Lía, la refugiada con el mejor expediente académico de 4º ESO de Sevilla

La joven ucraniana Lia Motrechko frente al Instituto Torreblanca (Sevilla), donde cursó 4º ESO / Foto: Fernando Ruso

Lía es una joven aplicada en los estudios. Estos días, celebra unas notas que la convierten en la alumna con el mejor expediente de cuarto de la ESO de Sevilla. Dedica horas y horas a empollar sin que le pesen y sus abuelos se han emocionado al saber lo aplicada que es su nieta en esto de hincar los codos. Su casa es una fiesta. El orgullo del instituto. Quiere estudiar Relaciones Internacionales porque le apasiona el Derecho y la Historia. Vamos, lo normal de cualquier fin de curso; siempre hay alguien que consigue el mejor expediente. Pero la de Lía no es una historia normal.

Para explicar la excepcional hazaña de esta joven de 17 años hay que remontarse al año 2014 y trazar los 4.597 kilómetros —Google Maps mediante— que separan su Voinka natal, en Crimea, de Sevilla. Lía es una refugiada: cuando los soldados rusos llegaron, ella se fue. Eso la distingue del resto de compañeros de pupitre, de entre los que sobresale por ser la mejor estudiante.

Lía jamás llegó a pensar que estudiaría lejos del que siempre fue su hogar. Tampoco imaginó que aquellos pequeños cambios que veía en su día a día tendrían la repercusión que alcanzaron el 17 de abril de 2017, el día en el que su familia metió lo imprescindible en su Toyota Corolla y emprendieron la huida para escapar de la cárcel.

Empezaron siendo sutilezas. La profesora de ucraniano que no daba la lección para hacer propaganda prorrusa, los himnos y banderas rusas presidiendo su graduación, los comentarios negativos de sus compañeros hacia Ucrania y la Unión Europea y una larga retahíla de pequeñas e inadvertidas situaciones que juntas acabaron por hacer de su Crimea una república bajo el yugo ruso.

Uno de los libros de texto que Lía estudia en 4º ESO y que muestra el conflicto por el que tuvo que huir de su país / Foto: Fernando Ruso

Perseguidos por sentirse ucranianos

“Todos los Derechos Humanos en Crimea están siendo violados”, denuncia la joven con el mejor expediente de cuarto de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) de Sevilla, alumna de un instituto de Torreblanca cercano a la residencia de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). “Los ucranianos y tártaros de Crimea son perseguidos, asesinados y arrestados simplemente porque son patriotas de su tierra natal y quieren vivir libremente”, resume Lía, de apellido Motrechko.

Lía es hija de un empresario agrícola y de una mujer tártara, una minoría étnica originaria de los pueblos túrquicos de Eurasia con presencia en Crimea y países limítrofes, en el Cáucaso y en Siberia. Eduard y Elhara, el padre y la madre de la joven, tienen un hijo más, Ruvim. Los cuatro residen hoy en Sevilla, después de solicitar protección internacional en España entretanto se soluciona la crisis que les obligó a abandonar su país.

En Crimea vivían en una casa de una planta, pero con un gran jardín y dos perros, Lolic y Belka. Después de la revolución ucraniana de 2014, dos países se disputan la soberanía sobre la península Mar Negro y el Mar de Azov: Rusia y Ucrania.

Eduard Motrechko, padre de Lia, mostrando la documentación sobre su caso / Foto: Fernando Ruso

Llegaron militares sin identificar y tomaron las calles”, recuerda Eduard Motrechko, un tipo enorme y fuerte. Habla español, a trompicones, después de solo diez meses en España. Llegó solo y a las Islas Canarias, en busca de una realidad similar a la de su país: “Mucho turismo, rodeado de agua y con un clima parecido”, explica.

A Eduard se le agria el gesto cuando rememora las dificultades a las que tuvo que hacer frente cuando los militares rusos tomaron su día a día y les obligaron a aceptar la nacionalidad rusa. “Si no querías el pasaporte, tenías que irte —certifica—; no tenías ningún derecho y eras deportado”.

O exilio o cárcel

El 21 de febrero de 2014 los tanques eran ya habituales en Crimea. Poco después, el 11 de marzo declararon la independencia de Crimea de Ucrania y se constituyó la República de Crimea. Cinco días después se anexionó mediante referéndum a Rusia. El gobierno de Ucrania denunció entonces y sigue manteniendo que ese acto viola su constitución y solo Bioelorrusia ha reconocido la península como territorio ruso.

Mientras, en Crimea llevan ya cinco celebraciones del 18 de marzo como el día de la adhesión. Allí siguen los abuelos de Lía, con los que habla por WhatsApp casi a diario y son testigos de la situación del país que abandonaron. “A los mayores no les hacen nada, no les importan; pero los jóvenes y los activistas son encarcelados”, cuenta Eduard.

Por eso se fueron. “Teníamos que elegir entre deportación o cárcel, y decidimos marcharnos”, relata. Desde Voinka se marcharon a Jersón al sur de Ucrania y al norte de Crimea. Allí Eduard trabajó en el campo y preparó sus escritos al Tribunal de Estrasburgo.

Un dibujo de Crimea llevado a cabo por Lia al abandonar su país en 2014 / Foto: Fernando Ruso

No era la primera vez que la familia de Lía era expulsada de Crimea. Como tártaros, se vieron obligados a marcharse en 1944 habida cuenta de la política opresiva de Stalin. Acusados de colaborar con los nazis, fueron deportados en masa a países como Uzbekistán o Tayikistán. La población tártara se redujo a la mitad. Ese exilio se conoce como el Sürgün, aunque todavía no ha sido reconocido como un genocidio, a pesar de la reclamación que siguen impulsando los activistas.

Elhara, la madre de Lía, regresó con doce años a Crimea en 1991. La caída del telón de acero de la Unión Soviética significó la vuelta de 250.000 tártaros a Crimea. Aunque ahora muchos ahora han tenido que volverse a ir.

Nueva vida en Sevilla

La familia Motrechko vive como refugiados en un piso modesto de la barriada Tres Barrios en Sevilla. Su piso, de tres habitaciones, no se parece en nada a la casa de una sola planta y enorme jardín de Crimea. Apenas llevan una semana en el piso, pero ya disfrutan de una vida autónoma en otro país. Antes estuvieron viviendo en las instalaciones de CEAR, donde se han ido haciendo con el idioma y realizando los trámites oportunos dada su situación de solicitantes de asilo.

“La acogida ha sido buena”, explica Lía. “No estaba preocupada porque siempre soñé con estudiar en otro país, con otro idioma y otra cultura —sigue la estudiante de cuarto de la ESO—; y esta ha sido una buena oportunidad”.

Lia Motrechko junto a su padre y dos trabajadoras del centro que en la barriada de Torreblanca tiene la "Comisión de Ayuda al Refugiado" / Foto: Fernando Ruso

Lía quiere quedarse en Sevilla. Ha encajado bien en el colegio y sus compañeros le han puesto fácil las cosas. “Me preguntan mucho por mi país, ellos conocen mi situación y todo este tiempo me han apoyado mucho, me han comprendido y dado aliento”, relata la estudiante.

Su padre también está contento con su situación en España, “hay universidad”, señala. “Es un país democrático y eso es muy importante —apunta solemne—; hay libertad y derechos humanos”. Dice que ahora toca aprender bien el idioma y que trabajará, cuando pueda, de lo que sea. También hace suyas con mucho orgullo las palabras de su hija: “No tenemos momentos difíciles, porque somos muy optimistas”.

La joven recogía este lunes su reconocimiento de manos del alcalde de Sevilla, Juan Espadas, en un acto celebrado en el Alcázar. Junto a ella estaban sus padres y su hermano. A 4.597 kilómetros estaban también sus abuelos y el resto de la familia, también orgullosos de lo conseguido por Lía, un ejemplo para sus compañeros de pupitre que han recibido una lección que jamás olvidarán.