Los efectos de las bombas de la II Guerra Mundial se notaron en el espacio

La Segunda Guerra Mundial fue el peor conflicto bélico que el mundo ha conocido. De todos es sabido el nivel de barbarie alcanzado por nazis y nipones, aunque me temo que el bando victorioso, los aliados, cometió así mismo actos de destrucción masivo de los que se habla bastante menos, como el bombardeo de Dresde. Hacia el final de la guerra, esta hermosa ciudad, conocida un día como “la Florencia del Elba”, sufrió por parte de la aviación británica y la estadounidense el bombardeo de cerca de 4.000 toneladas de artilugios explosivos e incendiarios, lo que arrasó buena parte de la ciudad causando entre 25.000 y 40.000 víctimas civiles.

Historias parecidas pueden contarse en otras urbes germanas como Düsseldorf, Colonia, Hannover, Hagen, Hamburgo, Bremen, Dortmund, Berlín y un largo etcétera.

Aspecto de la ciudad de Colonia tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. (Foto del Departamento de Defensa de EEUU/Dominio Público)
Aspecto de la ciudad de Colonia tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. (Foto del Departamento de Defensa de EEUU/Dominio Público)

Lo que nunca imaginaron británicos y estadounidenses, que justificaron los polémicos bombardeos como alternativa a la apertura de un nuevo frente terrestre (como pretendían los soviéticos), es que aquella lluvia de bombas dejaría su huella en algo más que la historia de los actos infames: la ionosfera (la capa de la atmósfera terrestre ionizada – es decir cargada eléctricamente – por la radiación cósmica y solar).

Según un nuevo trabajo científicos realizado por el meteorólogo Christopher J. Scott y el historiador Patrick Major (ambos de la Universidad de Reading, Reino Unido), que se acaba de publicar en Annales Geophysicae, aquellos bombardeos produjeron ondas de choque lo suficientemente poderosas como para reducir – brevemente – la concentración de electrones de la ionosfera de la Tierra.

Este debilitamiento ocurrió justo encima de las ciudades bombardeadas y se extendió a distancias de hasta 1.000 kilómetros, según relata el trabajo citado. El efecto fue temporal y no podemos etiquetarlo como peligroso, aunque es probable que la ionosfera debilitada pudiese haber interferido en las transmisiones de radio de baja frecuencia durante el conflicto.

En palabras del autor principal del trabajo, el profesor de física espacial y atmosférica C.J. Scott: “las imágenes de vecindarios de toda Europa reducidos a escombros a causa de ataques aéreos en tiempos de guerra son un recordatorio duradero de la destrucción que pueden causar las explosiones provocadas por el hombre. Pero el impacto de estas bombas ascendió por la atmósfera de la Tierra sin que nos hubiésemos dado cuenta hasta ahora”.

La ionosfera, una gruesa capa que se inicia a una altura del suelo de 80 kilómetros y se eleva hasta los 580 kilómetros, se ve influenciada notablemente por la actividad solar, es decir por fenómenos como las eyecciones coronales de masa, las corrientes de vientos solares de alta velocidad y otros sucesos que involucran a partículas energéticas. Aún a día de hoy, cuando existe una fuerte actividad solar, nuestra tecnología (radio, sistemas de posicionamiento, etc.) puede verse afectada, y hay quien teme incluso un gran apagón a causa de tormentas solares de gran magnitud.

Bombardeo aliado sobre la fábrica de Focke-Wulf en Marienburg (actual Polonia) durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto de la Fuerza Aérea de EEUU/Dominio Público)
Bombardeo aliado sobre la fábrica de Focke-Wulf en Marienburg (actual Polonia) durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto de la Fuerza Aérea de EEUU/Dominio Público)

Pero volvamos con el trabajo de Scott y Major. Por lo que puedo leer, ambos se basaron en los datos recogidos por una instalación tecnológica británica llamada RRC (Radio Research Center) ubicada en la localidad de Slough, a 30 kilómetros al oeste de Londres (y a 1.000 km de Berlín). Esta instalación, destinada a comprobar el estado de la ionosfera, de cara a realizar transmisiones de radio más eficientes, comenzó a recoger datos en 1933 y aún sigue a pleno rendimiento. El duo de investigadores de la Universidad de Reading buscó en los registros de Slough las señales devueltas por la ionosfera durante los días y horas en que algunas ciudades europeas sufrieron ataques aéreos masivos.

Se estudiaron los 152 bombardeos más destructivos (medidos en función a la cantidad de explosivos empleados), entre ellos varios en Berlín y el de Jülich, ciudad alemana de tamaño medio próximo a la frontera belga que recibió 9.600 toneladas en noviembre de 1944, y que sufrió una destrucción del 98%.

Lo que descubrieron fue que las ondas de choque provocadas por las explosiones afectaron a la frontera del espacio. Tal y como relata Scott: “cada ataque liberó una energía equivalente a la de al menos 300 rayos”. El estudio comprobó que unas horas después de uno de aquellos ataques, el registro de Slough mostraba perturbaciones cuya intensidad dependía de la cantidad de explosivos utilizados. Los efectos duraban poco tiempo, y al día siguiente ya eran perceptibles.

¿Cómo pudieron las bombas afectar a la ionosfera? Scott y Major no tienen muy claro el mecanismo, aunque creen que podrían deberse al efecto de las ondas de choque de las explosiones al alcanzar las capas superiores de la atmósfera, que de algún modo calentarían la ionosfera haciéndole perder parte de su carga eléctrica de forma temporal.

El estudio tiene sin duda interés científico, pero me atrevo a decir que el impacto que producen sus conclusiones alcanza también a lo filosófico. Debería servir para recordarnos lo poderosa que es nuestra tecnología bélica, y para que no olvidemos jamás el infierno que supone la guerra.

Me enteré leyendo Gizmodo.