Los hijos de la paz en Colombia crecen en campos minados

Por Florence PANOUSSIAN
1 / 5
Hijos de exguerrilleros de las FARC juegan fútbol en La Montañita, donde se les enseña cómo evitar las minas antipersona

Nacieron durante el proceso de paz que permitió a sus padres dejar las armas. Pero estos hijos de exguerrilleros crecen aprendiendo a evitar los explosivos que fueron diseminados en Colombia por todos los actores de la guerra, incluidos narcotraficantes.

"¿Qué hace una mina antipersona?" Un niño travieso se levanta de un salto: "¡Boum!", grita. Más serena, una niña agrega: "Explota cuando uno la toca o la pisa, y te mata".

Sentados en media luna en un patio cubierto, unos quince pequeños dialogan con un equipo de Educación en el Riesgo de Minas (ERM), que un día llegó hasta su apartada escuela ubicada al final de un camino de La Montañita, municipio del departamento de Caquetá (sur).

Los alumnos reaccionan a las fotos que les muestran sus instructores, cuatro exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), convertidas en partido tras firmar la paz el 24 de noviembre de 2016.

"Esto es una bomba que se parece a un chupete", señala otra niña, apuntando hacia la imagen de un mortero. Con el ceño fruncido, observa otras fotografías, más duras, de víctimas amputadas por minas antipersona.

El equipo de ERM enseña comportamientos seguros a los niños precisamente en el que fuera uno de los feudos de la rebelión armada.

En esta zona pueden toparse con una mina a la vuelta de un sendero, a la orilla de un río o cerca de una casa abandonada en medio de las montañas verde esmeralda.

- Vulnerables -

Después de Afganistán, Colombia es el país más afectado por los explosivos que han sido sembrados por todas las fuerzas implicadas en un conflicto que completa más de medio siglo: guerrillas, paramilitares y Estado.

Aún son usados por disidentes de las FARC opuestos al acuerdo de paz y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), última guerrilla reconocida. También los narcotraficantes los emplean para proteger los campos de marihuana o de coca, materia primera de la cocaína.

Marcela Albino es una instructora de 28 años. Era apenas mayor que sus alumnos cuando, asegura, ingresó a las filas de las FARC a los 13. "Estuve 13 años, la mitad de mi vida", dice.

Desde que dejó las armas junto a otros 7.000 excombatientes, trabaja con los hijos de sus excompañeros en Agua Bonita, una zona de reincorporación social y económica, a 45 minutos en vehículo de La Montañita. Con frecuencia, la lluvia hace imposible el paso por la carretera.

Entre plantíos de piña y plátano, un corral de gallinas y un cultivo de peces, unos 300 antiguos guerrilleros y sus familiares viven en casas coloridas con murales que recrean la historia de la guerrilla nacida en 1964 o la biodiversidad del país.

El año pasado, Marcela integró Humanicemos DH. Esta ONG cuenta con un centenar de exrebeldes que quieren convertirse en desminadores profesionales, entre ellos hay 38 que aspiran a ser instructores en riesgo de minas.

"Los niños son lo más vulnerable, entonces nos hemos enfocado en ellos", explica, mientras les enseña a temer esas armas que pueden ser "de todos los tamaños, formas y colores".

- Semillas de paz -

Desde 1985, las minas y explosivos abandonados han afectado a casi 12.000 personas, matando a una de cada cinco de ellas, según la oficina gubernamental del Alto Comisionado para la Paz. Más de una cuarta parte de las víctimas civiles son niños y adolescentes, precisa el Centro Nacional de Memoria Histórica.

Las minas pueden durar activas hasta 15 años y ser fabricadas a bajo costo y envueltas en plásticos coloridos o metidas en botellas de gaseosa. A ojos de los niños pueden ser un objeto atractivo, lo que las transforma en un riesgo en Agua Bonita.

En esta zona hay 57 menores, varios de ellos recuperados por sus padres luego de haber sido criados a la distancia y que son conocidos como "hijos invisibles de la guerra", y unos 30 que nacieron desde el inicio de las negociaciones de paz en 2012, según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización.

Seis bebés más son esperados pronto.

"Necesitamos otras aulas", reclama Jaime Caicedo, de 56 años y quien lleva 20 como único profesor de la escuela rural.

"Anteriormente hubo cinco niños nomás (...) y ahora hay 27 niños, un 50% aproximadamente (son) del espacio" de reincorporación, precisa, feliz de que los exguerrilleros le hayan ayudado a renovar techo, pintura y sanitarios del lugar.

En esta planicie del Caquetá, donde las explosiones hacían estremecer los pupitres desgastados, sus hijos se mezclan hoy sin "discriminación ninguna" con los de los campesinos.

"La paz empieza por la socialización, por la convivencia, por la tolerancia", estima el profesor. "Y si eso se da desde el comienzo con los niños, que son los hombres del mañana, mujeres del mañana, pues de allí se va sembrando la semilla para dar la tranquilidad".