíamos a las presiones de los demás. [Foto: Getty Images]
En la vida real cedemos más de lo que deberíamos a las presiones de los demás. [Foto: Getty Images]

En los experimentos, la mayoría de los jugadores se sometieron a la extorsión el 75% de las veces. En la vida real, también cedemos más de lo que deberíamos a las presiones de los demás. Los motivos son varios, pero generalmente nacen de tres estados psicológicos: el miedo, la obligación o la culpa.

1. Perder por el miedo a perder

Los extorsionistas a menudo recurren al miedo para obtener lo que desean de los demás. El miedo a la pérdida puede ser una emoción muy intensa que nos empuja a ceder a la presión. El temor a perder el trabajo, por ejemplo, puede darle poder a un jefe o un cliente para presionarnos al límite. El miedo a quedarnos solos puede hacer que cedamos a demandas excesivas de nuestra pareja.

No obstante, existe una gama más amplia de temores que pueden usarse para mantener a las personas como rehenes en situaciones tóxicas, como el miedo a la confrontación, al rechazo o a la desaprobación social. Cuando un miedo está muy arraigado, ni siquiera es necesario que la persona nos chantajee directamente, una pequeña alusión es suficiente para desencadenar nuestros peores temores.

El miedo nos hace ceder para mantener el estado actual de las cosas, pero en realidad el equilibrio que deseamos preservar ya se ha roto debido a la presión, de manera que solo conseguimos mantener el desequilibrio de poder en la relación, algo que a la larga terminará pasándonos factura.

2. Sentirse obligados con todos menos con uno mismo

En otros casos cedemos a la presión porque nos sentimos obligados. Si somos personas particularmente empáticas, sensibles y colaborativas, es probable que tengamos un gran sentido de la obligación, que los demás pueden usar para presionarnos y obtener lo que desean.

Los extorsionadores pueden usar diferentes estrategias para recordarnos esas obligaciones, presionando los botones que activan nuestro sentido de la responsabilidad y el deber. Una madre, por ejemplo, puede recordarle a un hijo los sacrificios que ha hecho por él y decirle que está siendo desagradecido. Otra persona podría acusar a un amigo de ser egoísta.

A menudo esos pequeños recordatorios bastan para lograr que una persona responsable caiga en la trampa y ceda a la presión. El problema es que a menudo esa sensación de responsabilidad se proyecta hacia los demás y olvidamos las obligaciones que tenemos hacia nosotros mismos, como el deber de cuidarnos, priorizarnos y protegernos.

3. El bucle explosivo de la culpa

La culpa está muy ligada a la obligación. Cuando no hacemos algo que consideramos nuestro deber, solemos sentirnos culpables y pensamos que merecemos ser castigados. En ese estado somos más vulnerables y propensos a ceder ante las presiones de los demás.

De hecho, desencadenar la culpa en alguien es bastante fácil. Pueden hacer que nos sintamos culpables por algo que hemos hecho o dicho – o algo que no hemos hecho ni dicho. Podemos sentirnos culpables por trabajar demasiado, gastar demasiado, estar demasiado lejos, no estar lo suficientemente disponibles o incluso por ser felices si los demás no se sienten bien.

Sin embargo, ceder porque nos sentimos culpables no suele disipar el remordimiento. Al contrario, termina generando frustración y rencor hacia la otra persona. Muchas veces también nos conduce a comportamientos destructivos. En los experimentos se apreció que cuando los participantes se daban cuenta de que estaban siendo extorsionados, se detenían y “castigaban” al otro abandonando el juego y negándose a cooperar, reduciendo así sus ganancias y, aún más las del extorsionista.

¿Qué hacer cuando nos presionan?

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Establecer nuestros propios términos y hacerlos respetar es la mejor solución para proteger nuestra salud mental. [Foto: Getty Images]

Si nos sentimos incómodos con una situación porque alguien nos está presionando para que tomemos una decisión o hagamos algo que va en contra de nuestros intereses, deberíamos hacer un alto para analizar qué está ocurriendo. En vez de dejarnos inundar por emociones como el miedo o dejar que nuestro sentido de la obligación o la culpa tomen el mando, necesitamos tomar distancia.

Las presiones interpersonales suelen surgir por tres motivos. Comprender la razón que se encuentra en la base es importante para afrontar de la manera más asertiva posible esa presión:

1. Falta de empatía

A veces, cuando una persona está demasiado absorta en sí misma y en sus problemas, se olvida de los demás. Nos ha pasado a todos. Es probable que no logre ver más allá de su ombligo, por lo que no será capaz de ponerse en nuestro lugar ni será plenamente consciente de la magnitud del sacrificio que nos está pidiendo o el nivel de presión que su demanda supone para nosotros.

En ese caso, la estrategia más adecuada es intentar que esa persona amplíe su visión y desarrolle una perspectiva más empática. Podemos explicarle el alcance de lo que nos está pidiendo, lo que significa realmente para nosotros y el impacto emocional que está generando su presión. Si se trata de una persona razonable, comprenderá que ha ido demasiado lejos.

2. Preocupación auténtica

A veces la presión tiene buenas intenciones. Algunas personas piensan que presionándonos podrán sacar a la luz nuestra mejor versión o animarnos a seguir el camino “adecuado” – según ellas, obviamente. Esas personas nos presionan “por nuestro propio bien” pues creen saber lo que es mejor para nosotros.

Si estamos seguros de que una persona realmente se preocupa por nuestro bienestar, es importante escucharla. A veces, cuando estamos atrapados en una situación estresante, una mirada externa puede ayudarnos a ver las cosas de manera más objetiva. Sin embargo, también es fundamental que dejemos claro que la decisión es solo nuestra. Estamos dispuestos a escuchar, no a dejarnos presionar.

3. Egoísmo puro y duro

En otros casos, detrás de las presiones se esconde el egoísmo. Sin más. La persona es consciente del estrés al que nos somete o la magnitud del sacrificio que nos pide, pero a pesar de eso sigue presionándonos para lograr su objetivo. Suele tratarse de gente manipuladora y egocéntrica que reduce las relaciones interpersonales a un intercambio comercial del que siempre quiere sacar partido.

En esta situación, no queda más alternativa que poner las cartas sobre la mesa y marcar límites claros. Debemos desenmascarar la presión y dejar claro que no estamos dispuestos a ceder ni a mantener relaciones mediadas por el chantaje emocional o cualquier otro tipo de extorsión. La buena noticia es que en los experimentos la mayoría de los extorsionistas aprendieron del abandono de los otros jugadores y se volvieron más justos y generosos.

En resumen, si con una postura firme logramos salvar la relación y reequilibrar el nivel de exigencias, estupendo. Si no lo logramos, debemos estar dispuestos a distanciarnos o incluso cortar los lazos. Por desgracia, no todas las personas están dispuestas a cambiar o jugar en un campo nivelado. Pero en esos casos, ser capaces de establecer nuestros propios términos y hacerlos respetar es la mejor solución a corto y largo plazo para proteger nuestra salud mental.

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