Los fantasmas de la guerra atormentan a los niños desplazados en Mosul

Por Edouard GUIHAIRE
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Doaa (izq.), Ghada (c) y Nora, tres niñas iraquíes originarias de Mosul, posan el 26 de marzo de 2017 en el campo de desplazados de Hasan Sham

"Teníamos una casa grande, pero el EI nos bombardeó y se quemó. El EI nos ha destruido", cuenta Nora, una niña de diez años que vivía en Mosul y cuya historia ilustra la realidad de los menores desplazados por la guerra entre las fuerzas iraquíes y el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

En Mosul, la segunda ciudad de Irak, los niños juegan en medio de las ruinas como si fueran el patio de un colegio. Algunos enseñan las botellas de agua de plástico que les entregó una ONG como si fueran un tesoro.

Pese a los estruendos de los combates y la constante presencia de la muerte, muchos siguen sonriendo con la alegría propia de los niños, una frágil protección contra los horrores de la guerra.

Pero los rostros cansados, las mejillas hundidas y las siluetas demasiado delgadas muestran las heridas de la guerra.

Desde hace cinco meses, la ciudad sufre las consecuencias de una gran operación militar de las tropas iraquíes para desalojar al EI, que ocupa Mosul desde hace dos años y medio.

Nora, una niña de nariz fina y larga cabellera morena, está a salvo de los combates en el campo de desplazados de Hasan Sham, ubicado en unas colinas a unos 30 kilómetros al este de Mosul. A esta distancia, no se oyen los tiros.

Dentro de una una gran tienda de campaña blanca, el llamado Espacio de Convivencia para los Niños, la niña dibuja junto a otros menores desplazados de la violencia.

Detrás de Nora, que lleva un vestido de cuello blanco, hay globos colgados de una pizarra blanca y un armario de metal que guarda los tesoros de los niños refugiados: sus juguetes y materiales de bricolaje.

- Cicatrices invisibles -

Este espacio fue creado por Unicef en asociación con la ONG Terre des Hommes (Tierra de los Hombres) para volver a dar a los niños de Mosul un poco de normalidad tras años de duelo y destrucción.

"Vieron cosas que no deberían haber visto (...) Vieron gente asesinada, cadáveres", explica a la AFP Maulid Warfa, uno de los encargados locales de Unicef. "Aunque parezcan normales, por dentro están ardiendo".

"Por culpa del EI, estamos aquí", dice tímidamente Abdulrahman, de nueve años, un niño con el pelo corto vestido con una camisa blanca sentado al lado de Nora. De pronto, deja de dibujar para recordar la situación en Mosul. "Allí hay miedo", dice.

Con lágrimas en los ojos, Nora recuerda la destrucción de su casa.

El lugar del campamento dedicado a los niños, decorado con dibujos de Bob Esponja, permite a los pequeños bailar, leer y hacer deporte. "Es el lugar donde pueden volver a sentir que son niños", resume Maulid Warfa. "No queremos que pierdan su infancia".

En el interior del espacio infantil, los niños cantan, se ríen, juegan con las manos y se persiguen unos a otros. Pero las secuelas de la guerra y de la violencia yihadista resurgen a veces.

"Algunos niños son agresivos o huyen de los adultos. Hay algunos que golpean a sus compañeros, otros no quieren compartir y prefieren quedarse solos", revela un educador, que prefiere no ser identificado.

Entre la multitud de casitas, animales, corazones y soles dibujados por los niños, también emergen escenas más sombrías. Una de ellos representa con lápiz negro a un niño solo, aterrorizado en medio de las llamas que devoran una ciudad.

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