Kim Pérez: la historia de la activista trans en huelga de hambre contra Vox

A sus 77 años ha conseguido que su discurso combatiendo el odio contra este colectivo tenga hueco en la convulsa agenda política. Y vaticina sus temores sobre el partido de Abascal: “Llegará el día en el que sea el principal partido de la derecha española”.

Pérez tira de heráldica para justificar su faceta batalladora. Desde María Pérez de Villanañe, ‘la Varona de Castilla’, que venció en combate al rey Alfonso I de Aragón; a su tatarabuelo Alfonso Pérez Montejo, un judío secreto testigo de la caída de la Inquisición que durante tres siglos castigó a su familia. De este último heredó una oración que se apresura a recordar: “Seas tú, Dios mío, mi ayudador y salvador. Y aunque mis enemigos me persigan, ellos se debilitarán y caerán; y con esta esperanza no temerá mi corazón”. Hoy, los Pérez siguen plantando batalla; y Kim no duda: “Vox es mi enemigo”.

Kim Pérerez sujetando con sus manos la bandera española y la del colectivo trans / Foto: Fernando Ruso

La tranquilidad de la que gozaba Kim Pérez a sus 77 años se vio quebrada en el recuento de las pasadas elecciones andaluzas. Los doce escaños conseguidos por el partido de Santiago Abascal sacudieron la apacible vida de jubilada de esta activista trans, la primera transexual que se presentó como candidata a unas elecciones municipales en España. Sus pinitos en la política, allá por el año 2007 y en Granada, llegaron después de décadas de lucha y una transición de género tardía a los 50 años.

Durante todos estos años, Pérez siempre ha mantenido cercana una oración que le legó su tatarabuelo: “Seas tú, Dios mío, mi ayudador y salvador. Y aunque mis enemigos me persigan, ellos se debilitarán y caerán; y con esta esperanza no temerá mi corazón”. Gracias a estas líneas, repetidas a modo de mantra durante años, la activista ha conseguido reunir fuerzas para emprender una nueva batalla al declararse en huelga de hambre por el auge de Vox en Andalucía.

“A los judíos secretos le decían los ‘marranos’ y él siempre temió a la Inquisición”, recuerda la granadina. “Ahora Vox ha puesto una diana sobre las personas trans, nos ha señalado, nos amenaza y es mi enemigo; y profundamente mantengo que se debilitará y caerá, y con esta esperanza no temerá mi corazón”.

En la casa de Pérez no para de sonar el teléfono. El zumbido constante interrumpe en no pocas veces la conversación que durante algo menos de tres horas la activista mantiene con los periodistas de este medio. Hay llamadas de todo tipo, desde quienes se interesan por su estado de salud a programas de radio para que acceda a una entrevista apresurada en directo. Pese a las distracciones y cansada por días sin haber probado bocado, mantiene un diálogo fresco y beligerante contra la derecha andaluza.

Pocas veces se levanta de su sillón y cuando lo hace siempre va agarrada a cualquiera de los que desde hace días no la dejan sola. Anda con torpeza, aunque aguanta estoica la sesión de fotos que acompaña a estas líneas. Sobre la mesa de camilla hay un ordenador portátil y un vaso con una bebida isotónica.

Reacciones políticas a su huelga

Con la voz ronca, explica que tras su declaración de huelga de hambre, todos los partidos políticos con representación en el Parlamento de Andalucía, a excepción de Vox, se han puesto en contacto con ella. Desde Susana Díaz, con quien mantuvo una larga conversación telefónica, a dos representantes del PP, de quienes no da los nombres, aunque asegura que son de la alta dirección de Madrid y Sevilla. También le ha escrito Teresa Rodríguez, de Podemos; y ha podido hablar con el líder de Ciudadanos en Andalucía, Juan Marín, que le insistió repetidas veces que ellos nunca estarían a favor de la política del partido de Abascal contra las personas trans.

La activista recibe continuamente alertas de Facebook mientras continúa con su huelga de hambre / Foto: Fernando Ruso

“Ciudadanos me tomó en serio”, narra orgullosa. “Creí que con la huelga podía influir en la negociación y solo 24 horas después tenía al teléfono a Marín —desvela Pérez—; él me dijo que estaría con nosotras”.

—¿Y a Díaz no le propuso que se abstuviese para hacerle el ‘cordón sanitario’ a Vox?

—No, pero como cualquier ciudadana, pienso en por qué no lo ha hecho. El problema de Vox se podría haber soslayado simplemente renunciando a sus intereses personales y poniéndose en manos de unos intereses compartidos con otros. Pero habrá algunas razonas que se me escapan.

Nadie en el entorno de Pérez esperaba la llamada de Díaz. En esa conversación, que luego amplió en una carta, la expresidenta de la Junta pedía a la activista que abandonase su protesta para no poner en riesgo su salud. Aprovechando la oportunidad, la socialista instó a “luchar” para que “no se dé ni un paso atrás en todo lo que hemos conquistado en este tiempo”.

Kim Pérez estuvo presente en la aprobación de la primera ley autonómica en la que se reconocían los derechos de las personas trans. En el año 2014, Andalucía se situó a la vanguardia mundial con una norma que garantizaba la atención sanitaria a este colectivo, que venía sufriendo una patologización histórica. Su alegría de entonces contrasta con la desolación de ahora.

Los trans, “en el punto de mira”

Entre las medidas propuestas por Vox para apoyar la investidura como presidente de la Junta del ‘popular’ Juan Manuel Moreno Bonilla se incluía un punto, el número 56, que hace referencia directa al colectivo trans: “Suprimir en la sanidad pública las intervenciones quirúrgicas ajenas a la salud (cambio de género, aborto…)”.

“La postura de Vox es la siguiente: los trans son los culpables de un despilfarro en la sanidad española”, critica Kim Pérez. “Nos pone en el punto de mira, se nos castiga —sigue—; y eso tiene un efecto perverso porque lleva a otro razonamiento. ¿Por qué voy a respetar a una persona trans? ¿Por qué no darle una paliza solo por el hecho de serlo? ¿por qué no reírme de ella?”.

Pérez también critica la desinformación en torno a las operaciones de cambio de género que se dan en Andalucía. “Dos al mes, no hay más; si se piensa en todos los quirófanos andaluces funcionando se comprueba que esas dos operaciones son casi invisibles; el coste para la Seguridad Social es mínimo, pero ellos nos mencionan en su programa”, critica.

—¿Otra opción que blindaría los derechos de los transexuales, en Andalucía y fuera de ella, es la aprobación de la Ley Trans estatal, que está a punto de cumplirse un año desde su registro?

—Todos sabemos que en la política española hay otras aspiraciones, hay un especial interés por darse la lata los unos a los otros, y eso acaba siendo un desbarajuste, sobre todo en la izquierda.

La situación por la que, a su juicio, está atravesando el colectivo trans hace que Pérez rememore su etapa de escolar en el colegio de los Escolapios de Granada. Nunca le gustó ese colegio de niños. “Esto es una metáfora, porque el colegio de monjas del Sagrado Corazón, para niñas, era encantador —rememora—; tenía con la tarima de madera encerada, por las ventanas entraba el sol a raudales”.

Kim Pérez ante un cuadro de gran formato pintado por su bisabuelo José Martínez de Victoria / Foto: Fernando Ruso

El nuevo destierro de Kim

“Los niños eran muy ásperos, no violentos, pero ninguno de ellos quería nada conmigo”, recuerda la activista. “Me dejaban sola, o solo, en el recreo y no podía formar amistad con ninguno de ellos. El verse no integrado en un grupo, el sentirse desterrado, fue como una sentencia suprema”.

De su etapa escolar viene su nombre, Kim, “por Kim de la India”, un cuento de Kipling”, detalla. También válido para él o ella, “como la actriz Kim Novak o Kim Philby, el famoso espía de la Guerra Fría”.

Pérez vivió su transición de género como profesora de Ética en un instituto de Secundaria a los 50 años, aunque desde joven tuviese la certeza de que algo no encajaba. “Desde los doce años supe que no me ajustaba al sexo masculino”, confiesa. “Soy femenina en muchos aspectos, por mi forma de ser o mi forma de gesticular —sigue—; pero encuentro dificultades para decir que soy como cualquier mujer”. “Yo no soy como cualquier mujer: ni soy masculina ni puedo ser femenina completamente”, zanja.

La disforia de género le trajo el sentimiento de culpa y un trastorno obsesivo compulsivo. A los 19 años ingresó en una clínica psiquiátrica en la que la trataban provocándole cada mañana comas insulínicos. “Algo muy fuerte, era una barbaridad”, recuerda. “Vivía rodeado de hostilidad y llegas a creerte culpable, por eso me lavaba las manos con ansia para limpiarme de la culpa”, justifica la activista.

“Por fortuna mis padres pudieron pagarme el tratamiento psiquiátrico, pero una persona que está abandonada por la sociedad puede reaccionar de muchas maneras —razona—; la peor: el suicidio, que es habitual en el colectivo”. “Y ese es el coste mayor, porque es perder una vida humana; y a eso conduce esta alegre supresión de derechos que ya estaban adquiridos que propone Vox”.

—¿Este miedo está más ligado al discurso que a la capacidad de Vox de imponer su criterio, dada la actual configuración y peso en el Parlamento?

—Vox es una operación de largo alcance. Sabemos que está entroncado por poderes como Trump o como Bolsonaro. Vox es la versión española de un movimiento que está extendiéndose por el mundo. La estrategia de aliarse con Ciudadanos o el Partido Popular es algo coyuntural; porque ellos han venido para devorar al Partido Popular, a Ciudadanos y a todo el que se le cruce en su camino. Si creemos que es el aliado menor, estamos muy equivocados. Ya se está absorbiendo al electorado del PP y llegará el día en el que Vox sea el principal partido de la derecha española.

Su huelga de hambre ha durado seis días. Cuenta Pérez que los primeros cinco los pasó bastante bien, con fuerzas físicas y con la capacidad intacta para mantener discusiones con quienes la llamaban por teléfono para que depusiera su protesta. La sexta jornada fue diferente y empezaron a producirse los primeros signos de malestar: la lengua azul, pérdida de fuerzas.

Una huelga por partes

En Urgencias del hospital le comunicaron que las constantes estaban normales, que solo padecía una ligera deshidratación, pero en mitad de la consulta se desmayó. Estuvo unos veinte segundos sin consciencia virando el color de su piel a la palidez más absoluta. El cuadro fue tal que los médicos le desaconsejaron mantenerse en huelga de hambre. “Claro, ese es su papel”, responde entre risas.

Solo entonces, decidió Pérez interrumpir su protesta. Lo hizo con un vaso de leche poco antes de la llegada de los reporteros de este medio a su casa, siete días después de iniciar su huelga. Y estaba convencida. “Ahora me toca reponerme”, aseguraba.

Yo no estoy para suicidarme, porque estoy al principio de una batalla que será dura y fuerte, y no quiero que mi bando tenga una combatiente menos a la primera de cambio”, respondía con voluntad férrea.

Pero solo un día después, Pérez publicaba un nuevo mensaje en Facebook anunciando que retomaría la huelga de hambre. “No pensaré en médicos, aunque se lo agradezco. No volveré a comer mientras que algunos partidos piensen que es posible tratar a Vox como si fuera un igual”, confirmaba.

Kim Pérez llevó a cabo su transición de género de manera tardía, a los 50 años de edad / Foto: Fernando Ruso

En su charla con los periodistas de este medio, Pérez recordaba a las carolinas, las primeras transexuales que se manifestaron en el mundo. Fue en el año 1931, en Barcelona y contra una norma del ayuntamiento que las humillaba.

—¿Va a ser ahora también esa primera fuerza de reacción contra Vox?

—Sí, es algo inherente a nosotros. Me alegra muchísimo la repercusión que ha tenido mi protesta, pero el problema, Vox, sigue ahí. Y no podemos dejar que ellos hagan lo que un día hizo Hitler o Mussolini, que fue camelarse a la gente; que encontrara un eco de sus problemas en aquello que parecía resolverlo todo.

En su salón, ocupando un papel protagonista cuelga un cuadro de gran formato pintado por su bisabuelo José Martínez de Victoria. En el se representa la controversia entre los médicos del siglo XVI que eran galénicos y los nuevos médicos, los novatores, los innovadores. Con ironía, el autor recoge, “con una estampa muy española” —apunta Pérez—, como ambas partes llegan a las manos. A escasos metros de él, en un sofá repleto de libros, hay tres banderas plegadas: la arcoíris del movimiento LGTBI, la trans y la de España.

—¿Qué le diría a un votante de Vox?

— [Reflexiona por unos segundos]. A un votante de Vox… le diría que durante los últimos cuarenta años se han cometido errores. Sin embargo, España ha sido feliz. Desde la Transición hemos avanzado hacia la reconciliación, hacia la simpatía mutua, la prosperidad. Hemos trabajado mucho. ¿Vale la pena ahora echar abajo aquello que hemos construido colectivamente? Derecha e izquierda ha sabido estar durante cuarenta años en un respeto y silencio mutuo, que era básico para que la sociedad sobreviviera. La izquierda debía olvidarse de las heridas provocadas por la derecha; y la derecha, de las de la izquierda. Debía prevalecer el hecho de darse la mano. Si fuésemos capaces de asumir que podemos llevarnos bien, que lo hemos hecho bien durante los último cuarenta años, que hemos sido un ejemplo de todo el mundo… ¿porqué volver ahora al juego español de pelearnos unos con otros? ¿A dónde nos puede conducir esto?

Entre tanto, Kim Pérez repite la oración que heredó de su abuelo: “Y aunque mis enemigos me persigan, ellos se debilitarán y caerán; y con esta esperanza no temerá mi corazón”.