La extrema derecha pierde en Holanda, pero sus ideas se imponen en la sociedad y en los partidos rivales

Javier Taeño

Era el salvador, la última alternativa para parar el auge de la extrema derecha en Europa, el candidato deseado… Las elecciones holandesas, unos comicios en los que hasta 13 fuerzas políticas han obtenido representación parlamentaria, se presentaron a la sociedad como una batalla de dos: por un lado, el actual primer ministro Mark Rutte; enfrente el líder populista Geert Wilders, deseoso de seguir el camino marcado por Donald Trump, los eurófobos del Brexit o Marine Le Pen en Francia.

Ha ganado Rutte sí, pero ha sido Wilders el que ha marcado la agenda y además ha aumentado su presencia en el Parlamento. Aspiraba a gobernar y ha quedado lejos, pero sus votos muestran que la ultraderecha está muy presente en Europa.

Geert Wilders junto a Marine Le Pen (Reuters).

El análisis de las elecciones es claro: ha vencido el centro escorado hacia la derecha y ninguna de las formaciones más progresistas tiene opción alguna de formar gobierno. Lo preocupante es que las políticas de Wilders se han hecho sitio en la vida holandesa. Ya lo anunció la sociedad de abogados del país: cuatro de los principales partidos que hoy tienen representación parlamentaria se han comprometido a tomar medidas en materias de inmigración, tal y como revela La Marea.

Es decir, la derecha tradicional sale reforzada en su pulso con la extrema derecha, pero lo hace a costa de girar ellos mismos un poco más a la derecha. Asumir algunos de los postulados de los populistas para atraer a votantes que de otra manera habrían optado por Wilders.

El propio Rutte ha mostrado en campaña que él mismo puede adoptar estos valores. En enero escribió una carta muy polémica en la que “aclaraba lo que es normal y lo que no en el país”, en lo que se interpretó como una llamada de atención a los inmigrantes. Lo cierto es que pese a que se consigue frenar a los partidos ultraderechistas, sus ideas calan y muy profundo en la sociedad.

Una encuesta de Pew Research Center realizada en la primavera de 2016 mostraba que el 61% de los holandeses pensaban que los refugiados aumentaban la probabilidad de atentados en el país. Y eso que tradicionalmente Holanda no es uno de los países europeos que se han mostrado más reacios a la llegada de solicitantes de asilo al país; Hungría, Polonia o Austria han sido muchos más críticos.

Holanda no ha sido el único país en el que el auge de la extrema derecha ha reforzado a la derecha tradicional. Francia lleva ya años conviviendo con el Frente Nacional e incluso los votantes de izquierda en las elecciones de 2002 tuvieron que votar en masa a Jacques Chirac para evitar que Jean-Marie Le Pen ocupara el Elíseo.

Mark Rutte, actual primer ministro de Holanda (Reuters).

Ahora es su hija, Marine la que se presenta como la gran amenaza y la derecha tradicional –Los Republicanos- ha tenido que radicalizar su discurso. François Fillon, su candidato, ha pedido cuotas para los inmigrantes y denegarles beneficios sociales. Sarkozy, que cayó derrotado en las primarias, apostaba por suspender las políticas de reagrupación familiar de los refugiados.

Otros países como Austria, Alemania o Suecia han acelerado las repatriaciones en el año 2016 y por ejemplo en el caso austriaco expulsarán a más de 50.000 inmigrantes en los próximos cuatro años.
Estas decisiones se unen al acuerdo alcanzado entre Europa y Turquía en marzo de 2016 según el cual los europeos podían devolver al país otomano a los inmigrantes que llegaran a las costas del Viejo Continente.

Europa rechaza la extrema derecha, pero sus políticas poco a poco se empiezan a asentar en las sociedades. Y los gobernantes no dudan en aplicarlas.

Javier Taeño (@javiertaeno)

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