La aversión a los pequeños agujeros tiene un valor evolutivo

La tripofobia, que se define como repulsión a las figuras geométricas con patrones repetidos o de manera más simple “asco a los agujeros” –como los que aparecen en un panal de abejas o un fruto de loto–, puede ser más común de lo que pensamos. De hecho, puede que incluso tenga un alto valor evolutivo que hasta ahora se había pasado por alto, tal como se explica en un artículo reciente.

Antes de continuar, hay que decir que la tripofobia no se recoge en los manuales habituales. En salud mental se emplean varios textos que, digamos, reconocen oficialmente qué es y qué no una fobia. De momento, la tripofobia no se reconoce en estos manuales, aunque no sería extraño que esto cambiase.

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El fruto del loto, otra de las estructuras que dispara la tripofobia. Foto de Business Insider.

Los científicos responsables del estudio partían de una serie de ideas muy simples. La primera, que hay un número importante de gente que declara sentir aversión por estos patrones geométricos. Lo que implica que la tripofobia existe. Lo segundo, que muchas de estas fobias tienen una base biológica, ya que en algún momento sirvieron para mejorar la supervivencia de los humanos.

Y la tercera, que existe un reflejo fisiológico a estas fobias. El conocido como reflejo de lucha o huida (fight-or-flight en inglés) o en términos técnicos, la hiperexcitación. Cuando nos enfrentamos a una situación que reconocemos como peligrosa, nuestro cuerpo reacciona de manera instintiva: aumenta la frecuencia cardíaca y respiratoria, se dilatan los vasos sanguíneos de los músculos y se dilata la pupila, entre otros muchos. Todos ellos preparan al organismo para o bien enfrentarse al peligro o bien tener mejores posibilidades de huir. Y al menos uno de ellos, el tamaño de la pupila, es fácil de medir.

Con todo esto, los investigadores pusieron en marcha un experimento muy sencillo. Primero solicitaron voluntarios, y escogieron a aquellos que declaraban no tener tripofobia. Este punto es importante, ya que si las personas estudiadas sufriesen la fobia los datos no serían tan relevantes.

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Una vez seleccionados los individuos a estudiar, se les mostraron imágenes de patrones geométricos repetitivos como los que disparan la tripofobia. Había tanto estructuras naturales –como el citado panal de abejas– como fabricadas por el ser humano. Mezcladas se encontraban otras imágenes que suelen provocar fobia, como serpientes o arañas, y también placenteras.

Al medir la respuesta fue cuando surgieron las sorpresas. Porque la dilatación de la pupila de los voluntarios no cuadraba con lo esperado. Al revés, en casi todos los casos se daba una contracción clara de la pupila. Es decir, que los patrones geométricos disparaban una reacción, pero no la de lucha o huida que se pensaba. Lo que ocurre es que los patrones geométricos no producen miedo, si no asco. Que es algo muy distinto. Pero el cuerpo también responde ante estos estímulos, aunque de manera diferente.

Y aquí es donde entra la explicación evolutiva. Los patrones geométricos no generan miedo porque, en nuestros orígenes, no lo suponían. Pero sí un peligro de otro tipo. Este tipo de patrones aparecen en comida en descomposición, en productos enmohecidos o en enfermedades contagiosas. Por lo tanto, resulta inteligente mantenerse alejados de ellos. Y sentir asco consigue precisamente eso.

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