Los animales respetan los turnos de palabra cuando se comunican entre ellos

Cuanto más estudiamos la naturaleza, menos cosas quedan de las que nos hacían únicos. La última que se ha desmontado es la idea de que los únicos que “mantienen conversaciones” somos los humanos. Otros animales, muchos otros, también esperan su turno para comunicarse, tal como se explica en un artículo reciente.

Antes de continuar, vamos con un detalle. Utilizar el término “conversación” puede llevar a equívocos. Los animales se comunican, y como veremos, esperan su turno o incluso terminan la relación si no se mantienen. Pero “conversar” o “hablar”, en el sentido de transmitir conceptos abstractos, aún no se ha demostrado.

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Los elefantes son sociales y sensibles. REUTERS/Kenny Katombe/File Photo

Entonces, ¿qué es exactamente lo que explicar la publicación? Que los animales tienen reglas muy precisas para determinar cómo debe tener lugar la comunicación entre dos individuos. Los matices pueden ser distintos –e interesantes de comparar– pero una cosa está clara: no se debe interrumpir.

Esto diferencia “ruidos” de comunicación. Si se toman turnos, se establece un “diálogo” y no una concatenación de “monólogos”. La comunicación es bidireccional, es un mensaje para el interlocutor.

Bien, pero ¿de qué animales hablamos? Porque si se trata de simios, de nuestros primos evolutivos cercanos, igual nos sorprende poco. Pero en el artículo se citan distintas especies de cetáceos – cachalotes, delfines –, aves canoras, ratopines rasurados, elefantes…

Cada cual con sus matices, eso sí. En algunos pájaros el retardo, el tiempo entre el final de una respuesta y el inicio de la siguiente, dura apenas unos 50 milisegundos. En cachalotes llega hasta los dos segundos. Y para tener con qué comparar, en humanos promedia 200 milisegundos.

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También difiere la consecuencia de no respetar los turnos. En algunas especies supone el silencio del otro individuo. De manera permanente, es decir, obliga a recomenzar el ciclo que en algunos casos es tarea compleja. En otras, simplemente el “ofendido” se retira físicamente, se aleja del transgresor.

A parte de lo que tiene de interesante en sí mismo, este descubrimiento supone un cambio en la manera en que entendemos la evolución del lenguaje en humanos. Porque sitúa uno de los requisitos de la comunicación – la bidireccionalidad – mucho antes en la escala evolutiva.

Bueno, un matiz: no es un descubrimiento. Lo que se ha hecho ha sido estudiar en conjunto una información que ya se tenía, pero de manera aislada. Resulta que los que no se comunicaban correctamente eran los investigadores.