La Tía Florita y su marido, las momias protegidas por todo el pueblo

A María nunca le interesó la arqueología. No disfruta viendo vasijas desvencijadas, mosaicos incompletos, esculturas amputadas o colecciones de sarcófagos a través de los cristales blindados de un museo. Hace tiempo que María perdió su capacidad de asombro al estar delante de una momia. Y no necesita ir al Museo Británico de Londres para verlas. Vive puerta con puerta con dos de ellas, las de la tía Florita y su marido, el hombre sin nombre, y ahora también sin tibia ni peroné, pero con los testículos todavía visibles. Y la calavera entre los pies.

“¿Miedo yo? ¿De esos huesos? ¿Qué me van a hacer a mí?”. María ríe torpemente por el respirador que tiene colocado en la nariz. Ha pasado 40 de sus 86 años viviendo junto a las momias más famosas de Alpandeire, un pequeño pueblo de apenas un centenar largo de habitantes situado en la Serranía de Ronda, y nunca le importó.

Las momias de Alpandeire (Málaga), Tía Florita y su marido, a quienes se atribuye la financiación de las obras de la Iglesia de San Antonio de Padua / Foto: Fernando Ruso

La calle que las momias y María comparten se llama Panteón, porque da a la pequeña cripta de la iglesia de San Antonio de Padua. Por un cancelín y una endeble puerta de madera, que en tiempos fue una ajada portezuela, se accede a un pequeño espacio repleto de nichos. Allí descansan expuestos al público desde mucho antes de que María naciera los restos momificados de la tía Florita y del hombre sin nombre, a quienes la leyenda les atribuye una desmesurada riqueza.

Su descanso, lejos de ser eterno, se ha visto alterado en no pocas ocasiones. Han contado juegos de los zagales, gamberradas fueras de tono, entierros y exhumaciones por órdenes de los religiosos y hasta el ataque de unos republicanos en la guerra civil española. Mucha historia para cinco siglos de vida o, mejor dicho, de muerte.

La leyenda de la tía Florita y de su marido ha corrido de boca en boca a través de generaciones y generaciones de panditos, el gentilicio que reciben los lugareños de la patria de Fray Leopoldo de Alpandeire, un monje capuchino beatificado y al que se devociona en Granada. Se conoce mucho de la niñez y la juventud del llamado ‘fraile limosnero’, sus muchos milagros y su esfuerzo por recabar dádivas para los pobres, pero fuera de este pequeño pueblo de la provincia de Málaga se sabe muy poco de las momias de quienes ayudaron a levantar la iglesia en la que el beato fue bautizado: la conocida Catedral de la Serranía.

Cuentan los vecinos que la tía Florita y el hombre sin nombre formaban un matrimonio desmesuradamente rico. Nada más se sabe de ellos, salvo que costearon las obras de la iglesia de San Antonio de Padua, un edificio impotente de planta basilical con tres naves que resulta raro de encajar en un pueblo que en su pleno esplendor llegó a tener solo 1.114 habitantes. En los años 60 muchos jóvenes emigraron por las pocas posibilidades del campo local.

Una gran iglesia para el pueblo equivocado 

“Esta iglesia no era para este pueblo”, explica a Yahoo España la resobrina biznieta de Fray Leopoldo, Jerónima Sánchez, que despacha estampitas, rosarios, figuritas y demás bisutería a las afueras de la casa museo del beato. “Se cuenta que los planos eran para una iglesia de Antequera —detalla la pandita—, pero que se equivocaron y empezaron a construirla en Alpandeire, cuando llevaban la mitad se dieron cuenta del error y decidieron seguir adelante”. Aunque nada de esto se puede corroborar por el incendio que sufrió el templo en el año 1936, en el estallido de la Guerra Civil española.

La iglesia de San Antonio de Padua, de mitad del siglo XVI y restaurado en el siglo XVIII, sus grandes dimensiones han hecho que se le conozca como la “Catedral de la Serraní­a” / Foto: Fernando Ruso

Pese a la falta de documentación, todos los vecinos coinciden en atribuir a la tía Florita un papel determinante en el levantamiento de la iglesia. Cuando se acabó el dinero, con las obras medio hacer, los albañiles se dirigieron a la benefactora en busca de una solución. “No podían acabar la obra —cuenta Gaspar, maestro jubilado y mantenedor de las tradiciones— y la señora les dijo que fueran al sótano y mirasen en el pilón, que allí había más dinero. Efectivamente, cuando llegaron, comprobaron que las palabras de la tía Florita eran ciertas. Gracias a ella se pudo acabar la iglesia y de la anécdota pervive un refrán en el pueblo: ‘Eres más largo que el pilón de la tía Florita’, que se le dice a quienes derrochan”.

Nadie en Alpandeire sabe el lugar exacto en el que vivía la tía Florita, ni tan siquiera si ahí sigue el famoso pilón. Nunca nadie trató de averiguar si sigue teniendo las interminables monedas de oro que le atribuye la leyenda.

“Tampoco hemos sido curiosos para datar, medir, estudiar y documentar las momias, que han estado ahí toda la vida”, explica Gaspar, de 68 años. Él es de los pocos en el pueblo que siente interés por los restos de tía Florita y de su esposo. Sin los conocimientos suficientes, masculla teorías que expliquen la momificación de los cuerpos.

¿Por qué se momificaron?

“El pueblo está asentado sobre un lago subterráneo y es posible que la humedad ayude a la conservación —baraja—; por otro lado, pese a estar en la sierra y a que se registren lluvias anuales de mil litros, Alpandeire tiene un aire seco, quizás…”. Aguarda con cara dubitativa. “Hay quien dice que es un milagro, una forma de gratificarlos por lo que hicieron por la iglesia; pero vaya forma tan extraña de agradecérselo”.

Nunca nadie ha ido a estudiarlas. Y hay muchas dudas por resolver.

Sobre las certezas, cuenta Gaspar que en su niñez, cuando apenas había luz eléctrica y las calles se iluminaban con ligeras bombillas que bamboleaba el viento, los zagales recorrían rápido la calle Panteón. “Nos daba susto”, explica. Los padres asustaban a los chiquillos con cuentos de momias para que no entrasen en la cripta de la iglesia.

Gaspar recapitula y duda sobre cuándo fue la primera vez que las vio. Sí recuerda que sintió miedo, que le impactó ver dos cuerpos secos y amarillentos, carcomidos y con la ropa pegada a los huesos. “Nunca antes había visto a una persona muerta”, explica.

Según los vecinos de Alpandeire las momias perdieron la cabeza tras haber sido movidas por los jóvenes del pueblo en el pasado entre juegos / Foto: Fernando Ruso

Recuerda verlos de pie, ambos dejados caer sobre la pared en una de las esquinas. Todavía con las cabezas sobre los hombros. “Me llamó la atención verles las manos engarrotadas, tensas, y los genitales de él, que todavía se pueden apreciar”.

Ahora, los restos de la tía Florita y su cónyuge están en una hornacina en la pared, solo protegida por un par de puertas de cristal. Y la dependencia está cerrada bajo llave. Pero hay vecinos que todavía pasan rápido, casi sin mirar, por la calle Panteón.

“Y muchos turistas, que vienen a preguntarme si tengo las llaves de la cripta”, explica María, la torpe y oronda vecina que lleva años sin salir de su casa. En el salón de su casa comparte recuerdos con su hermano Diego y su marido Rafael, también mayor como María, que mira interesado a través de unas gafas de gruesos cristales.

Fantasmas en los alrededores de la cripta 

Diego apunta que en la zona, cuando apenas tenía cuatro años, llegó a ver unos fantasmas. Unas figuras altas con una luz en la frente, que se movía frenéticamente por las calles aledañas a la iglesia. Insiste en su relato, pese a la incredulidad de su hermana. “Eso eran hombres, que se echaban unas telas por encima para salir de las casas y ver a las mujeres sin que nadie los viera”, interrumpe airada María. “¡Pues yo lo vi!”, zanja Diego.

Los más miedosos nunca se acercaban a las momias, pero otros las tocaban sin remilgos; y las movían de un lado a otro, incluso más de una vez salieron de la cripta”, explica María, testigo privilegiada de los movimientos de sus peculiares vecinos.

La cantinela de que dos momias estaban siendo objeto de las gamberradas de los jóvenes de Alpandeire llegó a oídos del cardenal Ángel Herrera Oria, que mandó darle a los restos cristiana sepultura. La orden del purpurado se cumplió a rajatabla, aunque tuvo devastadores consecuencia en las momias.

Los lugareños las cogieron y las metieron en uno de los nichos de la cripta, junto con otros restos. Al ser el espacio tan reducido, enterraron a las momias una sobre la otra. En el caso del hombre, para que cupiese en la tumba, le quitaron la tibia y el peroné, razón por la que los restos de tía Florita parece de una talla mayor que la de su marido.

Los restos estuvieron enterrados hasta que a alguien se le ocurrió sacarlos años después. Y la decisión por poco le cuesta su integridad.

Gaspar Mena Sánchez, 66 años, maestro jubilado y experto en la historia de Alpandeire / Foto: Fernando Ruso

Sobrevivieron a la Guerra Civil 

Con el estallido de la Guerra Civil, un grupo de republicanos asaltó la iglesia de San Antonio. “Eran gente de la zona, de Ronda y del mismo Alpandeire”, recuerda Cristobalina, la vecina más longeva con 95 años. “Cogieron a varios caciques y los obligaron a derribar el retablo, porque si no los mataban; también destruyeron a todos los santos, menos a un Niño Jesús, que salió escondido en las faldas de una vecina y lo guardó durante años en un bidón de petróleo”.

“Yo me acuerdo como si fuese hoy mismo —relata la anciana—, estaba con mis amigas porque nosotros íbamos mucho a la iglesia; y les decíamos a los republicanos, a los que antes se llamaba rojos, que ojalá se cayeran de la parte alta de la nave central, porque tuvieron que escalar a gran altura para poder enganchar las cuerdas para tirar el retablo, que era precioso”.

El pueblo reaccionó mal a las fechorías que acontecieron en la iglesia del pueblo. Se perdieron las tallas de la patrona y del patrón y se quemaron todos los archivos eclesiales, borrándose de golpe la historia escrita de todo el municipio.

Las momias se salvaron porque estaban en dependencias diferentes. En el subsuelo de la iglesia, al que se accede por el exterior. “Fue un milagro”, insiste Cristobalina. “Ellos se portaron muy bien con el pueblo —apunta la nonagenaria—, ayudaron con su riqueza a levantar la iglesia”.

—¿Y se le tiene cariño a las momias?
—Cariño se le tiene, claro.

Cristobalina y un grupo de mujeres acostumbra a limpiar la iglesia cuando el párroco lo demanda. Tocan las campanas un par de veces y allá que acuden ellas raudas a la llamada. En sus quehaceres también está el adecentamiento del panteón, allí donde están la tía Florita y el hombre sin nombre.

¿Y no habla usted con las momias?
—[Ríe]. ¿Yo? ¡¿Cómo voy a hablar con las momias?!
—¿No le da palique?
—Entro, las veo, y les digo: “¡Ay! Si es verdad aquello que se dice de que tanto hicisteis por esta iglesia, que el Señor os tenga en el cielo”. Porque vaya premio el que os han concedido…