Las Tres Mil, un día en el barrio más pobre de España

Galerí­a Comercial de Las Tres Mil Viviendas / Foto: Fernando Ruso
Galerí­a Comercial de Las Tres Mil Viviendas / Foto: Fernando Ruso

Manuel es un tipo pasmoso. Cada mañana, ya bien sean las ocho o las nueve, incluso algunos días las diez, observa entretenido desde la ventana de su piso bajo el movimiento siempre predecible de la fauna que frecuenta el barrio en el que vive. Es Manuel un gitano viejo, muy pinturero y trajeado, alto y menudo como un junco, de ojos azules, barba cana y piel renegrida y horadada por el sol. Y creyente. Muy creyente. Por eso, antes de que sus brillantes zapatos negros pisen la calle, Manuel se encomienda a Dios.

En la viña del Señor hay buenos y malos —cita solemne—; cuando sale el sol, calienta a buenos y malos; cuando llueve, la siembra da de comer a buenos y malos; pero igual que existe un Dios, también existe el demonio, y aquí está haciendo estragos”.

Manuel mira a su alrededor con la serenidad del que lo ha visto todo. Sus ojos ven bloques de pisos desaliñados de sábanas multicolor tendidas en cuerdas asidas a las ventanas, calles perpetuamente tomadas por la cochambre, fachadas pintarrajeadas, buscavidas que madrugan para ganarse el pan con el sudor de su frente y otros que han tomado la vía fácil y peligrosa de la droga y deambulan a paso frenético por las calles vacías a su antojo. Así es el Polígono Sur, su barrio, el barrio más pobre de España.

Según el Instituto Nacional de Estadística, los vecinos del Polígono Sur tienen las rentas netas medias más bajas de España: 4.897 euros por habitante y año. Es la cruz de una moneda que tiene su cara en Madrid; El Viso, con 42.819 euros es el más rico del país. Una suerte de antípodas que se le hacen inimaginables a Manuel, un hombre de referencia, “un gitano de respeto”, en las Tres Mil Viviendas por la experiencia que suma mediando entre los vecinos del barrio.

La vía del tren, por uno de sus lí­mites, aísla a Las Tres Mil Viviendas del resto de Sevilla / Foto: Fernando Ruso
La vía del tren, por uno de sus lí­mites, aísla a Las Tres Mil Viviendas del resto de Sevilla / Foto: Fernando Ruso

“Una palabra mal dada, una riña entre niños… los problemas comunes”, resuelve con voz grave. Los años en las Tres Mil Viviendas castigan y pesan como varios fuera de ella y aunque Manuel tiene 56 años aparenta muchos más.

Lleva toda casi su vida viviendo en el Polígono Sur de Sevilla. Llegó al barrio a mediados de los años setenta. No sabe precisar cuándo, pero sí dónde: a las famosas Las Vegas, aunque por aquel entonces lo que es actualmente el epicentro de la calamidad era una hermosa urbanización de bloques de pisos y zonas ajardinadas. Años después, cuando ya la vida se hizo insostenible allí, agarró sus bártulos y se mudó a la barriada Murillo, también en el Polígono Sur y también conflictiva, aunque no tanto.

El Polígono Sur se divide en seis barrios: Paz y Amistad, La Oliva, Antonio Machado, Martínez Montañés (conocidas como Las Vegas), Las Letanías y Murillo y las Tres Mil Viviendas. Estas últimas se subdividen en cuatro, conocidas por sus habitantes por cuatro colores: los ‘coloraos’, los marrones, los verdes y los amarillos, en referencia a la paleta del pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo.

Manuel crió a sus seis hijos en un piso bajo de ‘los Amarillos’. Frente a su puerta se sienta cada mañana, saca una mesa y una silla, y, a la sombra, escruta la vida. “Más de una vez ha pasado la policía y, al verme con mi mesa en la calle, me ha venido con malas formas a decirme que si estaba vendiendo drogas”, narra con una mezcla de pena y desaire Manuel, que lee la Biblia y entabla discusiones teológicas con el primer gitanillo que se le acerca a pegar la hebra.

'Tío Manuel' junto a dos amigos en la puerta de su casa / Foto: Fernando Ruso
'Tío Manuel' junto a dos amigos en la puerta de su casa / Foto: Fernando Ruso

Vencedores: el motor del cambio en las Tres Mil

Desde su silla a la sombra, Manuel ve el trabajo callado de Pedro en la cera de enfrente. De un tiempo a esta parte, un grupo de gitanos trajinan arreglar el barrio desde un local situado en lo que en tiempos fue una plaza de abastos. Hace pocos meses que pusieron un cartel que se ve desde lejos: Asociación Cultural y Gitana Vencedores, aunque ya lleven siete años cambiando la vida de muchos de sus vecinos.

Narra Pedro con mucha guasa la anécdota de cuando quiso enseñar a un gitanillo a leer, escribir y hacer cuentas. Después de semanas, el aprendiz consiguió instruirse en eso de los números. Y desapareció. Meses más tarde volvieron a encontrarse y Pedro le afeó que hubiese abandonado a su maestro justo cuando empezaban a ver los resultados. “Pero, Pedro, si yo lo que quería era aprender los números para poder llamar por teléfono a una chavalita que estaba conociendo”, espetó el joven.

Y Pedro entendió esa gran lección: “Muchas veces tratan de darnos sin saber qué es lo que necesitamos; y eso pasa en las Tres Mil; desde fuera nos imponen un cambio, pero nadie nos pregunta qué es realmente lo que necesitamos”. Por eso Pedro promueve la revolución desde dentro.

El catalizador del cambio en las Tres Mil es un gitano rubio, blanco y bajito. Tiene la voz ronca de las horas y horas que se pasa hablando por teléfono. Su paso siempre va acompañado de una cohorte de gitanillos que ejecutan sus órdenes con presteza. Juntos han conseguido para su barrio equipamientos inimaginables: desde un gimnasio a un centro donde organizan talleres de peluquería o alfarería o varias aulas de alfabetización. También tienen un equipo de fútbol: los Vencedores, aunque no hayan ganado un partido en meses.

“A nosotros vienen los niños que ningún otro equipo quiere y sabemos que ninguno llegará a ser futbolista, pero ese no es nuestro objetivo; nuestra principal preocupación es sacarlos de la calle e inculcarles valores de respeto y esfuerzo”, apunta Pedro Manuel Molina, el presidente de los Vencedores.

Pedro Molina, presidente de Vencedores, preparando un discurso con el resto de asociados /  Foto: Fernando Ruso
Pedro Molina, presidente de Vencedores, preparando un discurso con el resto de asociados / Foto: Fernando Ruso

Más de medio centenar de familias se benefician de la presencia de esta asociación en el barrio. Al reparto de alimentos se le suma el catering con reparto de comidas a domicilio para ancianos, las escuelas de verano para menores que son derivados de medidas judiciales con delitos menores, los talleres de alfabetización y un sinfín de ayudas que se gestionan en un altísimo porcentaje gracias al compromiso de los propios vecinos.

“Siempre decimos que conocemos la calle porque venimos de ella, y a lo largo de estos años hemos aprovechado la astucia que da la calle para conseguir un cambio social en ella”, explica Molina, que prepara delante de los suyos una charla que dará horas después en la Fundación La Caixa para pedir fondos para una nueva cocina para la asociación.

Educación, la llave para salir de la marginalidad

Uno de sus lugartenientes es Juan, padre de dos jóvenes de 23 y 17 años: Juan Antonio y Aarón. El primero acabó Bachillerato el curso pasado y lleva un año tratando de buscar trabajo y el segundo se quedó por el camino de la ESO y pretende ser peluquero.

El absentismo escolar en el Polígono Sur es del 26,73% en la educación Infantil (no obligatoria), 12,77% en Primaria y 29,44% en Secundaria, según datos de la Comisión Municipal de Absentismo Escolar de Sevilla.

Puerta de hierro con barrotes de acceso a una de las aulas del centro Domí­nguez Ortíz, en la barriada de Las Tres Mil Viviendas, en Sevilla / Foto: Fernando Ruso
Puerta de hierro con barrotes de acceso a una de las aulas del centro Domí­nguez Ortíz, en la barriada de Las Tres Mil Viviendas, en Sevilla / Foto: Fernando Ruso

Insiste Juan que la educación es el único camino para romper la rueda en las Tres Mil. “Si nadie les empuja a estudiar se les crea un círculo a su alrededor del que es difícil escapar: los chavales buscan una zona de confort en la que no se sientan cuestionados o señalados por ser del barrio y frecuentan los mismos ambientes en los institutos o en las calles y hay que empujarlos a salir de ahí”, explica el gitano, evangelista practicante como muchos otros en el Polígono Sur, donde hay seis iglesias de esta confesión.

Juan se casó a los 24 años. “Viejo para los gitanos”, apunta. Su mujer tenía quince cuando se dieron el ‘sí quiero’. Ambos se conocieron yendo y viniendo del culto, cita obligada para los evangelistas. Ahora Juan está parado y en su casa solo entra el dinero del subsidio para desempleados mayores de 45 años.

La gente está pasándolo mal, la juventud no tiene salida, hay hambre; y no hay proyectos de futuro, pero lo peor no es eso”, advierte Juan Vicente Gabarri, de 50 años. “Así como te tratan te crees que eres; si te apartan, te llegas a creer que eres un excluido; y si crees que no eres nada, pierdes toda la motivación”. “Y las Tres Mil es un gueto, porque a los políticos les interesa que sea un gueto”, zanja.

Interior de un bloque de la barriada Martí­nez Montañez, conocida como 'Las Vegas' en 'Las Tres Mil Viviendas' del Polígono Sur de Sevilla / Foto: Fernando Ruso
Interior de un bloque de la barriada Martí­nez Montañez, conocida como 'Las Vegas' en 'Las Tres Mil Viviendas' del Polígono Sur de Sevilla / Foto: Fernando Ruso

Un gueto con pisos a 13.000 euros

El Polígono Sur está apartado del resto de la ciudad, aunque no geográficamente. Existen varios límites que aísla a los vecinos del barrio en esta suerte de gueto: la vía del tren, la carretera, un extenso parque y una avenida que concentra el tráfico de uno de los principales accesos a Sevilla. Dentro de esos límites todo es distinto.

Antonia cambió de piso hace ahora un año. Un litigio con unos vecinos le hicieron tomar una drástica solución: mudarse. Vendió su vivienda de ‘los Verdes’ por 15.000 euros y días después se compró otra de similares características en ‘los Amarillos’ por 13.000. Con el cambalache ganó 2.000 euros, que se fueron a arreglar la cocina y demás preparativos. No hubo más contrato que la palabra. “Y si no se cumple, pelea”, advierte.

Ahora vive en un piso bajo de tres dormitorios, salón, cuarto de baño y cocina. Mucha casa para ella, su marido y una niña de 13 años que cría pese a no tener parentesco con ella. “Su madre, una marroquí con problemas de drogas, me la dejó y yo la tengo como a una hija más; para ella no hay más madre que yo, ni más hermanas que mis hijas”.

Suyas son seis, aunque ya se independizaron. Todas, con sus nueve nietos y cinco biznietos, vienen recurrentemente a ver a la abuela Antonia, que solo tiene 57 años. El tiempo en las Tres Mil también es distinto.

Lo único que le pesa del cambio a Antonia es la cercanía con una zona en la que se concentra el trapicheo de drogas y donde son habituales las voces mal dadas y las aparatosas riñas. Una zona que, aunque pequeña, quiebra la convivencia del resto de vecinos que nada tienen que ver con esa actividad a todas luces delictiva.

Juan Vicente Gabarri tomando un café en uno de los bares de Las Tres Mil Viviendas / Foto: Fernando Ruso
Juan Vicente Gabarri tomando un café en uno de los bares de Las Tres Mil Viviendas / Foto: Fernando Ruso

“Este barrio es de ‘Champions’, de gente muy muy buena”, asegura Alberto, dueño de uno de los supermercados de ‘los Amarillos’. Tiene 43 años y lleva desde los cinco detrás del mostrador. En su local, el alcohol está bajo llave y desde la entrada se ven tres carteles a cual más tajante: ‘Local protegido 24 horas por cámaras de seguridad’, ‘Prohibido bolsos, bolsas y carros’ y ‘Se denunciará cualquier tipo de robo’. Junto a ellos hay dos pantallas con hasta 13 cámaras a las que Alberto no les quita el ojo.

“Si quieres hacer un estudio sociológico, solo tienes que mirar diez minutos”, confirma el empresario, que garantiza precios más bajos que la competencia a sus clientes. “Sobre todo en el pan, aquí en las Tres Mil hay una guerra por ver quien pone el pan más barato —sostiene el tendero—; ten en cuenta que las familias son grandes y consumen mucho pan, que cuesta poco y harta mucho”.

Aunque no solo de pan vive el hombre. “Las tostadas que más se venden son con jamón”, advierte Aurora, la camarera del bar Pesca. Su establecimiento abre a las seis de la mañana y cierra a las tres de la tarde. Por él pasa todo el barrio a desayunar. Los hay más madrugadores, los que trabajan fuera de las Tres Mil; y quienes se quedan atrapados por las sábanas, que van apareciendo allá sobre las diez de la mañana.

Al san Pancracio se le pone romero y no perejil, la tragaperras está desenchufada y una retahíla de estampas de vírgenes y cristos dan buen augurio al local. “Antes de llegar al bar empiezo a persignarme porque nunca sé lo que me voy a encontrar”, cuenta Aurora, que vive en Utrera.

La tostada con jamón vale un euro con cincuenta y el café un euro. Precios que son difíciles de batir en otros barrios de Sevilla. Y ahí presumen los del barrio. Eso sí, un cartel lo deja claro: “No se fía”. Algo típico en las Tres Mil.

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