Mélenchon, el muñidor de la unidad de la izquierda francesa que aspira a ser primer ministro

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Es el momento de Jean-Luc Mélenchon. El veterano político francés, incómodo, políticamente incorrecto, voz de la conciencia de la izquierda más izquierda de su país, ha logrado esta semana cerrar una alianza con las demás formaciones progresistas, del Partido Socialista a los verdes, pasando por los comunistas. La idea es que esta unidad sirva para aglutinar el voto rojo y entrar a por todas en la Asamblea Nacional en las elecciones legislativas de junio, con respaldo suficiente como para impulsar un paquete de medidas sociales que el país necesita como el agua.

El líder de La Francia Insumisa logró en la primera vuelta de las elecciones de abril un 21,95% de los votos, sólo por detrás del liberal Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen. Todas las miradas se dirigían a él para ver a quién apoyaba en la segunda ronda, sabedores de que sus votantes podían inclinar la balanza. Al final, un 42% de las personas que optaron por él inicialmente fueron con Macron, con otro 24% que se abstuvo y un 17% que se fue con Le Pen.

Ahora sube la apuesta, porque puede. Con los demás partidos tradicionales hundidos, quiere quiere ser primer ministro y forzar al presidente Macron a dar respuestas a la pérdida de poder adquisitivo, la erosión de los servicios públicos o la revolución ecológica, los principales retos que los franceses marcan en las encuestas. Lo avisó en las elecciones de 2017: si ganaba otro que no fuera él, los franceses “toserían sangre” por las políticas antisociales que vendrían. Acertó con el escenario de descontento.

Nunca ha estado tan cerca de tocar poder con su apuesta de izquierda radical, como la tildan sus detractores. Mélenchon (Tánger, Marruecos, 19 de agosto de 1951), llega a este momento decisivo con mucha mili a cuestas: se ha fajado como concejal, teniente de alcalde y consejero en Massy, en Essonne, departamento por el que ha sido senador, el más joven de Francia cuando tomó el acta en 1986; fue ministro delegado para la Formación Profesional del Gobierno del socialista Lionel Jospin, luego eurodiputado y, desde 2017, es parlamentario en la Asamblea Nacional gala.

También llega con unos vaivenes intensos en cuanto a su militancia, todos con el mismo origen: unos “principios de compromiso con la izquierda irrenunciables”, dice. Vivió el Mayo del 68 con apenas 16 años, una especie de alumbramiento al mundo de la política, y al año siguiente, cuando ya estudiaba en la universidad (Filosofía y Letras Modernas), se sumó a los trotskistas. Los socialistas, dice, eran blandos. Los comunistas venían de golpear en la República Checa. Se quedó con una opción peleona... que acabó por echarlo pasado unos años.

“Tenían razón”, sostiene, pasado el tiempo. Chocaba porque afirma que lo que “fundamenta” su filosofía es “el republicanismo, libertador de conciencias, integrador de corrientes como el ecologismo o el socialismo”. Y con estos últimos se enroló, militante entre 1976 y 2008, hasta que cogió la puerta. “Líder de las corrientes de izquierda del PS, lucha contra el alineamiento con la socialdemocracia europea. Ante la victoria de la línea “social-liberal”, abandonó el PS en noviembre de 2008 para crear el Partido de Izquierda y luego fundar el Frente de Izquierda. Fue elegido eurodiputado en 2009 y reelegido en 2014″, se lee en su biografía oficial.

Su pensamiento

En 2016 fue cuando cuajó su Francia Insumisa, tildada por algunos de populista, al calor de esa ola de indignación de la que tanto sabemos en España con su 15-M, su basta ya, su Podemos (con el que las relaciones de Mélenchon son muy cordiales). Era una escisión del Frente de Izquierda, una coalición formada por el Partido de Izquierda, creado por el propio Mélenchon; el Partido Comunista francés e Izquierda Unitaria, con el objetivo confeso de liderar la izquierda “fuera del marco de los partidos”. Mélenchon siempre habla de los “olvidados”, una palabra que hasta Le Pen lo robó en la pasada campaña. Fustiga a los poderosos, va contra los especuladores, carga contra la “inoperancia de la UE” pero no con afán rupturista, como la ultra, sino reformador, insiste, tras ver la “desesperante lentitud” con que se hacen las cosas en Bruselas.

En su programa y en las bases firmadas al fundar la coalición queda claro su ideario: se defiende la inclusividad, el espíritu humanista y la transversalidad organizativa y programática, que cristaliza en un modelo contrario al neoliberalismo de Macron y pendiente de las políticas sociales, al que ha añadido en estas semanas una oposición clara a la guerra de Ucrania; apuesta por la diplomacia, carga contra la invasión de Vladimir Putin pero, también, contra la expansión de la OTAN, de la que un día propuso sacar a Francia, aunque ese debate se ha suavizado, como la salida del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Entre sus promesas incluye subir el salario mínimo a 1.400 euros mensuales (ahora está en 1.300), rebajar la edad de la jubilación voluntaria de 62 a 60 años (Macron quiere subirla a 65 años) o bloquear los precios de los productos de primera necesidad. Siempre ha defendido un “superimpuesto” del 90% para quien gane más de 400.000 euros, dentro de su subida general de impuestos, que quiere acompañar con una subida notable del gasto público; plantea nacionalizar los aeropuertos y las autopistas, crear una banca pública gigante o legalizar la marihuana, entre otras medidas.

Su ideario quedó cristalino en los años de ¿pasada? crisis, cuando la alemana Angela Merkel lo traía de cabeza. “No queremos al mundo de las finanzas en el poder, no queremos las políticas de austeridad que hacen sufrir a los pueblos de Europa y conducen a todo el continente al desastre”, enfatizaba. Denunciaba a la “maldita Troika”, el “golpe de estado financiero”, el “sufrimiento innecesario que se parece al sadismo” impuesto por los tijeretazos. Clarísimo.

Las ONG francesas han hecho un estudio y destacan que es el candidato más comprometido con las políticas sociales y la solidaridad internacional, comprometido con causas como la palestina. De hecho, sus críticas a Israel ante algunas ofensivas le han llevado a ser criticado por supuesto antisemitismo. En 1988, recibió el grado de Gran oficial del Orden de mayo al mérito por parte del Gobierno de Argentina por su lucha contra la dictadura de Jorge Rafael Videla.

Un español de Tánger

Mélenchon es hijo del jefe de una oficina de correos y de una maestra de Primaria que trabajaban en Tánger. Tres de sus abuelos tienen origen español, así que podríamos escribir “Melenchón” y no equivocarnos. Su abuelo paterno, Antonio, emigró de Mula (Murcia), “cuando aún era un pueblecito”, hasta Orán. Allí se casó una francesa de origen español. Por parte materna, su abuelo nació en Valencia, mientras que su abuela es de origen siciliano. Ni que decir tiene que el político habla un español excelente.

El divorcio de sus progenitores, en el año 62, fue el que lo llevó a Francia, a Normandía. Fue cambiando de casa en función de los destinos de su madre docente. Antes y durante la carrera, trabajó en mil cosas para sacarse un dinero: corrector de imprenta, empleado en una relojería, expendedor en una gasolinera... Antes de dedicarse profesionalmente a la política fue profesor, sobre todo de Filosofía y de Francés, y lo hizo en zonas complicadas, de alta inmigración, y sobre todo en centros de Formación Profesional.

Cuando estaba en la universidad, conoció a Bernadette Abriel, que fue su mujer durante 20 años. Con esta bibliotecaria tuvo a su única hija, Marilyn Camille, que siguió sus pasos en política: fue teniente de alcalde en el cuarto distrito de Lyon y ahora trabaja en una editorial. Su esposo, Gabriel Amard, es uno de los principales asesores sobre ecologismo de su padre. Tienen una hija, la única nieta del político.

De su vida privada habla poco Mélenchon, sólo para enfatizar, con sorna, que le saldrá barato al Estado como primer ministro porque está soltero y no habrá dama consorte a la que presupuestar. Tampoco hace alarde de su condición de masón, pero pertenece al Gran Oriente de Francia, la logia más antigua de Europa. No lo reconoció hasta 2012.

Así es el hombre que se ha convertido en muñidor de la unidad de la izquierda gala, que ha hecho caer torres impensables, y que quiere ser jefe de Gobierno para cambiar las cosas. En junio se verá si es factible. Incluso en esos días, insiste en que su pelea va más allá, en que quiere una Asamblea Constituyente que deberá “desmantelar la monarquía presidencialista en Francia” y dar paso a una Sexta República nueva. Para eso debe ser presidente. Por ahora, va paso a paso. Y nadie lo hubiera dicho hace apenas cinco años.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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