La pregunta que Justin Trudeau ni muchos de nosotros jamás nos hemos hecho

Zwarte Piet representa a un paje africano de San Nicolás, el Papá Noel holandés. (Getty Images)

Cuantas más disculpas pidió el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, más vulnerabilidad irradió, y no precisamente por pedir perdón de manera reiterada, sino porque la ceguera de la raza blanca quedó expuesta de una forma clara.

Aparecer disfrazado de Aladdin con la cara pintada de negro es una ofensa que muchos individuos y colectivos no perdonan fácilmente, menos aún en plena campaña electoral canadiense. Qué casualidad. Sin embargo, en los años ochenta, noventa y comienzos del 2000, las tres décadas en las que el político se tintó el rostro en distintas fiestas, el que un blanco hiciera tal cosa no suponía un problema de gran calado. ¿Y si lo hubiera hecho en el Bronx durante una ceremonia de gospel? ¿Pensarían lo mismo los afroamericanos al ver a un blanquito maquillado de negro?

Dicen que para darse cuenta de si una broma, un comentario o una acción es racista, hace falta preguntarse: “¿haría o diría esto delante de una persona negra?”. Si la respuesta es “no”, es que hay racismo en esa acción. Esa es la pregunta que Trudeau nunca se hizo, sencillamente porque en su ámbito privilegiado la raza predominante era la misma que prevalece en la actualidad en las posiciones de más calado: gobiernos, corporaciones globales, en el ámbito mediático… Allá donde radica el poder y la toma de decisiones.



Hay una diferencia abismal entre que un blanco se pinte la cara de negro en una fiesta, en una cabalgata o en una obra de teatro, a que alguien de raza negra haga lo contrario, tintarse el rostro de blanco como el actor afroamericano, Eddie Murphy, hizo en los años ochenta en Saturday Night Live e incluso en dos de su películas. No es lo mismo que la raza opresora imite a la oprimida a que ésta se mofe de la que históricamente ha sido la tiránica. Supongo que no hace falta hacer un repaso histórico sobre la relación entre el hombre blanco y el resto de razas que han sufrido su manera de ver el mundo.

También hay distinción entre intención e impacto. Probablemente, la intención de Trudeau nunca fue la de disfrazarse de Aladdin con el objetivo de mofarse de las personas de piel oscura; es probable que si en aquel entonces se le hubiera tachado como una persona racista, él hubiera negado la mayor categóricamente. Sin embargo, el cómo esa acción haya impactado en otras personas es un mundo aparte. La intención de alguien que mira el celular mientras conduce un auto no refleja las consecuencias del impacto que éste mal hábito pueda tener sobre otros.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, pidió disculpas por maquillarse de negro en el pasado. (REUTERS/Carlos Osorio)

Muchas personas piensan que hay una hipersensibilidad reinante en los tiempos que corren y que este tipo de hechos no tienen que ver con el color de la piel, sino en que esa piel es demasiado fina en un contexto actual en el que hay que tener un cuidado extremo en qué se dice y cómo. Es más fácil juzgar esta hipersensibilidad racial desde la postura mayoritaria que de la minoritaria, de la misma manera en la que es muy factible tener un racismo tan arraigado que sea imperceptible por uno mismo. Entonces, ¿de qué estamos hablando, de sensibilidad extrema o de mayor consciencia social cuando señalamos con el dedo este tipo de acciones?

Da la sensación de que en estos tiempos abrir la boca más de la cuenta puede salir caro y es necesario tener un cuidado excesivo en cómo plantear determinados temas por si se ofende a algún colectivo. Animalismo, religión, aborto, política, alimentación, feminismo, machismo… la intransigencia y la intolerancia han existido toda la vida, pero los límites entre la falta de respeto y la opinión parecen haberse reducido más aún recientemente. Al igual que otros, el racismo es un problema mayúsculo y puede tener formas de expresión salidas del inconsciente que no nos permiten ver la verdad. Quizás este trato diferente al afroamericano sea más perceptible en Estados Unidos debido a las constantes trabas que tiene dicha minoría en su día a día, sin embargo, otros lugares como en Holanda, Bélgica, Filipinas, Uruguay o España, tienen otra manera de ver las cosas.

Hombre disfrazado del rey Baltasar junto con sus pajes. (REUTERS/Jon Nazca)

Hay quien no le da importancia, pero para los anglosajones y algunos colectivos e individuales españoles, ver que en la Cabalgata de los Reyes Magos hay ciudades donde aún pintan los rostros de personas blancas de negro para interpretar al rey Baltasar les parece una auténtica aberración. Otros, en cambio, replantean sin reproches esta tradición con el argumento de que la presencia de población africana en España es un hecho reciente, y que ahora sí se puede plantear el debate, ya que les puede ofender. No antes.

En precisamente esta línea de pensamiento la que confirma que además del racismo sin pelos en la lengua, también existe un racismo escondido, inconsciente, que solo sale en determinados momentos; sin querer. Si la diferencia entre maquillarse de negro o no reside en quién esté presente, entonces tenemos un problema, porque no se está atajando la cuestión de fondo. Es decir, el que ahora que hay más negros, es mejor pensarse dos veces tintarse el rostro, significa que la pregunta de “¿haría o diría esto delante de una persona negra?” queda más que respondida.

Habrá quien llame a esto susceptibilidad excesiva, otros en cambio lo tildan de racismo puro y duro, como el hecho que Trudeau se maquillara de negro en tres ocasiones durante su juventud. Un racismo tan reprochable como perdonable porque es el fruto del contexto en el que nos desarrollamos como personas y que reside en algún lugar del extenso mundo de los prejuicios inconscientes de nuestro cerebro.