La vicepresidencia de Iglesias ya no disimula la descomposición de Podemos

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El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ha reconocido que las de Galicia y Euskadi han sido dos campañas muy difíciles
El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ha reconocido que las de Galicia y Euskadi han sido dos campañas muy difíciles. (Photo by Cristina Andina/Getty Images)

Podemos es historia en Galicia tras haber perdido de un plumazo los 14 escaños que atesoraba en el Parlamento de Santiago de Compostela. Y en Euskadi, como si fuese objeto de un tratamiento adelgazante de la teletienda, se ha quedado en la mitad de lo que era cediendo 5 de los 11 escaños que atesoraba. Día negro para el partido morado.

"Perdemos buena parte de nuestra representación en el Parlamento vasco y quedamos fuera del Parlamento de Galicia. Nos toca hacer una profunda autocrítica y aprender de los errores que sin duda hemos cometido", resumía anoche Pablo Iglesias desde su cuenta de Twitter. Pero al vicepresidente del Gobierno le sobraba la primera persona del plural. Porque el batacazo es suyo. Los dos candidatos del fracaso son inequívocamente pablistas, fruto del eterno proceso de división de la izquierda que previamente ya se vivió en Madrid.

Aquí va un resumen rápido: La En Marea de 2016 se enemistó entre sí y Luis Villares se llevó la marca electoral. Y lo hizo rompiendo lazos con Podemos, Anova, Equo y Esquerda Unida. Para este 12J se presentó como Marea Galeguista uniéndose a Partido Galeguista y Compromiso por Galicia. Y a todo esto, Izquierda Unida tampoco ha dado la talla.

Como bien apunta el historiador Giaime Pala, "La vieja política creó antes la base, desde la cual debía surgir la clase dirigente; la nueva, creó antes la clase dirigente, a partir de la cual pensó que surgiría la base". Y razón no le falta. Porque solo sumando la lista de candidatos de las diversas listas emanadas del movimiento del 15M hasta la fecha, ya tenemos buena parte de sus votantes. Una construcción sin base que se ha derrumbado al primer soplido.

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En Euskadi, tres cuartos de lo mismo, aunque el empuje de la izquierda con el que domina el tablero del País Vasco le ha permitido salvaguardar seis escaños. Un batacazo muy similar al cosechado en las últimas elecciones generales. Podemos obtuvo 71 diputados en 2016, 42 en las primeras elecciones de 2019 y 35 en las de diciembre. Hasta ahora el partido morado había logrado disimular esta tendencia a 0 gracias a una Vicepresidencia del Gobierno de coalición que cerró con el PSOE a principios de enero. Pero ahora no hay cortina de humo que disimule la descomposición de Podemos, el partido político más personalista que se recuerda en la última década que no ha sabido aprovechar su posición en Moncloa.

Podemos ha participado de la firma del aumento del salario mínimo profesional y de la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, pero Iglesias ha optado por copar los titulares de la prensa por otros motivos como su apuesta por “naturalizar” las críticas y ataques a la prensa, su llamada a las caceroladas contra la monarquía y su extraño papel de víctima y verdugo en el caso de las cloacas y su exasesora Dina Bousselham. Ese error de cálculo ha propiciado que el voto contestatario haya huido de Podemos. Porque no ha desaparecido, ni mucho menos. El malestar que en 2016 aglutinó el partido morado sigue existiendo. Pero esos votantes entienden que quien mejor les va a representar son el Bloque Nacionalista Galego, en Galicia, y Bildu, en Euskadi.

Podemos surgió entre el profesorado –y parte del alumnado- universitario de Madrid. Y ha querido aplicar las mismas recetas dentro de la M-30 que fuera usando las redes sociales como termómetro del todo cuando en realidad solo son unos pocos. Estrategias que pillan muy lejos de las tierras galaicas y vascas. El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ha tomado nota y tiene tres años para aprovechar el altavoz mediático que tiene en su mano para corregir el rumbo antes de verse arrastrado por la borrasca con fuertes vientos del norte que le azota.

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