Leo Messi y el Barcelona deberían pensar en dejar de hacerse daño

Guillermo Ortiz
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Leo Messi during the match between FC Barcelona and Levante UD, corresponding to the week 13 of the Liga Santander, played at the Camp Nou Stadium, on 13th dECember 2020, in Barcelona, Spain.   -- (Photo by Urbanandsport/NurPhoto via Getty Images)
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Esta es una historia de orgullo. Sin más. Una larga relación que se termina y una de las dos partes se niega a verlo y hace todo lo posible por retener a la otra persona mitad por los recuerdos vividos y mitad por no quedar mal delante de los amigotes. A nadie le gusta que le dejen. A nadie le gusta que le dejen delante de miles de millones de personas. Hace poco, Carles Tusquets insistía en el agravio: “Debimos haber vendido al jugador en verano” y ayer mismo Leo Messi insistía en el desafecto: “Volvería a mandar ese burofax”. El jugador sigue pensando en irse y la directiva saliente empieza a reconocer que debió haber permitido esa marcha. Resultado de todo: ahí siguen los dos, enzarzados en un rencor poco soterrado mientras la competición sigue sin pena ni gloria.

Este domingo tuvimos capítulo doble en este culebrón de amor imposible. Por la mañana, nos enteramos de que Messi no pensaba volver a Barcelona para jugar con el Eibar. Se quedaba unos días más en Rosario. No lo dijo Leo sino que lo dijo el Barça y a la vez que decía lo obvio (Messi necesita descanso, tiene 33 años, probablemente arrastre alguna molestia, quiere pasar fin de año con su familia) excusaba a la estrella con una de esas ayudas que parecen más una mano al cuello: el retraso se debía a la necesidad de seguir con el tratamiento del tobillo derecho. Poco tardaron las redes sociales en partirse de risa y repartir culpas: era obvio que ese tobillo podía tratarse en Barcelona y que Messi se quedaba por una cuestión de ocio. Era obvio, al mismo tiempo, que el club podría haberlo anunciado a su partida y no justo antes de un encuentro contra el Eibar que el Barça no puede permitirse no ganar bajo ningún concepto.

Si el Barça hubiera ido con la verdad por delante -”el chico necesita tiempo”- todos habrían quedado mejor. La milonga del tobillo -no ya las molestias que seguro que existen sino la necesidad de tratarse en Rosario- recuerda a los cumpleaños familiares de Neymar, a los carnavales de Ronaldo, a las recuperaciones de Romario y todo ese largo etcétera de indisciplinas pasadas. Si el permiso estaba concedido de entrada, ¿por qué no se anunció entonces? Si Messi ha decidido quedarse en Argentina sobre la marcha y por lo tanto ha incumplido un acuerdo, ¿por qué no decirlo a las claras? Hay en todo este juego de medias verdades, de “te hago daño pero no lo reconozco” algo podrido, algo de relación que dura más de la cuenta.

La segunda sesión nos dejó una insulsa entrevista de Messi con Jordi Évole en La Sexta. En muchos medios se ha hablado de “baño y masaje” pero es lo que hay. Messi no te va a conceder una entrevista para otra cosa: los periodistas no son más que un vehículo para propagar la verdad del ídolo. Así, Messi y así tantos otros. Lo más significativo fue el reconocimiento de su incapacidad de pedir ayuda, incluso profesional, para pasar por este mal trago. En lo tocante al Barcelona, la única concesión a la esperanza es repetir que se lo está pensando y que cuando acabe su carrera quiere seguir vinculado al club. Sonó a que no quería irse de malas con la afición, aunque no pueda soportar a los que manejan el club. Bartomeu seguía siendo un mentiroso y Tusquets, como mínimo, un inoportuno.

“Ojalá el presidente que venga lo haga bien”, dijo en un momento dado y sonó más a “ojalá seas feliz con otro” que a “a lo mejor me convence de quedarme”. Neymar y Pep Guardiola están a la expectativa con un buen montón de dinero bajo el brazo y la promesa de ser feliz. Cuando uno lleva muchos años, toda una vida, con un mismo amor, es normal que en un momento dado sienta que necesita respirar y probar otras cosas. Sobre todo cuando la relación se basa casi exclusivamente en hacerse daño. Deportivamente, el Barcelona sigue siendo Messi, pero incluso así no le llega. No es un equipo competitivo, es demasiado frágil y no parece demasiado bien colocado en el campo. Se dice a menudo que la versión de Leo es menor pero yo no estoy de acuerdo: sigue siendo un Leo superlativo y comprometido, pero todo el mundo está demasiado perdido.

En la élite, las excusas son muy golosas. El Barcelona está lleno de grandes figuras multimillonarias. Excelentes jugadores de fútbol. Que el único que no se borre ni en ataque ni en defensa sea un chiquito canario de 18 años llamado Pedri dice mucho de la situación. El resto parece tener una justificación ideal para no dar un paso adelante: el club no tiene cabeza y lo que queda de la cabeza anterior sigue enfrentada al capitán. El entrenador a veces parece señalar y a veces se da cuenta de que su futuro pende de un hilo y vuelve a lo de siempre. El relato ha dado tantos giros que ya no se sabe muy bien cómo puede continuar. Lo ideal sería que Messi se fuera ya, desde luego, pero eso no va a pasar. Sería ideal para Leo porque tendría su libertad. Sería ideal para el Barcelona porque tendría un dinero que necesita. Sería ideal para los aficionados y los jugadores porque sabrían a qué atenerse de una vez. Eso también tranquiliza mucho. Y, luego, en unos años, cuando todo esto se olvide, hablar de nuevo, intentar conocerse otra vez, perdonar y reconciliarse. Demostrar que uno puede marcharse del Barcelona y volver sin ser un apestado. Dejar espacio al amor perdido, en resumen, por mucho que duela.

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