La España polarizada vive en un bucle tan permanente como ridículo

Los cuatro candidatos que a partir del lunes serán responsables de formar Gobierno. (REUTERS/Susana Vera).

Con qué facilidad desenfundamos la lengua y la soltamos cuando hablamos de política. Es fruto de la pasión española, esa actitud que paseamos tan ricamente con orgullo torero. 

La única acepción del nombre que puede interpretarse con cierto positivismo es, según la Real Academia de la Lengua, la “inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona”. Y tan sabios somos que la acabamos destrozando, la tornamos en negativa y hacemos de esa pasión un elemento polarizador. Así somos, así fuimos y en esa dirección nos dirigimos. Otra vez, como si no hubiéramos aprendido la lección.

La exageración es el arma con la que se pretende movilizar votos este domingo. A los candidatos se les llena la boca descalificando a sus adversarios con calificativos de todo tipo y los preferidos son “fascistas”, “comunistas”, “progres”, “fachas”… así, soltado con una facilidad automatizada, como si antes de que los labios se junten y la lengua toque el paladar, esas palabras no hubieran sido filtradas por el cerebro. Los conceptos son reproducidos por los medios afines y desafines hasta la saciedad en debates, intervenciones, entrevistas, editoriales, tertulias… y luego le llega el turno a las ovejas, las mismas que balitean sintiéndose indentificadas con una estupidez inconsciente

Una pareja con la bandera de España y la Señera se toman una foto. REUTERS/Jon Nazca

El rebaño independentista que campa a sus anchas en Barcelona y ataca al resto de los mortales con berridos de “¡fascistas!”. Los votantes de Vox que se mofan de esos a los que llaman “progres” por votar al PSOE y “dictadores bolivarianos” a los que optan por Unidas Podemos, quienes a su vez apuntan con el dedo a los que se sienten identificados con el partido de Santiago Abascal y les acusan de nazis o a los del PP como “fachas”. Y Ciudadanos, depende de por dónde sople el viento, acaban recibiendo de un lado, del otro o de todos a la vez. 

Si los que realmente viven y vivieron en sus carnes la crudeza del fascismo y del comunismo hablaran...

Y tras los alaridos con halitosis hay una evidencia: aquellos que se quedan tan anchos con sus generalizaciones heredadas de tiempos pasados no se dan cuenta de que nos une más de lo que pensamos, por eso chocamos. El español es exagerado y nuestras lenguas y dialectos así lo reflejan. Solo hay que alejarse un poquito de nuestras fronteras para darnos cuenta de que términos como “siempre” y “nunca”, por ejemplo, no los utilizamos de manera correcta en todo momento. Tendemos a victimizarnos: “es que siempre me toca a mí pagar el pato” o “nunca me entienden”. Somos dramáticos por naturaleza, y hacemos absolutas situaciones que no lo son, porque quizás no siempre pagues el pato, y puede que haya veces en las que sí se te comprenda. “Nadie”, “nada”, “todo”… solo hay que pasar tiempo con ciudadanos de otras nacionalidades y replicar estos vicios en idiomas distintos para darnos cuenta de la facilidad con la que categorizamos. 

Y es ese absolutismo, ese tremendismo y ese odio exagerado a lo diferente lo que nos separa entre nosotros, porque usamos esta misma premisa para poner etiquetas a gente que, en muchas ocasiones, no se siente identificada con ellas. Las juzgamos, las señalamos, las desacreditamos y, por último, las calumniamos. Por culpa de esa pasión y esa desproporción, las calles se llenaron de sangre y las fosas de cuerpos hace unas décadas, por ver quién los tenía mejor puestos sin pararse a pensar en que, al fin y al cabo, no hacía falta llegar a tales extremos para darse cuenta de que todos los tenían en el mismo sitio. 

España es especialista en disfrutar de los placeres de la vida.

De gratis, removemos la tierra con la excusa de no olvidar, algo que está muy bien para que las generaciones que vienen no omitan que hubo una y varias épocas en las que la barbarie separó a los españoles. Bienvenido sea si sirve para destapar la mayor vergüenza reciente de la nación y para no tropezar con la misma piedra en el futuro. Pero remover para desequilibrar es otra cosa, y muy peligrosa. No todos los que se sienten identificados con el PSOE estuvieron a favor de la exhumación de Franco; ni a la generalidad de los que ven en Vox una esperanza les convence su visión sobre la ley de violencia de género; o el grueso completo de los que confían en Pablo Casado le perdonan a su partido el asunto de los sobres; o la totalidad de los que optan por Unidas Podemos asienten ante su percepción sobre los empresarios que dan trabajo a otros ciudadanos; o algunos de los afines al partido naranja no olvidan que Albert Rivera tenga el 50 por ciento de la culpa de que estemos inmersos en otras elecciones.  

La polarización es la gran equivocación de España. Sobra combustible para que ese resquemor entre dos partes siga ardiendo en nuestras entrañas, pero en algún momento habrá que salir del bucle y mirar más allá de nuestro ombligo; cuánto lloverá antes de darnos cuenta de que somos uno de los países más diversos, culturalmente ricos y sociables del mundo. Pocas naciones pueden alardear de nuestra manera de ver y vivir la vida como conjunto, como generalidad. Eso es lo que hace a España grande en el extranjero, el interés hacia una diversidad y una actitud únicas. Y dentro de nuestras fronteras debería reinar el pragmatismo de lo humano, conscientes de que el ‘facha’ y el ‘comunistoide’ disfruta de las mismas cosas, tienen las mismas preocupaciones del día a día: tener curro, llegar a fin de mes, que el novio o la esposa sean cariñosos, la hipoteca, la educación de sus hijos... ¿Por qué empeñarse en etiquetar y en dramatizar? ¿Por qué nos dejamos llevar como ovejas por ideologías caducas que las fuerzas de poder usan para su propio beneficio? ¿Dónde está el verdadero interés común, las pequeñas cosas que de verdad afectan a nuestra existencia?

Es incomprensible ver cómo la clase política ha perdido la perspectiva, pero más aún comprobar que nosotros también.