¿Pueden las máquinas entender las emociones humanas?

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Si hay algo que nos caracteriza a las personas, más allá de la inteligencia, es nuestra capacidad para emocionarnos y expresar dichos sentimientos. A modo de ejemplo, lloramos de tristeza pero también de alegría. Cuando las emociones se desbordan, los sentimientos afloran y el enfado, la alegría, la sorpresa, la ira, la felicidad… surgen y se manifiestan.

Las personas somos capaces de identificar perfectamente dichas emociones en nosotros mismos y también en los demás. En ocasiones puede que incluso no logremos controlarlas y hasta nos desborden. En definitiva, la manera en que las personas expresan las emociones también forma parte de nuestro carácter y es un factor clave de las distintas personalidades.

Ahora bien, ¿cómo se desenvuelven las máquinas en un entorno en el que las emociones son parte del ser humano e incluso, en muchas ocasiones, condicionan su actuación?

Tecnologías emocionales

Las denominadas tecnologías emocionales buscan precisamente ser capaces de reconocer automáticamente dichas emociones en las personas, procesarlas y replicarlas.

De hecho, hoy en día los algoritmos basados en inteligencia artificial son ya perfectamente capaces no solo de identificar cualquier gesto humano, sino también de ir más allá y percibir las emociones de las personas. De esta forma, una máquina podría saber sin problemas si una persona está enfadada, triste o alegre, simplemente a través del reconocimiento facial y el análisis y procesamiento del lenguaje natural.

Detrás de todas estas tecnologías emocionales se encuentran los denominados sistemas cognitivos. Pertenecen al ámbito de la inteligencia artificial y su objetivo es construir sistemas que puedan aprender e interactuar de forma natural con los humanos, independientemente de la singularidad de cada persona.

Cómo aprenden las máquinas a identificar emociones

Ahora bien, ¿cómo aprenden estos sistemas cognitivos? A través de algoritmos de aprendizaje automático propios de la inteligencia artificial que han procesado anteriormente ingentes cantidades de datos (imágenes, conversaciones, fotos, sonidos, gestos…) de las que han aprendido y obtenido patrones. De esta forma, estos sistemas cada vez son más precisos.

Estas tecnologías han tenido un gran auge en la última década por el avance de la inteligencia artificial, especialmente de las redes neuronales. Pero también por el avance espectacular de aquellas tecnologías que hacen posible el tratamiento y la gestión de las grandes cantidades de datos, como son los entornos de big data y la nube.

Aplicaciones de las tecnologías emocionales

Sin embargo, el reto último está siempre en la identificación de los casos de uso en los que aplicar la tecnología. Esta es solo un medio, no es el objetivo. Y es aquí donde los sistemas cognitivos encuentran multitud de aplicaciones en la vida de las personas… y en la economía.

Las tecnologías capaces de captar emociones pueden, en el caso de los coches autónomos, detectar el cansancio del conductor y recomendarle activamente una pausa.

Los sistemas de seguridad inteligentes no solo pueden aplicarse a grandes superficies como aeropuertos para la detección automática de perfiles, sino que podrían emplearse en la conducción vial e identificar automáticamente síntomas y gestos de embriaguez.

Los sistemas de salud podrían ver su funciones de autodiagnóstico potenciadas mediante el reconocimiento automático del estrés, el cansancio… Con otras disciplinas como la psicología, podrían abordar problemas tan humanos como son el miedo a lo desconocido y a sentirnos indefensos.

Estos algoritmos cognitivos también se están aplicando ya en el ámbito del marketing y la economía. Entender el estado de ánimo en el que se encuentra el comprador en un entorno digital nos puede ayudar a conocerle mejor y a mejorar los ratios de conversión.

Además, los sistemas cognitivos, junto a la aplicación de otros algoritmos como los genéticos o de computación bioinspirada, se están ya aplicando para modelar sistemas económicos complejos y simular su posible comportamiento y evolución.

Y seguramente, aunque no los identifiquemos como tales, muchos de nosotros tenemos ya estos sistemas cognitivos en nuestros hogares. Cuando cambiamos de canal en el televisor a través de la voz o hablamos directamente a los altavoces inteligentes tipo Amazon Alexa o Google Home, ya estamos empleando sistemas cognitivos y tecnologías emocionales. De hecho, el hogar es ya el campo de batalla donde se está desplegando la siguiente batalla de los dispositivos. El que reine en nuestro salón controlará el resto de aparatos de la casa.

En definitiva, el ámbito de los sistemas cognitivos es una de las líneas de investigación más calientes en inteligencia artificial en la actualidad con mucha diferencia. No solo por el deseo de las personas de relacionarse con máquinas que se parezcan a ellas, sino porque detrás existe un amplio abanico de aplicaciones con un enorme recorrido empresarial que ya son una realidad.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Luis Miguel Garay Gallastegui no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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