La sorprendente confesión en el lecho de muerte sobre la autoría de un crimen sin resolver cometido cuatro décadas antes

El 21 de octubre de 1964, Margaret Gibson, tras haber sufrido un infarto y ver que le quedaba poco tiempo de vida, solicitó un sacerdote para que le diera la extremaunción, además de pedir la presencia de algunos de sus familiares y vecinos con el fin de hacer una sorprendente confesión a los presentes: ella fue quien, el 1 de febrero de 1922, asesinó de un tiro al célebre director y actor de Hollywood William Desmond Taylor, una de las mayores promesas cinematográficas de la meca del cine en aquella época.

(imagen vía Hemeroteca The New York Times)

Margaret Gibson, en el momento de sufrir el ataque al corazón que la haría fallecer pocas horas después, tenía 70 años recién cumplidos y llevaba retirada del mundo del cine tanto tiempo como el que había pasado desde que se cometió el crimen.

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A partir de la primera década del siglo XX, William Desmond Taylor se convirtió en uno de los directores cinematográficos más prolíficos de la épocarodando en tan solo una década 60 películas (27 como actor), algunas de ellas cosechando un extraordinario éxito de taquilla, crítica y público. Esto lo llevó a ser elegido como presidente de la Asociación de Directores Cinematográficos y codearse con la flor y nata del glamuroso Hollywood del cine mudo.

La mañana del 1 de febrero de 1922 su cuerpo fue encontrado sin vida en el bungalow de Los Ángeles en el que residía cuando tenía rodaje (una urbanización en la que vivían un gran número de trabajadores de los estudios cinematográficos, tanto técnicos como artísticos). Presentaba una herida de bala que había sido disparada por un arma del calibre 38.

Muchas eran las hipótesis que se barajaron, pero el móvil del robo quedó descartado desde el primer momento debido a que en el cadáver se encontraron todas las pertenencias personales que llevaba la víctima en el momento de su muerte: un valioso reloj, la cartera con una importante suma de dinero en efectivo, los gemelos y el pasa corbatas de oro.

El caso se convirtió en inmensamente popular y compartió docenas de portadas en la prensa amarillista con otro famoso escándalo que incriminaba a Roscoe Arbuckle, la mayor estrella cómica de Hollywood en aquellos momentos, en un supuesto crimen que había tenido lugar un año antes y que se estaba juzgando.

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Pero a pesar de las concienzudas pesquisas policiales y ser numerosos los sospechosos que fueron interrogados, no se pudo determinar quién había acabado con la vida de William Desmond Taylor y cuál fue el móvil del crimen.

Entre las personas sospechosas (y que quedaron libres y sin cargos) había un gran número de personajes (famosos y desconocidos) que estaban relacionados con el mundo del Séptimo Arte: algún director, productor, técnicos, actores y un puñado de actrices (con las que podría haber tenido algún tipo de relación sentimental o sexual).

Margaret Gibson, izquierda y William Desmond Taylor, derecha (imágenes vía Wikimedia commons)

Pero asombrosamente, entre la extensa lista de sospechosos no figuraba el nombre de Margaret Gibson y jamás se le interrogó o investigo por este caso, a pesar de que ambos se conocían, ella había trabajado como actriz en algunas películas de Desmond Taylor e incluso la joven fue detenida poco después tras ser acusada de formar parte de una red de prostitución, chantaje y tráfico de opio (una de las drogas de moda en aquella época entre las estrellas de Hollywood). A ningún inspector de la policía de Los Ángeles le dio por atar cabos o buscar coincidencias.

Como actriz, Margaret Gibson tuvo una prometedora carrera (trabajando entre 1913 y 1929 en 153 películas, muchas de ellas con el nombre artístico de Patricia Palmer) yéndose al traste con la llegada del cine sonoro (aquella misma década), ya que sabía actuar pero no declamar (algo que también le ocurrió a un gran número de estrellas de la época).

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Tras retirarse del mundo del cine acabó residiendo en varios países del sudeste asiático, contrayendo matrimonio en Singapur, en 1935, con un hombre de negocios relacionado con el petróleo llamado Elbert Lewis quien residía en la zona por motivos laborales.

En 1940 Margaret tuvo que volver a Estados Unidos (donde, según sus biógrafos, juró que no volvería jamás). El motivo de su retorno fue el tener que tratarse de una dolencia en la vejiga. Mientras estaba convaleciente de una intervención quirúrgica, en marzo de 1942 le llegó la noticia del fallecimiento de su esposo en Malasia, a causa de un bombardeo por parte de la aviación imperial japonesa de unas instalaciones petrolíferas en las que se encontraba trabajando.

Tras envidar y con la salud mermada, en 1944, a punto de cumplir 50 años de edad, decidió quedarse definitivamente en los EEUU y adquirir una vivienda en Hollywood, a pesar de que ya estaba retirada totalmente del mundo de la interpretación. Allí vivió tranquilamente y prácticamente en el olvido durante los siguientes 15 años, hasta que el mencionado 21 de octubre de 1964 fue víctima de un infarto y poco antes de fallecer, aquel mismo día, hizo la sorprendente confesión de que fue ella quien asesinó, cuarenta y dos años antes, a William Desmond Taylor.

De ese modo la policía de Los Ángeles podía dar por concluido un crimen sin resolver que tenían en sus archivos, aunque la autora confesa se llevó consigo a la tumba el motivo por el cual disparó mortalmente al director cinematográfico.

Fuente de las imágenes: Hemeroteca The New York Times / Wikimedia commons

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