Liz Truss versus Rishi Sunak: las claves de la pelea para tomar relevo a Johnson en Reino Unido

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Mural con los aspirantes a suceder a Boris Johnson, Rishi Sunak y Liz Truss, retratados como púgiles, en las calles de Belfast, Irlanda del Norte. (Photo: Peter Morrison via AP)
Mural con los aspirantes a suceder a Boris Johnson, Rishi Sunak y Liz Truss, retratados como púgiles, en las calles de Belfast, Irlanda del Norte. (Photo: Peter Morrison via AP)

Mural con los aspirantes a suceder a Boris Johnson, Rishi Sunak y Liz Truss, retratados como púgiles, en las calles de Belfast, Irlanda del Norte. (Photo: Peter Morrison via AP)

Boris Johnson se va. Ahora sí que sí. Tras anunciarlo el pasado 7 de julio, obligado por una situación de descrédito absolutamente insostenible tras encadenar escándalo tras escándalo, la transición acaba. Este lunes, 5 de septiembre, a las 11 y media de la mañana, se conocerá el nombre de su sucesor o sucesora, tanto en el Partido Conservador como en el cargo de primer ministro en Downing StreetRishi Sunak, el exministro de Hacienda,  y Liz Truss, actual secretaria de Estado para Relaciones Exteriores, son los púgiles que pelean en el ring de los tories, de los 11 que inicialmente presentaron pelea. Ella es la favorita.

Los candidatos han acabado la campaña por el liderazgo -eterna, estirada durante todo el verano- más exhaustos que exultantes. El miércoles tuvieron su última aparición conjunta, intercambiando golpes finales en una contienda que a menudo parecía tener poco que ver con las nubes de tormenta económica que se ciernen sobre Reino Unido. Poca ciudadanía, pocas propuestas concretas, mucha división interna, muchas ansias de mando.

Eso explica que hace un mes, el 50% de los conservadores, ya querían a Johnson de vuelta, por encima de Sunak y Truss. Ahora ya son el 60%. Aquello del malo conocido y el bueno por conocer. El mandatario, por ahora, deja la puerta abierta a un retorno a la política, nadie sabe cuándo. Aún tiene 58 años. “Qué desastre. Nos deshacemos de Boris para empezar de nuevo y acabamos con la loca y el multimillonario”, afirma un diputado tory a nuestros compañeros del HuffPost UK.

En las manos de los 180.000 afiliados que tienen derecho a voto en el partido porque pagan su cuota está en rumbo de todo un país. Como desde 2019 los conservadores tienen mayoría absoluta en el Parlamento -el mayor margen en 40 años-, ellos deciden a su líder y a su primer ministro, sin elecciones.

Los sondeos dan a Truss el 60% de los votos, con una horquilla que saca entre 22 y 32 puntos a Sunak. Siempre ha partido con ventaja y ha consolidado su papel en estas semanas de mítines insulsos, sin nervio, extrañamente estáticos para lo que hay en juego. “Lo importante no es que Liz gane, sino que esto acabe”, confesaba uno de sus asesores al Times.

Los analistas del citado periódico, del Guardian, de Sky News o la BBC coinciden en que Sunak se lo ha trabajado más, con un perfil de tecnócrata con supuestas soluciones en el maletín, en el papel de emprendedor joven que maneja bien los datos, con memoria y un tono suave, pero Truss, más dura, menos precisa, ha impuesto su visión tradicionalista, aferrándose a su mensaje de impuestos más bajos y un gabinete más pequeño, el catecismo de los conservadores fieles. El exjefe del Tesoro, consciente de ello, ha llegado a dar un giro de 180 grados a algunas de sus propuestas fiscales y lo que ha hecho, entonces, es quedar como un veleta.

(Photo: GEOFF CADDICK via Getty Images)
(Photo: GEOFF CADDICK via Getty Images)

(Photo: GEOFF CADDICK via Getty Images)

Los perfiles

Mary Elizabeth Truss (Oxford, 26 de julio de 1975) es una mujer enérgica, con experiencia de gestión en el Gobierno desde 2014 y miembro de la Cámara de los Comunes desde cuatro años antes. Titulada en el prestigioso triple grado de Filosofía, Política y Economía en Oxford, es conocida por sus puntos de vista económicos libertarios y su apoyo al libre comercio. Fundó el grupo de libre empresa de parlamentarios conservadores, un grupo de diputados defensores del libre mercado que abogan por una economía más empresarial y con menos leyes laborales. Un perfil que ahora le hace rozar la victoria, con los impuestos rebajados por bandera. ​

Fue elegida por primera vez en 2010 tras haber sido seleccionada por el entonces primer ministro, David Cameron, como parte de una lista de cerebros que deberían ayudarle a modernizar el Partido Conservador. Así fue enlazando puestos en el Ejecutivo con el propio Cameron, con su sucesora, Theresa May, y luego con Johnson. Ha pasado por Medio Ambiente, Alimentación y Medio Rural, por Justicia, Comercio, Igualdad y, finalmente, Exteriores.

Fue una destacada defensora de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea en el referéndum de 2016, oponiéndose al mayor partidario del leave, que era Johnson. Sin embargo ahora, con el ímpetu de un nuevo converso, se ha reposicionado con éxito como una firme defensora del Brexit. De hecho, es quien está peleando a cara de perro con Bruselas para cambiar los protocolos sobre Irlanda del Norte, el último gran dolor de cabeza, la última salida del tiesto del aún primer ministro.

Truss no dimitió del gabinete, como hicieron otros ministros que abandonaron a Johnson en su momento más bajo. Parte del partido había emprendido una campaña de acoso y derribo contra él, pero otra no, seguía siendo leal, y a esta última se la metió en el bolsillo con su gesto. Tiene con ella a destacados aliados del primer ministro saliente, como Nadine Dorries y Jacob Rees-Mogg, que la han ayudado a mover hilos en campaña.

En su actual puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores, Truss se ha mostrado muy dura con la necesidad de que Occidente le plante cara a Rusia por su invasión de Ucrania, respaldando el apoyo de Johnson, que incluso ha viajado dos veces a Kiev. Sin embargo, también ha sido criticada por sus errores, como su apoyo a los británicos que querían volar a Ucrania aunque estuviera en plena guerra, y también por lo que algunos han calificado de “diplomacia de Instagram”. Su última crisis fue hace una semana, cuando puso en duda la relación del presidente francés, Emmanuel Macron, con Reino Unido: se preguntó si era “amigo o enemigo”.

(Photo: Stefan Rousseau - PA Images via Getty Images)
(Photo: Stefan Rousseau - PA Images via Getty Images)

(Photo: Stefan Rousseau - PA Images via Getty Images)

Rishi Sunak (Southampton, 12 de mayo de 1980) fue considerado durante mucho tiempo el más probable candidato para suceder a Johnson, pero se ha visto lastrado por una serie de errores y acontecimientos personales. Se ha presentado como un aspirante fiscalmente conservador, lo que le ha lastrado de inicio, ha atacado a Truss por su plan “de cuento de hadas” sobre reducir inmediatamente los impuestos y dar más ayudas, y al final ha caído en promesas en una línea algo similar, complicadas de cumplir.

Su dimisión del gabinete de Johnson dolió. Se sintió como un golpe bajo. El premier estaba contra las cuerdas por su Partygate, cuando saltó un escándalo de acoso sexual en el que se vio involucrado Chris Pincher, un parlamentario conservador cercano a él. Sunak se fue con cara de indignado. La marcha del ministro del Tesoro fue clave para la cadena de dimisiones que llegaron luego y que, al fin, acabaron con el primer ministro.

Johnson no ha apoyado abiertamente a nadie en la carrera por sustituirle... pero sí que ha pedido el voto para cualquiera menos para Sunak, diputado tory desde 2015 y que entró en el Gobierno de Reino Unido por primera vez en 2020. Su experiencia de gestión es notablemente menor que la de Truss, al igual que sus lazos con el partido son menos intensos, porque ha tenido vida laboral fuera de él, como analista de Goldman Sachs y asesor en la City de Londres.

Es un niño bien, igualmente titulado en Filosofía, Política y Economía por Oxford y con máster en Estados Unidos, casado con la hija del quinto hombre más rico de India, cuya tributación fiscal fuera de Reino Unido le ha costado algún escándalo en campaña. Tampoco ayudó que mantuviera una tarjeta de residencia estadounidense mientras servía en el Gobierno. Pese a ello, le acompaña la buena fama de haber trabajado en el periodo de la pandemia, un tiempo en el que dibujó el esquema de ayudas a empleados y pymes durante el confinamiento, inyectando miles de millones de libras.

Su ascenso ha sido rápido, pero también pecó y eso le hizo mella: al igual que Johnson, Sunak fue multado por la Policía por infringir las restricciones de confinamiento al estar presente en la reunión de cumpleaños del primer ministro en la Sala del Gabinete. Y lo que había sido bueno ya no lo era tanto: su presupuesto de primavera provocó una ola de críticas, con comentarios muy repetidos sobre que no hacía lo suficiente para ayudar a las personas que luchan contra el coste de la vida al alza.

En mayo, Sunak respondió a esas críticas con un paquete de medidas de 21.000 millones de libras destinado a ayudar a los ciudadanos a pagar las facturas energéticas. Esto satisfizo a algunos miembros de su partido, pero enfureció a aquellos que están instintivamente en contra de mayores impuestos y más ayudas. Muchos se lo han recordado en estos días de pelea interna.

Sin soluciones

La palabra autocrítica ha brillado por su ausencia en estas semanas de búsqueda de apoyos. Truss es aún hoy miembro del gabinete de Johnson y Sunak se fue en julio precisamente para distanciarse, pero los dos han estado en la legislatura de las fiestas y los ocultamientos, de la mala gestión del coronavirus. Parte del Ejecutivo que apenas tiene un 18% de aprobación y un 64% de desaprobación, según un sondeo de Yougov.

Sunak ha arriesgado, ha intentado vender la imagen del candidato de las verdades, del Pepito Grillo, avisando a los miembros de su partido de que el Gobierno no puede darse el lujo de reducir los impuestos antes de controlar la inflación de dos dígitos del país, por muy poco conservador que eso sea y por mucho que lo pregone su adversaria. Y como lanzaba mensajes duros de oír para un tory, y como se fue del equipo del primer ministro con la nariz arrugada, como si hubiera descubierto de pronto que en el 10 de Downing Street se jugaba, se ha ganado la estampa de poco leal, de arribista. Las bases no se lo perdonan, porque siguen estando con Boris, ese líder que se encaramó a la mayoría absoluta a lomos del Brexit.

Johnson, mientras todo se aclara, contempla la pelea desde la distancia. Se ha ido a Grecia de vacaciones, ha pasado unos días de descanso en su casa de campo de Chequers y luego ha vuelto a la residencia oficial del primer ministro a “mover papeles”, en palabras de un asesor al Mirror. Ha dejado claro que no iba a empezar a tomar medidas urgentes sobre la inflación o el ahorro energético porque era una política tan importante que mejor que el nuevo premier aplique sus ideas desde el principio, sin ataduras. Eso le ha granjeado críticas de inacción -“país sin timón, “decisiones tímidas inservibles”, le acusa el líder laborista, Keir Starmer-, a él y a sus compañeros aspirantes al testigo, porque no han sabido detallar qué es lo que hay que hacer para impedir que el invierno sea una catástrofe para el país.

Actualmente, la previsión es de que la luz y el gas suban hasta un 80% en Reino Unido, con un riesgo de recesión prolongada llamando a la puerta. La inflación llegará al 18%, la peor en cuatro décadas, y las revalorizaciones de los salarios, entre un 3 y un 5% como máximo, no alcanzan para nada. Por eso se están empezando a producir protestas y huelgas que hacen presagiar un otoño caliente, para las que los candidatos tampoco han tenido ni palabras de comprensión ni, menos, soluciones.

Esa clave interna, de propuestas fallidas y de fidelidades, ha marcado toda la campaña, propiciando unos choques tremendamente amargos entre dos personas que comparten filiación y deberían tener un tronco de afinidades comunes. Ahí están los debates para ver sus diferencias. Hay rencor y Sunak, a priori, no estaría dispuesto ni a ser ministro con Truss si vence.

Los primeros pasos

En lo formal, el nuevo líder conservador y de Reino Unido viajará a Escocia el martes, 6 de septiembre, para mantener una audiencia con la reina Isabel II en el castillo de Balmoral, donde pasa las vacaciones de verano, y donde también se despedirá de Johnson. Será el primer acto como primer ministro o primera ministra.

La ceremonia de transferencia de poder generalmente se lleva a cabo en el Palacio de Buckingham, en Londres, pero se trasladó a Balmoral para acomodar mejor a la reina, de 96 años, que tiene una salud frágil y problemas de movilidad crecientes. Funcionarios del Palacio han dicho a Reuters que no querían arriesgarse a interrumpir los asuntos del Gobierno si la reina planeaba regresar a Londres para la ocasión y luego tenía que cancelar el acto repentinamente.

El ganador o ganadora heredará una de las listas de problemas más desafiantes que ha enfrentado un primer ministro británico en generaciones. Además de la economía, el país enfrentará presiones para mantener su apoyo a Ucrania y sus sanciones contra Rusia. Truss quiere suministrar armas más pesadas al ejército de Kiev e imponer más sanciones directamente al presidente ruso, Vladimir Putin, puntos sobre los que Sunak ha sido más templado.

Reino Unido también puede estar entrando en un nuevo período de turbulencia en las relaciones con la Unión Europea, que ya ha expedientado a Londres por querer incumplir los protocolos ya pactados. Ambos aspirantes han prometido impulsar una nueva legislación en el Parlamento, a pesar de las advertencias de que podría desencadenar una guerra comercial con los Veintisiete.

Johnson va a decir “hasta la vista, baby”, como en su última intervención parlamentaria, pero deja un país sumido en el caos, necesitado de guía y de ideas. Por ahora, quienes combaten por sucederlo lo que han puesto sobre la mesa son parches, proyectos mal dibujados, que a veces chocan con el programa electoral con el que ganaron las elecciones, y que no resuelven. Está por ver quién vence al fin y si al pisar la moqueta de Downing Street le llegan ideas frescas. El país las necesita.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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