La tremenda vergüenza que mata a miles de personas al año en España



Diez personas, cada día, se suicidan en España.

Diez.

Se matan más personas que las que mueren en accidentes de tráfico. Más de el doble.

Muchas no han pedido ayuda.

Nos asusta el dolor. Nos avergüenza. La semana pasada se celebró el día de la salud mental y era muy complicado que alguien diera la cara. Parece que somos débiles, personas sin voluntad. Parece que la culpa es de los que se rinden.

Y no. Son enfermedades.

Pedir ayuda es tabú.

Confesar que un familiar o un amigo se ha suicidado sigue siendo tabú.

Nos han convencido de que quien no sonría, quien no sea optimista, quien no crea que la vida es un slogan de Mr Wonderful, es porque quiere.

Pero no es así.

Lo que pasa es que no nos han enseñado a lidiar con la tristeza. No tenemos educación emocional. Y hablar de salud mental es un tabú.



Nos dicen que nos desinfectemos con alcohol cuando nos hacemos una herida. Pero nadie nos explica -¡qué vergüenza pedir ayuda!- qué hacer cuando la tristeza es tan fuerte que es ya una enfermedad.

Hace unos años varias familias crearon la primera asociación española de familiares de suicidas "Después del Suicidio, Asociación de Supervivientes" (DSAS). Están cansados de sentirse bichos raros, de sentirse solos, de sentir vergüenza, de tener que ocultar que un hermano, un hijo, un padre o un amigo se quitó la vida.


La fundó una mujer, Celia, que perdió un hijo. Su niño se quitó la vida. ¿Cómo se quita la culpa un superviviente? ¿Cómo se abandona esa sensación de qué pude hacer, en qué me equivoqué? Cuenta Cerlia que la asociación nació como un lugar de encuentro, un sitio donde poder hablar del suicidio, un lugar de confianza y respeto para acompañar a los supervivientes en su proceso de luto.

Tras cada número, tras cada muerte, hay una familia rota para siempre, fragmentada en el dolor constante y la culpabilidad imborrable. Por eso es tan importante la iniciativa de estas familias. Porque dan la cara. Porque rompen el estigma. Porque ofrecen un lugar al que recurrir cuando la vergüenza impide llorar en el hombro del vecino.

Y quizá estemos todos equivocados y hablar del suicidio ayude a prevenir otros casos. Quizá hay que comenzar a dar la cara también en esto.