La niña de cinco años que quería visitar a su abuela y sus padres la enviaron a través de Correos

Existe una antigua expresión que indica que ‘hecha la ley, hecha la trampa’, la cual viene a significar que por muy estricta que sea una norma siempre hay alguien que consigue encontrar un método eficaz para saltársela y lograr su propósito sin tener que incurrir en la ilegalidad.

En 1914, un humilde matrimonio que vivía en el pequeño pueblo de Grangeville (en el Estado de Idaho), descubrieron la forma de enviar a su pequeña hija –de cinco años de edad- a visitar a su abuela, que se encontraba en la población de Lewiston (al noroeste de aquel mismo Estado), a una distancia de 120 kilómetros (75 millas) a través del servicio de Correos y por el irrisorio coste de 53 centavos (lo que costaban los sellos).

Pero, antes de explicaros cómo se desarrolló toda esta increíble historia que hoy sería imposible repetir, dejadme que os ponga en antecedentes…

El servicio de paquetería postal en Estados Unidos (conocido como Parcel Post) se puso en marcha en 1887. Hasta entonces a través de Correos tan solo se podía enviar documentos o cartas y cuando alguien necesitaba mandar un paquete recurría a empresas de mensajería privada (como por ejemplo la famosa Pony Express que desapareció en 1861).

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Esos paquetes no se entregaban a domicilio sino que se depositaban en la estación de ferrocarril más cercana a la vivienda del destinatario, por lo que muchas eran las ocasiones en las que había que realizar un largo trayecto para ir a buscar un envío (sobre todo teniendo en cuenta que la red ferroviaria de la época todavía no cubría todos los EEUU y las carreteras y caminos estaban sin asfaltar).

Uno de los puntos determinantes para que se creara el Parcel Post fue la creciente demanda de paquetes que se realizaron a partir de la aparición de la primera empresa de venta por catálogo y en 1913 se consiguió que el servicio de Correos llevara hasta el domicilio de los destinatarios los paquetes y los entregara en mano.

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La única condición que se ponía en dicho servicio postal para poder entregar un paquete en mano era que éste no debía sobrepasar el peso de 50 libras (22 kilos y medio, aproximadamente).

Así fue como a principios de 1914, al matrimonio Pierstorff se le ocurrió la estrafalaria idea de enviar a su pequeña hija Charlotte May a través del Parcel Post.

Charlotte May Pierstorff fue enviada por correo a visitar a su abuela (imagen vía postalmuseum)

La niña, a la que le faltaban tres meses para cumplir los seis años de edad, llevaba unos días pidiendo a sus padres que la llevaran a  visitar a su abuela, quien vivía en Lewiston, una población al otro lado de las montañas, a unos 120 kilómetros de su casa en Grangeville.

Una distancia que hoy en día se recorre en poco más de una hora pero que hace un siglo se necesitaban varias horas y que además solo se podía realizar de dos modos: cruzando las montañas a través de caminos angostos y peligrosos o bien por ferrocarril.

El problema de la primera opción era que para recorrer esos 120 kilómetros (de ida y otros tantos de vuelta), el señor Pierstorff debería invertir un día completo (varias horas de ida, el tiempo que durase la visita y las horas de viaje de vuelta), por lo cual perdían el salario de una jornada de trabajo.

La segunda opción era mucho más cómoda y rápida, pero la dificultad radicaba en que cada pasaje de tren costaba lo correspondiente al sueldo de un día, por lo que estaban en el mismo problema.

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Entonces fue cuando se le ocurrió una tercera opción: enviarla a través del Parcel Post. Se informó de las condiciones de envío y en ningún lugar indicaba que no estuviera permitido el envío de personas, la única restricción era el peso máximo de 50 libras.

Como la pequeña Charlotte May pesaba 48 libras y medio (22 kilos) el 19 de febrero de 1914 se presentaron en la oficina de Correos de Grangeville y dijeron que deseaban enviarla a Lewiston. El funcionario se leyó y releyó todos los artículos de la ley postal y no logró encontrar ninguno que prohibiera dicho envío, por lo que no le quedó más remedio que aceptar el ‘paquete’.

En el abrigo de la pequeña Charlotte May Pierstorff le pegaron los sellos postales correspondiente a 53 centavos (una cuarta parte de lo que le hubiese costado un solo billete de tren). Fue subida al coche correo del ferrocarril y partió hacía cada de su abuela acompañada por el cartero ambulante que realizaba dicha ruta.

Al llegar el tren a Lewiston la niña fue entregada a Leonard Mochel, el cartero encargado del reparto, y éste la llevó hasta casa de la abuela, siendo entregada en mano, tal y como se especificaba en las disposiciones del contrato de envío.

Así fue como el ingenio del matrimonio Pierstorff les ayudó a solucionar el problema que tenían. Lo que no ha trascendido es cómo hizo el viaje de vuelta la pequeña May.

Eso sí, parece ser que este hecho fue lo que desencadenó que se cambiaran ciertas normas del reglamento de envíos postales y quedara prohibido enviar seres humanos, ya que se convirtió en una práctica habitual durante los siguientes meses.

Fuentes de consulta e imágenes: postalmuseum / manchesterlibrary / irreductible / Wikimedia commons

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