Los sapos de Letizia.

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Los reyes de España durante el funeral por Isabel II. Foto: Frank Augstein - WPA Pool.
Los reyes de España durante el funeral por Isabel II. Foto: Frank Augstein - WPA Pool.

Hay trabajos en los que uno tiene que tragarse muchos sapos, al nivel de que un otorrinolaringólogo se espantaría al ver los arañazos de las gargantas de las pobres almas sufridoras. Letizia debe tener ya callo en el esófago de tal cantidad que se ha visto obligada a engullir a lo bruto, sin una chispitina de agua siquiera para hacer más llevadera la digestión.

Y, claro, por mucho que una quiera guardar la compostura mientras se traga el enésimo sapo, el cerebro es lo que tiene, que reacciona automáticamente a los estímulos, y a Letizia la mirada se le ha escapado hacia sus suegros, que parecían confraternizar mejor que en toda su larga vida de casados, riéndose como si estuvieran en sus mejores años mozos y no en el funeral de la prima Lilibeth —perdón, la reina Isabel II—, reunidos uno desde el exilio y otra desde, bueno, digamos que desde que todo el país sabe el peso que carga sobre su regia cabeza.

¿De qué se reían, por cierto?

Imagino el momento pierna con pierna, tan juntitos Letizia y Juan Carlos sentados, tan apretados, tratando la reina de no rozar ni un pelo con el emérito, apretando los glúteos más que en clase de GAP para ocupar el menor espacio posible en un lugar en el que todos estaban bien arrimados porque el protocolo británico ha hecho malabares para encajar -unir ajustadamente algo con otra cosa, según la RAE- a todos los señores y señoras importantes que tenían que asistir al evento. Imagino a la reina arrimándose todo lo posible a Felipe, dándole pequeños empujoncitos para que se moviera un poco más hacia la izquierda, el pobre, a punto de caerse del banquillo.

Y sabiendo que todo el país está mirando.

Un sapo más a la butxaca.