Lucha de pulgares: el deporte en el que tú puedes disputar un Mundial

Ni siquiera Justin Timberlake se resiste a la tentación de participar en este deporte. Foto: Frank Micelotta/Getty Images.

Fútbol, fútbol y más fútbol. La información deportiva en los medios de comunicación parece monopolizada por ese juego que consiste en darle patadas a una pelota. Quien mire un telediario, hojee un periódico o navegue por una web (con notables excepciones, por supuesto) pensará que no hay vida más allá.

Pero nada de eso. Si hay algo que caracteriza al ser humano desde los orígenes de la evolución es su espíritu de superación y su afán por ser mejor que los demás en algo, sea lo que sea. Por eso, cualquier actividad que se nos pueda ocurrir es susceptible de convertirse en competición, y por tanto, en deporte.

De ahí que cosas que jamás nos imaginaríamos que pudieran pasar de ser un simple juego de pronto tengan unas normas, un reglamento, y surjan torneos más o menos prestigiosos. El último ejemplo es algo que no había pasado de entretenimiento infantil hasta que a alguien se le ocurrió montar un campeonato del mundo. Hablamos de la lucha de pulgares, o thumb wrestling, como se le conoce en inglés (que siempre suena más elegante, más propio de gentlemen).

Parece ser que la cosa ha ido saliendo progresivamente de los patios de los colegios hasta el punto de que ha aparecido una especie de federación internacional que organiza un campeonato del mundo. La sede está en un pub (era de esperar) en la ciudad de Beccles, en el condado de Suffolk, al este de Inglaterra. Porque este deporte, aunque se puede considerar universal (de hecho acuden competidores de todo el planeta: la web cita participantes procedentes de Irlanda, Francia, Holanda, Polonia, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Tailandia o incluso algún español), es particularmente popular entre los hijos de la Gran Bretaña.

Tanto es así que grandes cadenas nacionales como la BBC le dedican al acontecimiento reportajes especiales. Es de suponer que no ocupan los espacios de máxima audiencia de la parrilla, pero el hecho de que se molesten en llevar una cámara ya deja claro que le conceden su importancia. Muchos otros medios digitales tampoco han (hemos) podido resistirse a la tentación de hablar del tema.

Se puede ver que predomina el ambiente festivo y cordial y que, más que una disputa reñida entre deportistas de élite, parece una excusa para pasárselo bien y que caigan unas cuantas pintas. Que, en el fondo, es como empezó todo antes de que el dinero se metiera por medio y transformara en negocio lo que antaño no eran más que juegos. En este sentido quizás se pueda decir que la lucha de pulgares es un deporte más “puro” que otros con más renombre. De hecho, la participación es libre: cualquiera se puede inscribir y la única condición es hacer un pequeño donativo que va destinado a costear la organización.

Pero aun así, la cosa tiene sus reglas y sus procedimientos que hay que respetar, de los que debe tomar nota el lector que tenga intención de organizar una competición en su lugar de residencia. Ambos contendientes tienen que enlazar sus manos (la maqueta del ring que se ve en el vídeo, aunque se puede comprar, no es imprescindible; simplemente hace que quede más bonito) de manera que no se puedan separar y los pulgares queden hacia arriba. Un detalle importante es que los codos deben permanecer apoyados en la mesa en todo momento, para evitar hacer fuerza adicional. También se recomienda que las uñas estén convenientemente cortadas, a fin de evitar herir al rival. Sí se permite, de hecho se fomenta, que los pulgares lleven “decoración”, a modo de tatuajes temporales o calcomanías, para que el espectáculo sea más vistoso.

Una vez posicionados los luchadores, el combate inicia tras un cántico ritual: “One, two, three, four, I declare a thumb-a-war” (uno, dos, tres, cuatro, declaro una guerra de pulgares). La lucha consiste en intentar atrapar el dedo gordo del oponente bajo el propio durante el tiempo suficiente para poder recitar la frase “one, two, three, four, I win thumb-o-war” (uno, dos, tres, cuatro, he ganado la guerra de pulgares). Gana el primero que lo logre en un tiempo máximo de dos minutos, divididos en dos asaltos de sesenta segundos cada uno. Si ninguno lo consigue, está estipulado que se desempatará a piedra, papel o tijera, a muerte súbita. Garantizamos que todo esto va en serio: la normativa estipula que deberá haber un árbitro encargado de velar por la limpieza del procedimiento.

El Mundial, que ha cumplido su 11ª edición, está estructurado en forma de eliminatorias directas, sin nada parecido a una fase de grupos. La BBC nos cuenta que, por cuarta vez consecutiva, Paul Browse se ha proclamado campeón en categoría masculina (porque no hay separación por edades, pero sí por sexos, ante las posibles diferencias de fuerza entre unos y otras). Se da la curiosa circunstancia de que la vencedora del torneo femenino es su suegra Janet Coleman. Más de uno pagaría por asistir a las cenas de navidad de esa familia.

Paul cuenta que la potencia muscular es importante, pero resulta un factor más determinante tener un dedo ágil y fino, para reducir el riesgo de que sea el rival quien agarre primero. Y que, como en todo deporte, hace falta “dedicación y práctica” para estar entre los mejores. Eso sí, aunque le hayan sacado un rato en la tele, de momento ni sueña con llegar a ser una superestrella y firmar contratos multimillonarios. De momento. Porque quién sabe lo que pasará en el futuro: el hoy omnipresente balompié, hace un siglo y medio, no era más que un entretenimiento de ingleses ociosos.

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