Los mensajes en las palmeras de hojaldre que salvaron la pastelería de Paco y unieron a todo un pueblo

Pepe Barahona y Fernando Ruso
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Massiel le pidió matrimonio a su pareja con un palmerón. Foto Fernando Ruso
Massiel le pidió matrimonio a su pareja con un palmerón. Foto Fernando Ruso

Defiende Paco que su oficio está unido a la alegría, a la celebración, a la fiesta. Por eso cuando llegaron los oscuros días del confinamiento, a Paco se le quebró el gesto. Es pastelero, hijo de pastelero y sus pasteles han servido, sin pretenderlo, para desterrar la tristeza de la rutinaria cuarentena de sus vecinos. Desde que se decretó el encierro, vende a domicilio unas enormes palmeras de hojaldre en las que sus clientes se intercambian dulces mensajes. Gracias a ellas ha salvado su negocio de la crisis del coronavirus y repartido la alegría, inherente a su negocio, por los hogares de su pueblo.

Las palmeras, o palmerones —como el prefiere llamarlos—, han servido para pedir matrimonio o desearle una pronta recuperación a aquellos que se contagiaron del coronavirus. Estos dulces de hojaldre, chocolate, frutos del bosque o tocino de cielo han llegado a todos los hospitales de Sevilla. Miden alrededor de unos 40 centímetros de diámetro, de él salen hasta doce generosas porciones, cuestan de entre 13 y 20 euros y en su interior caben mensajes breves.

“La gente lo pide para que se lo mandemos a sus amigos, hay abuelos que los encargan para sus nietos”, explica Francisco, o Paquito para sus vecinos, Fernández Moreno, el pastelero de La Cúpula, en Lebrija, un municipio situado en la comarca del Bajo Guadalquivir, entre las provincias de Sevilla y Cádiz. “Ha sido muy bonito ver cómo la gente se ha intercambiado mensajes, ser testigo de tantos buenos deseos”, asegura el confitero. De sus manos han podido salir unos 1.500 palmerones. “Puede que más, no lo sé, hace mucho que perdí la cuenta porque esto ha sido una locura”, acierta a decir.

El equipo de pasteleros de La Cúpula. Foto Fernando Ruso
El equipo de pasteleros de La Cúpula. Foto Fernando Ruso

La idea surgió casi sin quererlo. “El domingo después de que Pedro Sánchez decretase el confinamiento llegué a tener miedo, porque de golpe nos quedábamos sin actividad, pero llegó el lunes y no me dio tiempo de pensar. Ese día ya empezamos a tener pedidos y en unos días ya estábamos a tope”, explica el pastelero.

Paco es pastelero desde siempre. Su padre, también Francisco, abrió una confitería y panadería con otro socio cuando él tenía solo seis años. Recuerda Paco su niñez jugando con las bolas de masa en el obrador. A los 16 años ya estaba trabajando para la empresa. Su primer cometido fue hacer el pan; después de hacer el servicio militar regresó para ponerse al frente de la pastelería.

“Jamás me imaginé esto”

“Me encargaron hacer el hojaldre, y con el tiempo fui cogiéndole el truco”, narra Paco. “No tiene una receta exacta, hay que saber manejarlo. Con la experiencia te das cuenta de pequeños detalles que hacen que el hojaldre salga bien: la temperatura, la textura… Es como una caja fuerte, aunque conozcas los números hay que saber en la dirección en la que debe girar la ruleta”, explica el confitero, que en diciembre se aventuró a abrir su propia pastelería: La Cúpula.

“Jamás pensé que podía venir algo de esta envergadura”, confirma. “Yo arrastraba ya muchos clientes a mis espaldas, porque trabajaba con varios bares y servicios de catering para eventos y bodas que me hacían sus encargos, por eso sabía que el negocio me iría bien. Y nos fue bien hasta que llegó la pandemia y se anularon todos los eventos”, recuerda Paco.

Al pastelero se le quedaron pendientes todos los dulces que tenía preparados para los eventos próximos. Cientos de torrijas. La opción de cerrar sobrevoló su cabeza, pero siguió el consejo de la persona que le lleva las redes sociales. El decreto de confinamiento del Gobierno dejaba la puerta abierta a que los negocios relacionados con la alimentación siguiesen manteniendo su actividad con envíos a domicilio. Y ahí se agarró Paco.

“Tuvimos claro desde el principio que no había que precipitarse y anunciar el cierre de la actividad”, explica María Primavera, su ‘community manager’. “Pensamos que la gente, al estar en su casa, estaba más por la labor de comer dulces. Los pasteles generan esa sensación de bienestar, aquí que lanzamos en las redes la opción del servicio a domicilio con nuestra carta de palmerones. Decía: ‘No dejes de celebrar nada por estar en cuarentena, endúlzate los días o envía un mensaje a tu familia en forma de palmerón’. Y aquello empezó a funcionar”, sigue María.

Un palmerón con un mensaje de una abuela para su nieto. Foto Fernando Ruso
Un palmerón con un mensaje de una abuela para su nieto. Foto Fernando Ruso

Ella ha sido testigo de las reacciones de quienes vieron en las palmeras de Paco una simpática forma de comunicarse. A las redes sociales de la empresa llegan mensajes y comentarios aplaudiendo y compartiendo la iniciativa. “Ha sido hermoso ver cómo la gente se manda mensajes llenos de energía. Lo que más nos enternece han sido los que enviaban los nietos a sus abuelos”, sostiene María. “¡La de palmerones que habrán llegado a las casas de los abuelos!”, destaca. “Abuelos que estaban solos —insiste—, que echaban de menos a sus nietos y que se han emocionado muchísimo cuando ha recibido nuestros productos”.

“Han salvado mi negocio”

El Covid-19 ha azotado con especial saña a una residencia de este pueblo sevillano, La Caridad, un centro de mayores en el que ya han muerto diez personas y otras 46 —del total de 91 diagnosticados del municipio, 14 de ellos fallecidos— se han contagiado. En la actualidad, solo una persona mantiene el positivo en ese geriátrico, al que también han llegado los palmerones de Paco.

“No hay que bajar la guardia”, piden las autoridades locales. Pero hoy, en una fase en la que ya se permite la circulación de personas por las calles y el pequeño comercio se aclimata a lo que el Gobierno de Sánchez llama la “nueva normalidad”, Paco sentencia: “Los palmerones han salvado mi negocio”. Sabe que los pedidos a los bares y catering de celebraciones tardarán en recuperar el brío de los meses previos a la pandemia, pero también sabe que ahora tiene una menor dependencia a esa faceta de su negocio para mantener la facturación.

“La venta de los palmerones ha compensado las pérdidas que hemos tenido por otro lado”, explica Paco, ya con su punto de venta abierto al público. “Nos hemos planteado si abrir, porque nos iba tan bien vendiendo las palmeras, sin un horario definido, que nos ha costado decidirnos a volver a tener una apertura como la de antes de la crisis”, razona el empresario. “Hemos vuelto porque cada vez van abriéndose más comercios y nosotros no queríamos quedarnos atrás, ir recuperando el ritmo poco a poco”, detalla el confitero.

Atrás quedaron los días de confinamiento severo. Días en los que Paco apenas daba abasto para atender todos los pedidos que le llegaban. Tal acogida tuvo sus palmerones que tuvo que pedir ayuda a su mujer y a dos trabajadores más que pensaron que el coronavirus los relegaría al desempleo. “Y en Semana Santa decidimos cortar los pedidos, porque fue un disparate”, apostilla. “No sé números. ¿Mil? ¿Mil quinientas? No sé, una barbaridad”, detalla el pastelero.

“Me siento muy orgulloso de que mis palmeras hayan unido a los lebrijanos. Porque hemos vivido momentos muy bonitos, pero también otros muy tristes en estas semanas”, relata.

Francisco Fernández Moreno, el pastelero de La Cúpula. Foto Fernando Ruso
Francisco Fernández Moreno, el pastelero de La Cúpula. Foto Fernando Ruso

Paco todavía recuerda el día que recibió el pedido de una chica que quería mandar una de las palmeras a la casa de una amiga que había contraído el virus. Recuerda el pastelero la intranquilidad de saber que estaría cerca del “bicho”, como él lo llama. También se acuerda de las llamadas de su madre, pidiéndole que extremara las medidas de precaución al hacer la entrega. O cómo se sintió cuando llamó al timbre de esa casa, imaginándose el dolor de quienes vivían dentro, enfermos por el dichoso coronavirus. “Lo pasé mal”, confiesa el confitero. Podía no haber cogido el pedido, haber dicho que no, pero dice Paco que pensó en la alegría que le daría a esa persona, lo felices que, por un momento, podía hacer a todo su entorno. Y aceptó.

Me escribieron para darme las gracias. Y me emocioné, porque me sentí útil. Pensé que todo lo que estaba haciendo tenía un propósito”, zanja Paco, el pastelero de los palmerones con mensaje. El hombre que endulzó a todo un pueblo en los momentos más amargos.

Fernández, 'Paquito' para sus vecinos, rematando un palmerón. Foto Fernando Ruso
Fernández, 'Paquito' para sus vecinos, rematando un palmerón. Foto Fernando Ruso

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