El desapego por la política hace que nadie se crea ya nada

Asier Martiarena
·3 min de lectura
La ministra de Igualdad, Irene Montero, protagonizó ayer el minuto de silencio en homenaje a las mujeres asesinadas por violencia machista. (Photo by Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images)
La ministra de Igualdad, Irene Montero, protagonizó ayer el minuto de silencio en homenaje a las mujeres asesinadas por violencia machista. (Photo by Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images)

El Día para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres de este 2020 pasa a la historia de estas conmemoraciones en España por las lágrimas derramadas por la ministra de Igualdad durante el acto institucional organizado por el Gobierno. Irene Montero no pudo reprimirlas al referirse al movimiento feminista y al logro que ha supuesto la creación por primera vez de una cartera de Igualdad, al que reivindicó como el "Ministerio de todas las mujeres". "No digo estas palabras con ingenuidad, las digo como una declaración de intenciones: este es el ministerio de todas las mujeres (...) Este acto supone una llamada a la unidad, a los pactos de mujeres, a las alianzas feministas", ha declarado.

Sin embargo, la imagen no va a ser recordada en los anales por el compromiso o el dolor de su protagonista, sino por la polémica que generó en una sociedad que ya no se cree nada de lo que digan o hagan los políticos.

A las habituales críticas de la extrema derecha que cuestiona la simple existencia de este Ministerio y cuyos líderes niegan la violencia de género tachando la ley de ideológica y totalitaria por criminalizar al varón, se han unido muchas más.

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Las de aquellos que critican el nombramiento de Montero justificándolo por el mero hecho de ser la pareja sentimental del vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias.

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Las que le reprochan a la ministra el teatrillo con cámaras mientras en el Congreso el Gobierno de coalición impide que se investiguen los abusos a menores en Baleares.

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O las de quienes se toman la revancha recordándole que, como en ella misma señaló en mayo durante la ola de escraches sufridos en su chalé de Galapagar, "cuando uno acepta ser ministro, viene llorado de casa".

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El caso es que lo mismo sucedió con las lágrimas de Isabel Díaz Ayuso durante el funeral celebrado en la catedral de la Almudena por las víctimas de la Covid. Una muestra más del desapego por la política que solo tiene unos culpables: los propios políticos.

La sociedad ya está harta de las promesas electorales que no se cumplen. De la demagogia constante en los debates parlamentarios en donde escasean las ideas y los argumentos. De la impunidad con la que se zanjan los casos de corrupción. De la falta de autocrítica. De los privilegios de la clase política. Del manoseo del poder judicial... Todo ello ha engordado la crisis de credibilidad que ha alejado a los partidos de sus votantes elevando la volatilidad del voto a niveles nunca conocidos en España.

Por eso el debate que se abrió sobre las lágrimas de Irene Montero era de esperar en el sentido de lo dañada que está la democracia. Solo así se entiende que la práctica totalidad de las muestras de apoyo públicas recibidas fuesen de compañeros y compañeras de partido o bancada, porque los intereses partidarios impiden ver un objetivo común para la sociedad debilitando a marcha forzada.

EN VÍDEO | Así fue el estreno de Irene Montero como portavoz parlamentaria de Podemos

Esta historia se publicó originalmente el 26 de noviembre de 2020.

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