Las denuncias por sexting se disparan en España

Ella se prepara. Lleva sólo un tanga. Abre las piernas en posición sugerente. Quizá se toca.

Click.

Hace una fotografía.

Se la manda a su ligue. Su novio. Su pareja. Su amante. Su marido. Da igual.

Se calientan.

Ella se desnuda. Y se graba un vídeo.

También para él.

Quizá tiene cuarenta años. Puede que quince. O sesenta. Pero un día, rota la relación, el hombre utilizará el vídeo para reírse con sus amigos. O ponerlos cachondos. O vengarse de la mujer.

Y cada vez ocurre más.

Las denuncias por sexting -enviar imágenes íntimas de carácter erótico o pornográfico sin el consentimiento de quien aparece- han crecido un 46 por ciento en España. En 2018 los tribunales españoles dictaron 57 condenas por revelación de secretos a través de las tecnologías de la información, con más de 400 procedimientos judiciales incoados.

Pero los casos son muchísimos más. Porque no se denuncian.

Las víctimas son, casi siempre, mujeres. Para ellas denunciar es terriblemente difícil. Se mezclan, cuentan, sentimientos de vergüenza y culpabilidad. Algunas entran en depresión. En casos extremos, como el de Verónica, se quitan la vida.

Son mujeres. Porque las mujeres son putitas y ellos machotes. Porque el erotismo y el sexo en las mujeres se dejan para la intimidad, no para ir exhibiéndose por ahí como unas zorras. Mira qué zorra, qué calladito se lo tenía.

Las víctimas del sexting cuentan que la difusión de sus vídeos íntimos es, para ellas, casi como una violación. Con el agravante de que es en público. Y que la humillación es colectiva. Vergüenza. Vergüenza. Vergüenza.

Una pecadora desnuda caminando por las calles, insultada por la multitud.

¿Exagero?

Preguntadle a las víctimas.