"La revolución debe esperar": el jalón de orejas de Obama a los 'radicales' del Partido Demócrata

POR JOAQUIM UTSET/ESPECIAL-. En la cinta Primary Colors, basada en novela inspirada en la campaña presidencial de Bill Clinton de 1992, un joven activista afroamericano se ve interpelado por una antigua novia y compañera de lucha que le recrimina que trabaje para un candidato moderado de convicciones flexibles que no le pesa hacer lo que sea para ganar.

“¿Quieres trabajar para alguien así”, le reta ella. “No, quiero trabajar para un tipo que luche por la verdad y ver como al final acaba ganando un republicano”, le contesta con sarcasmo el exnovio.

Ese jovencito hoy sería Barack Obama y la ex, el ala izquierda del Partido Demócrata. Y en estos días, su enfrentamiento por el alma del partido ha aflorado en medio de las inquietudes y temores que rodean últimamente las primarias demócratas.

(Photo by Scott Olson/Getty Images)

Prueba de esas dudas es el hecho de que se haya sumado un nuevo candidato, el exgobernador de Massachusetts Deval Patrick, y que el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg esté pensando en hacerlo, a pesar de que si de algo no padece este proceso es de un déficit de aspirantes.

Estas nuevas candidaturas a menos de dos meses de los caucus de Iowa evidencian que ninguno de los cuatro candidatos que lideran los sondeos se ha revelado aún como una apuesta segura para mudar a Donald Trump de la Casa Blanca.  

Por eso, tras mantenerse al margen por largos meses, Obama bajó recientemente del Olimpo de la neutralidad en que se refugian los expresidentes en tiempos de primarias para mandar mensajes nada velados a su partido. Y no solo lo hizo una vez, sino en dos ocasiones.

Desasosiego

Esa repentina locuacidad del anterior mandatario constituye la mayor prueba de la inquietud en el seno de su partido, que ni quiere contemplar la posibilidad de perder de nuevo ante un rival tan formidable como vulnerable: el índice de popularidad de Trump permanentemente en números rojos, el proceso de ‘impeachment’ lo ha desgastado y las encuestas le son desfavorables. 

Eso sin contar los duros reveses que el presidente ha sufrido en las contiendas a gobernador en Kentucky y Luisiana, dos estados más republicanos que los calcetines de Ronald Reagan.

Sin embargo, el pasado viernes en un acto ante ilustres de su partido reunidos en un hotel de Washington, Obama se vio obligado a trasladar a sus correligionarios un mensaje de tranquilidad y recordar con cierto aire paternal a los inquietos chiquillos que al final todo saldrá bien. “Les recuerdo que yo también pasé por unas primarias recias”, resaltó.

Pero es el hecho precisamente de que haya tenido que salir a decir que no pasa nada lo que revela que algo pasa y fue en la segunda parte de sus declaraciones que el expresidente apuntó a su diagnóstico del supuesto problema. 

“Este es un país menos interesado en revoluciones que en mejoras”, advirtió. “Les gusta ver que las cosas mejoran, pero el estadounidense medio no piensa que tenemos que desmantelar por completo el sistema y reconstruirlo”.

Aconsejó no dejarse “engañar” por la impresión de que los votantes están a la espera de “propuestas lo suficientemente ambiciosas” como para dejar de lado sus dudas sobre el impacto en sus vidas de los grandes cambios. 

“La gente, con razón, es prudente porque no tienen mucho margen de error”, agregó.

No hacía falta un sesudo análisis para entender que con estas palabras vertía un cubo de agua fría al sector más revolucionario y fervoroso de su partido, que en los últimos tiempos ha logrado tomar las riendas del debate interno y avanzado ideas como el Medicare para Todos o la educación universitaria gratuita que no hace tanto se consideraban quimeras.

Sí, son objetivos loables y en otros países han funcionado, pero Estados Unidos no es Dinamarca, ni los estadounidenses piensas como los suecos. La revolución, les vino a decir Obama, debe esperar.

“Los votantes, demócratas incluidos, no se sienten movilizados por los mismos puntos de vista que se reflejan en ciertas cuentas de Twitter de tendencia izquierdista, o el ala activista de nuestro partido”, observó. 

“Esto no es una crítica al ala activista –su función es tantear y sondear y probar e inspirar y motivar. Pero la responsabilidad del candidato, sea al final quien sea, es ser elegido”, agregó.

OK Boomer

Como era de esperar, este frío alegato a la moderación y el pragmatismo no sentó nada bien entre esa febril “ala activista” y los tuiteros de “tendencia izquierdista” que encarnan jóvenes figuras como Alexandria Ocasio-Cortez.

Su amiga, la también congresista Ilhan Omar, se apuntó al hashtag #TooFarLeft (Demasiado a la izquierda) creado con ánimo reivindicativo en las redes por aquellos que se sintieron señalados por las advertencias del expresidente.

A su juicio, Obama apuesta por no zarandear demasiado el barco porque es un rehén del sistema en el que se ha convertido en millonario. Su timorata administración, que deportó indocumentados a paladas y bombardeó con drones a civiles en Oriente Medio, fue incapaz de llevar a cabo las transformaciones necesarias para revertir males como la concentración de la riqueza o las desigualdades raciales, sostienen. 

Son opiniones que se susurraba cuando aún era presidente, pero su popularidad desaconsejaba hacerlas muy públicas. Ya no, porque la nueva generación en la vanguardia progresista se siente ajena al pasado que labraron sus padres, les culpa de haberles traspasado grandes crisis como el cambio climático y desestima sus consejos (menos los de Bernie Sanders, of course). De ahí el lema condescendiente de “OK Boomer”, que es el equivalente a “qué sabrán esos viejos”. Jóvenes líderes como Ocasio-Cortez afirman que el problema no es la ambición, sino el conformismo en que cayeron sus antecesores. 

“Quiero volver a formar parte del partido del New Deal. El partido de la ley de derechos civiles, que electriza a la nación y lucha a favor de todos”, respondió Ocasio-Cortez a Obama en Twitter. “Por ello, muchos nos llamarán radicales. Pero nosotros no estamos ‘empujando al partido a la izquierda’, lo estamos regresando a sus raíces”. 

Al encanecido Obama no le va esa cultura abonada por la tuitesfera que considera traiciones las concesiones y cobardía el pragmatismo. El hombre que tiene por lema “no dejes que la perfección sea el enemigo de lo bueno” cargó contra las obsesiones ideológicas hace un par de semanas en un acto de su fundación en Chicago.

“Esa idea de la pureza, de nunca sentirte comprometido y mantenerte siempre políticamente consciente, todo eso, debe superarse pronto”, advirtió. “El mundo es complicado. Hay ambigüedades. Gente que hace cosas buenas tiene defectos. La gente con la que te peleas puede que ame a sus hijos y comparta ciertas cosas contigo”.

La precandidata demócrata Elizabeth Warren durante el debate en Westerville, Ohio, el 15 de octubre 2019

El arte de pivotar

Quien parece haberse dado cuenta precisamente de que “el mundo es complicado” ha sido Elizabeth Warren, que desde que entró en las primarias ha competido con Bernie Sanders por la izquierda con ambiciosos planes que hacían salivar a los más progresistas. 

La senadora de Massachusetts, como su veterano compañero de Vermont, ha hecho de Medicare para Todos su programa distintivo, frente a contrincantes como Joe Biden que lo ven financieramente inviable por su coste y políticamente una trampa porque carece de un sólido respaldo social, más si implica aumentar impuestos a la clase media y la desaparición forzosa de los seguros privados.

Argumentos que no habían disuadido hasta ahora a la candidata, quien asegura que “los cambios estructurales grandes no pueden esperar”. Bueno, tal vez no puedan esperar, pero sí se pueden modificar.

La senadora, tal vez tras leer sondeos negativos, adelantó estos días un plan alternativo menos ambicioso y con paralelos al de candidatos centristas como Biden que apuestan por ofrecer Medicare como una opción.

Hay quien caiga en la tentación de señalar que avisos como el de Obama suenan a George W. Bush cuando en su momento advirtió a su partido de que perdería con un personaje radical como Trump. Cuatro años después, el magnate neoyorquino vive en la Casa Blanca y es dueño absoluto del partido. El expresidente pinta retratos al óleo en la quietud de su casa de Texas. 

¿Sucedería lo mismo con los demócratas si se olvidan de la prudencia y tiran por la calle de en medio con un candidato que huele a socialismo?

Puede, pero lo que quita el sueño a demócratas como Obama es que aquí se dé un escenario como el de Gran Bretaña, donde un Partido Conservador diezmado por el desastroso proceso del Brexit parece que seguirá en el poder a pesar de todo porque el líder laborista Jeremy Corbyn, un socialista de los de antes de la caída del muro, despierta aún menos confianza en el electorado.