Lo inexplicable del paraíso alemán frente el coronavirus; millones desearían estar en su lugar

Redacción Noticias
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People attend a protest rally in Berlin, Germany, Saturday, Aug. 29, 2020 against new coronavirus restrictions in Germany. Police in Berlin have requested thousands of reinforcements from other parts of Germany to cope with planned protests at the weekend by people opposed to coronavirus restrictions. (AP Photo/Michael Sohn)
Protesta en Berlín, Alemania, a finales de agosto contra las restricciones por la pandemia del coronavirus. (AP Photo/Michael Sohn)

Por Yetlaneci Alcaraz

Berlín, Alemania.- Para alguien como yo que proviene de un país como México, en donde quedarse en casa no es opción porque no existe un sistema social que arrope y proteja a la población en emergencias como esta pandemia, le resulta difícil entender la inconformidad de una parte de la sociedad alemana que ante el alarmante incremento de contagios se resiste a acatar un confinamiento.

Me explico: en mi país, y en gran parte de América Latina, no salir a trabajar representa literalmente no tener el dinero ni para comer ni pagar una renta o una atención médica. Así de sencillo.

Acá en Alemania, donde vivo desde hace poco más de nueve años, es distinto. Claro que todos los pequeños y medianos empresarios ven con mucha preocupación cómo su “existencia” está en riesgo. El primer confinamiento en marzo llevó a la crisis a muchísimos negocios y puso a prueba la poderosa economía alemana. Este segundo confinamiento parcial al que entramos desde el pasado 2 de noviembre y que en un principio durará todo el mes podría representar para muchos -efectivamente- el fin . Pero aún en esos casos extremos “el fin” no significa lo mismo que puede serlo en mi país.

Vaya, lo que quiero decir es que en este lado del mundo existe cuando menos una especie de red protectora que -como en el circo con los acróbatas- amortigua la caída libre de uno. Ahí esta el gobierno federal encabezado por Angela Merkel listo con 10 mil millones de euros para apoyar justamente a quienes están siendo mayormente afectados en este segundo lockdown y procurar auxiliarlos con hasta el 75 por ciento de sus ganancias registradas en noviembre del año pasado.

A box with food slides down to car from a window of the apple cider restaurant 'Zum Lahmen Esel' in Frankfurt, Germany, Thursday, Nov.5, 2020. Due to the new partial lockdown to avoid the coronavirus spread the restaurant which has been in operation since 1807 offers cider and food to go in a self-made drive through set up. (AP Photo/Michael Probst)
Autoservicio adaptado en un restaurante de Frankfurt, Alemania. (AP Photo/Michael Probst)

Y ahí estuvieron también en marzo con un paquete de apoyos financieros nunca antes visto en la historia de este país para contrarrestar las obvias e inmensas pérdidas económicas generadas por el primer confinamiento. Puedo dar fe de casos de amigos artistas independientes y pequeños empresarios que, en cuestión de días y sin mayor dificultad de por medio, en aquellos turbulentos momentos del primer confinamiento recibieron directamente a sus cuentas bancarias apoyos de 5 mil euros sin el condicionamiento de tener que devolverlos.

Así que sí. Me cuesta trabajo entender a los miles de manifestantes que, por ejemplo, este fin de semana pasado protestaron en la ciudad de Leipzig contra lo que han dado por llamar la “dictadura del coronavirus”. Es la misma gente que desde principios del verano salió hombro a hombro a las calles en concentraciones masivas sin guardar distancia ni utilizar cubrebocas para rechazar las medidas impuestas por el gobierno en su lucha contra la pandemia porque, aseguran, restringen sus libertades básicas. Se trata de una extraña mezcla -la más rara vista por mí desde que vivo en este país- de gente cuyo espectro ideológico va desde lo más radical de la izquierda hasta lo más radical de la derecha pasando por negacionistas del virus, conspiracionistas convencidos de que detrás de todo esta Bill Gates, hippies que se niegan a vacunar a sus hijos y gente “normal” que siente en peligro su libertad.

LEIPZIG, GERMANY - NOVEMBER 07: Supporters of the Querdenken movement, which opposes coronavirus lockdown measures and has demanded the overthrow of the German government, gather to protest for what they claim are their basic rights during the second wave of the coronavirus pandemic on November 7, 2020 in Leipzig, Germany. Germany is currently in a four-week semi-lockdown in an effort by authorities to rein in coronavirus infection rates that have spiralled to record highs recently. The Querdenken movement, which originated in Stuttgart earlier this year, has become the main umbrella group for people angry over what they see as unnecessary restrictions on their basic rights during the pandemic. The movement includes a wide range of protesters and ideologies, including anti-vaccinators, coronavirus skeptics and a full melange of conspiracy theory advocates. (Photo by Omer Messinger/Getty Images)
LEIPZIG, ALEMANIA: Opositores contra el confinamiento por la segunda ola de la pandemia de coronavirus. Noviembre 7, 2020 (Foto: Omer Messinger/Getty Images)

En el caso de los alemanes, esta actitud tiene que ver, sin duda, con un tema cultural, una realidad abismal entre ambos mundos y -no olvidar- con la historia de este país, en el que la libertad es un derecho intocable luego de haber vivido dictaduras tan crueles como el nazismo y el comunismo de la RDA.

Es cierto que en este año 2020 a todos nos cambió la vida y que derechos fundamentales de toda democracia como la libertad (de circulación y reunión) se han visto limitados. Ahora mismo en Alemania el nuevo confinamiento parcial nos impide viajar aún dentro del mismo país; los contactos sociales están restringidos al propio núcleo familiar y, como máximo, a los miembros de otra familia siempre y cuando no se rebasen las 10 personas y la vida cotidiana se vuelve pesada con la obligación de portar cubrebocas en todos los sitios públicos, en el transporte, en las escuelas y hacer filas para entrar a cualquier establecimiento. Incluso hay que batallar de nuevo con el absurdo y ridículo encarecimiento de papel de baño y productos básicos como harina y pasta… las famosas compras hámster.

Pero también son una realidad las cifras frías de cada día: hasta ahora en Alemania se han infectado más de 700 mil personas y cerca de 12 mil han muerto. Y el ritmo de contagio no cede. Muy lejos quedaron los 6 mil 294 casos registrados el 28 de marzo y que representaron el pico de infección alemán durante la primera ola. El 6 de noviembre alcanzamos el récord de 23 mil 399 positivos confirmados en sólo 24 horas. Así que la emergencia continúa con todo y los esperanzadores anuncios de una vacuna, por cierto de manufactura alemana, que podría estar pronto lista.

Así que sí. Me cuesta trabajo entender a quienes rechazan anteponer temporalmente su “libertad” en bien del beneficio común porque la realidad nos avasalla, sobre todo a quienes hemos tenido familiares y amigos que han muerto a consecuencia del virus o que ahora mismo batallan por superarlo.

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