La escuela de idiomas con profesores refugiados, modelo de integración posible

Por Carola SOLÉ
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El refugiado sirio Adel Bakkour enseña árabe en Rio de Janeiro, el 20 de abril de 2017

Cuando Hadi Bakkour huyó de Siria, en 2014, lo había perdido prácticamente todo, pero la guerra no le pudo quitar una pertenencia que le ha ayudado a tener una nueva vida del otro lado del mundo: su lengua.

Con solo 19 años, Hadi escapó de Alepo por miedo a ser reclutado por el Ejército de Bashar al Asad y tuvo que dejar atrás su familia y sus estudios de Economía. Tres años después, este joven de larga melena rizada sonríe a la vida y a sus alumnos de árabe en Rio de Janeiro.

'Buenas noches', escribe en árabe Hadi en la pizarra mientras, en perfecto portugués, empieza la clase. En la puerta de al lado, otro refugiado sirio termina su sesión de árabe y enfrente un solicitante de asilo venezolano y otro congoleño enseñan español y francés a sus estudiantes brasileños.

Abraço Cultural no es una escuela de idiomas común. Todos sus profesores -13 en Rio y 14 en Sao Paulo- son o han sido refugiados y su objetivo va mucho más allá de enseñar lenguas.

Se trata de un proyecto pionero, nacido a raíz del Mundial de Refugiados de 2014, que busca integrar a esas personas dándoles un empleo digno y remunerado, a la vez que permite a los brasileños aprender idiomas con profesores nativos.

"Es una idea genial porque crearon un modo de ayudar a los refugiados sin que uno sienta que está recibiendo ayuda. Ganas dinero para pagar el alquiler y al mismo tiempo haces amigos, recibes el amor, el cariño de las personas. Es realmente un abrazo, como una familia", explica emocionado Hadi a la AFP.

Empezar de cero en un país nuevo, con una cultura y una lengua diferentes, nunca es fácil. Pero menos cuando uno viene huyendo de situaciones traumáticas como persecuciones o guerras.

Chantrel Koko, un congoleño que llegó en 2012 a Brasil y que el año que viene espera obtener finalmente su título de Medicina, fue uno de los primeros profesores de Abraço Cultural y cuenta cómo dar clases de francés le ayudó a integrarse al país.

"La llegada no fue fácil (...) y estar en 'Abraço' no sólo me ayudó económicamente. Además, en la clase, uno se siente un poco como en casa y, al salir, hablamos portugués y eso me ayuda mucho", explica este joven espigado.

- Oportunidades, no caridad -

El equipo de Abraço Cultural hace un trabajo importante de capacitación pedagógica y entrega a los refugiados materiales didácticos que siguen el Marco Común Europeo de Referencia de enseñanza de idiomas, pero que buscan romper moldes: en sus libros aparecen por ejemplo más "Mohamed" que "John".

"Cuando estas personas llegan y no consiguen integrarse porque no hablan portugués (...), no tienen interés en aprender y van viviendo en un gueto", estima Carolina de Oliveira Vieira, una de las fundadoras de Abraço Cultural en Rio.

Y aunque a la mayoría de los profesores no les gusta remover el pasado, les encanta compartir con sus alumnos las cosas bonitas de sus países. De este modo, las clases cerca de las playas de Copacabana acaban convirtiéndose en una "pequeña Siria", una "pequeña Gambia", un "pequeño Haití" o, mucho más cerca, una "pequeña Venezuela".

La mayoría de los 9.000 refugiados reconocidos en Brasil son de Siria, Angola o Colombia, pero cada vez hay más solicitudes de asilo de ciudadanos que huyen de la crisis que se vive en el país vecino bajo el gobierno de Nicolás Maduro.

A Javier Mejías, que era maestro de una escuela pública cerca de Caracas, le encanta hablar en sus clases de Simón Bolívar, de las arepas o del Sistema de Orquestas. Y en las llamadas 'Aulas Culturales' que reúnen mensualmente a todos los alumnos del centro, les enseña a bailar salsa.

"Nunca me imaginé que iba a ser refugiado, salí de mi país por obligación. Muchos creen que uno sólo quiere vivir de ayuda y no: más que vivir de la caridad, las personas quieren oportunidades y ayudar al desarrollo de su país y ahora Brasil es mi segundo país... o el primero", dice Javier, que pidió ocultar su nombre verdadero por miedo a represalias.

Aunque en un inicio pocos apostaban por este proyecto de la ONG Atados, las inscripciones no han dejado de aumentar y actualmente hay unos 500 alumnos.

"Me gusta mucho porque me siento parte de algo, siento que estoy contribuyendo a un lindo proyecto de inclusión", asegura Mariana Affonso, una funcionaria de 36 años que está fascinada con el árabe.

Abraço cultural no sólo es un proyecto autosustentable, sino un modelo de integración posible que incluso se quiere replicar en países como Francia, ante una realidad tristemente generalizada.

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