La burbuja digital o el gran demonio de internet

Pongamos que yo busco Barça en Google. Es probable que los resultados que me ofrezca el buscador tengan que ver con el ámbito informativo -por mi trabajo de periodista-. Si la búsqueda la hace un seguidor del Barça le dará otras páginas en las que hacer clic -quizá más sesgadas hacia la idealización del equipo: somos los mejores, eso era penalti, los árbitros conspiran en nuestra contra-. Si quien introduce Barça en Google es un madridista los resultados que obtendrá serán webs que critican al rival -los árbitros favorecen al Barça, etc, etc-.

Es la burbuja de internet. El filtro burbuja de internet.

Es el gran peligro no percibido de la red: sólo nos muestra lo que queremos ver, las visión del mundo con la que estamos de acuerdo. Y nos oculta todo lo demás: otras opiniones, otros sesgos, otras maneras de ver la vida.

Con lo que nos volvemos más radicales en nuestra propia ideología. Más imbéciles. Menos tolerantes hacia la diferencia.

Más ultras. Radicales.

Estamos empezando a vivir la vida dentro de una “burbuja de filtros”, expresión acuñada por Eli Parisier, que, en “El filtro de la burbuja” (editorial Taurus), nos cuenta cómo estamos viviendo, sin ser conscientes, en “universos de información personalizada, burbujas a las que sólo acceden las noticias que coinciden con nuestros intereses y preferencias, lo que limita nuestra exposición a ideas, opiniones y realidades ajenas, y afecta al funcionamiento de la democracia”.

Quizá esa burbuja explique fenómenos como la victoria de Donald Trump en Estados Unidos.

¿Que no es para tanto?

La burbuja nos devuelve un  mundo que se adapta a nosotros a la perfección. Un lugar en el que habitan nuestras ideas y personajes favoritos. No se trata sólo de la personalización de la publicidad, de que las webs nos muestren ese artículo que acabamos de ver en Amazon o nos insistan en machacarnos con anuncios de talleres porque hemos buscado cuál es la presión de la rueda de nuestro coche, o nos suban la prima del seguro médico porque acabamos de consultar rutas para ir de turismo mochilero este verano.

La burbuja es peligrosa precisamente porque va más allá de la publicidad, y también porque no la vemos. Nos muestra en Facebook las opiniones de los amigos con los que más congeniamos -porque hemos clicado más en sus enlaces-. Nos ofrece en Tinder las parejas que piensan como nosotros. Nos selecciona las noticias con las que estamos de acuerdo. Nos ofrece un restaurante para ir a cenar. Todo siguiendo el rastro de intereses que hemos ido dejando en la web. “Quedamos atrapados en una versión estática y cada vez más limitada de nosotros mismos, en un bucle infinito sobre nosotros mismos”.  Apenas hay margen para aprender, para los encuentros casuales, para otros puntos de vista que nos hagan más sabios y tolerantes.

Y todo esto, en un mundo online en el que cada vez pasamos más horas, y en el que ya no somos nosotros los que vamos a buscar la información a prensa online -que también están comenzando a aplicar esos filtros y a mostrar sus homes diferenciadas para cada usuario- sino que es esa información sesgada la que viene a buscarnos a nosotros a nuestras redes sociales, metiéndose en nuestros móviles y en nuestros ordenadores.

Sin que seamos conscientes de ello.

 

 

 

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