La próxima copa de vino que tomes podría ser una imitación

Cata de vino en el Valle da Napa. (Imagen gratuita vista en Pxhere.com).

No soy ningún experto en vinos. Sería la víctima perfecta para un somelier diestro que intentase venderme un vino normalito como la elección ideal para acompañar a mi plato de carne o pescado. Tal vez por eso, lo que acabo de leer en Wired ha confirmado mis sospechas de que la química y el buen olfato de los enólogos pueden hacer maravillas “orientando” a un elevado tanto por ciento de consumidores de vino inexpertos, entre los que sin duda me hallo.

Tal y como sucede con los perfumes, donde es habitual encontrar réplicas de los productos más reconocidos (y caros) del mercado, la próxima copa de vino que vayas a tomarte –especialmente si vives en los Estados Unidos– tal vez no sea un original sino una copia de un superventas que, además, va a encantarte.

En Wired relatan cómo les surgió la idea a dos emprendedores californianos, Ari Walker y Kevin Hicks, quienes tras invertir una considerable cantidad de dinero en un laboratorio químico dotado con los mejores medios, están logrando introducir sus vinos “réplica” en el mercado estadounidense.

En 2015, Walker y Hicks fundaron su empresa, Integrated Beverage Group (IBG), y comenzaron a comprar grandes cantidades de vino “desechado” por algunas de las bodegas con mayor producción de las zonas vinícolas de California, como Napa o Sonoma.

Su primer gran reto

En el laboratorio de IBG, con la ayuda de algunos maestros sommeliers certificados, como Brett Zimmerman (y otros que prefieren no identificarse puesto que trabajan para poderosas bodegas de la industria contra las que IBG quiere competir con sus productos “low cost”), Walker y Hicks se afanan para replicar un favorito del público estadounidense, el chardonnay Far Niente.

Este vino, que se vende entre 60 y 100 dólares USA la botella, posee un singular estilo que casa entre la robustez de la típica uva chardonnay del Valle del Napa y los sabores matizados de la borgoña blanca. Desde la década de 1970, año tras año la bodega responsable de Far Niente logra un producto contundente que no decepciona a su público, lo que le ha convertido en uno de los caldos más respetados de los Estados Unidos.

Esa es la razón que ha llevado a una cadena minorista de la costa oeste a encargar a IBG un pedido de chardonnay de Napa que, previo rastreo de los atributos del Far Niente, consiga crear un vino similar al gusto del no iniciado que pueda venderse a 30 dólares la botella. El plazo para lograrlo es de solo dos semanas.

¿Lo logran? Efectivamente, IBG crea en plazo “Per Sempre” (incluso el nombre es en cierto modo una imitación fonética del “Far Niente” original), mezclando lotes de vino californiano desechado. Por el camino, cientos de catas mezclando vinos de orígenes y variedades de uva diferentes, añadiendo aromas, rebajando la acidez o añadiendo ácido málico si es necesario, e incluso dotando químicamente de tonos de madera a vinos creados originalmente en tanques de acero inoxidable.

El resultado no es exactamente el mismo y no lograría engañar a un catador experto, pero logra replicar las características más evidentes en boca a mitad de precio. Suficiente si lo único que persigues es beber algo agradable que maride bien con tu plato de pollo asado.

Los límites de su metodología

¿Pero se puede copiar “químicamente” cualquier vino? No, con algunos vinos es más fácil que con otros. Por ejemplo el tinto es más fácil de replicar que el blanco. Los vinos fabricados al por mayor exigen mezclar uvas procedentes de diversos viñedos, e incluso variedades diferentes, para alcanzar el volumen necesario. Eso es una gran ventaja para IBG, que recordemos trabaja con materia prima desechada por algunas bodegas de la zona. Si en cambio tuvieran que imitar un vino de baja producción creado en una zona concreta con viñedos únicos y/o variedades de uva raras, el trabajo se volvería imposible.

Ahora que si hablamos de un vino popular en todo el mundo, como el champán francés Dom Perignon, del que cada año se crean cientos de miles de botellas siguiendo una especie de “fórmula” magistral para que siempre sepa igual … no hay razón para que IBG no logre científicamente crear algo con un perfil que encaje en su misma gráfica de esteres, ácidos, proteínas, antocianinas y polifenoles.

¿Acabará esto con el romanticismo del mundo del vino? Brindo por que no sea así, aunque uno ya no vaya a saber nunca si lo que toma es un fake o un verdadero caldo de autor.

Me enteré leyendo un fantástico artículo de Bruce Schoenfeld para Wired.com.