Los jardines públicos cambian la vida a las afganas

Por Anne CHAON
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Una afgana trabaja en un jardín público de Jalalabad, en Afganistán, dentro de un programa de la ONU, el 23 de abril 2018

A primera vista puede parecer que tan sólo cavan, deshierban y plantan pero en realidad para muchas afganas pobres, y a menudo viudas, trabajar en los jardines públicos es más que un empleo. Es la ocasión de salir de casa en una de las provincias más inestables y conservadoras del país.

Van vestidas con una túnica floja y anaranjada, como sus colegas masculinos, y una capucha que oculta buena parte de su cara. Una versión de la burqa tradicional (sin la rejilla a la altura de los ojos) que contrasta con el verdor del césped.

Seis días por semana, las jardineras de Jalalabad trabajan entre rosas y árboles frutales por unos 130 dólares mensuales. Generalmente es su primer salario.

"Los hombres creen que las mujeres no pueden trabajar más que en casa. Pero aquí demostramos a cada uno de ellos que pueden hacer mucho más", afirma la jefa del equipo, Laluma Shezad, de 26 años.

La contratación de mujeres no era algo evidente en Nangarhar, en el extremo este del país (fronterizo con Pakistán) cuyas grutas de Tora Bora sirvieron de refugio a Osama bin Laden en los años 2000 y donde el grupo Estado Islámico (EI) se está arraigando y compite con los talibanes.

La agencia de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat), promotora de la iniciativa, tuvo que negociar duramente con las familias.

"Para la mayoría de las mujeres es la primera experiencia laboral fuera de casa", afirma Mohamad Nader Sargand, responsable en Jalalabad del programa "Clean and Green Cities" de ONU-Habitat lanzado en 2016 para el mantenimiento de los parques.

La cultura pastún, etnia principal en el este del país, "es bastante más restrictiva que el islam", comenta. Se supone que las mujeres "no deben salir sin su marido, padre o hermano".

- Bastiones pastunes -

Entre los aproximadamente 8.000 aprendices de jardinería contratados en una decena de provincias, hay un millar de mujeres vulnerables (como por ejemplo las desplazadas de guerra). Una centenar de ellas, de edades comprendidas entre 18 y 60 años, trabajan en Jalalabad.

Según el Banco Mundial, sólo el 19% de las mujeres afganas tenían un empleo oficial en 2017, sin contar el sector agrícola.

"Lo más difícil es aquí y en Kandahar" (ambos bastiones pastunes) declara Mohamad Nader Sargand.

En un estudio de 2017 de Asia Foundation, sólo el 66% de los afganos pastunes interrogados aceptaba la idea de que mujeres trabajasen fuera de casa (contra 74% de promedio nacional) y menos de un tercio (32,7%) aprobaba la igualdad de género.

"El principal problema para los hombres es asegurarse de que las mujeres no estén en contacto con varones que no sean de la familia", precisa Sargand. "La primera semana, hermanos y maridos venían constantemente a verificar que se preservaba su virtud y dignidad".

En una ciudad donde las mujeres pocas veces se aventuran a la calle sin burqa, las jardineras trabajan aparte, alejadas de los hombres, salvo el jefe de los jardineros.

- "Difícil, no imposible" -

Muchas son viudas sin formación, como Najiba. "Hay gente que dice que no deberíamos trabajar con hombres extraños pero yo estoy encantada" y "espero que mis hijas también puedan venir", dice ella.

Según la delegada del ministerio de las Mujeres, Torpaikay (su único nombre), estas jardineras ya habían acudido a talleres organizados por la ONU. "Pero es la primera vez que se les da la oportunidad de trabajar: es difícil, pero no imposible".

Por falta de financiación este programa de la ONU se interrumpirá en junio en Jalalabad y antes de diciembre en las otras ciudades afganas.