La absurda solución de un senador republicano para el cambio climático: tener más hijos

Jesús Del Toro

Es sabido que dentro del Partido Republicano de Estados Unidos existe una resistencia, en diversos grados, a aceptar que el cambio climático es real, creado por la actividad humana y que podría mitigarse modificando esa actividad para reducir los factores que catalizan el calentamiento global.

Pero aunque ese debate en realidad ha sido desde hace tiempo resuelto por el consenso de la enorme mayoría de los científicos del mundo –que responden sí a las cuestiones mencionadas– muchos republicanos aún lo niegan o lo matizan de modo sustantivo. Algunos incluso llegan al ridículo y, con ello, se demeritan ellos mismos.

Es el caso del senador Mike Lee, quien al dar un discurso en el Senado para justificar su rechazo al llamado Green New Deal (Nuevo Trato Verde), la iniciativa ambientalista de la izquierda progresista estadounidense, recurrió a burlas, escenas de dibujos animados y afirmaciones equívocas. Es claro que Lee se opone ideológica y prácticamente a ese esquema, y al parecer no entiende ni le interesa atender ahora la grave amenaza del cambio climático, pero que lo haya hecho con una argumentación frívola y de muy reducido nivel ciertamente no le ayuda a su posición ni contribuye al debate.

Algunos señalan que ni siquiera ofreció, en términos meramente histriónicos, una buena comedia.

Mike Lee/Vía HuffPost
Mike Lee/Vía HuffPost

Pero sorprendió en especial que su propuesta para contener el cambio climático, la crea o no, haya sido especialmente absurda y cargada de humor involuntario: que la humanidad tenga bebés. Lee dijo en el Senado, de acuerdo al crítico relato de New York Magazine:

“El cambio climático es un problema de ingeniería, no de ingeniería social sino de la de verdad. Es un reto a la creatividad, el ingenio y la invención tecnológica. Y problemas de la imaginación humana no se resuelven con más leyes sino con más humanos… La solución al cambio climático no es esta nada seria resolución [el New Green Deal] sino el serio negocio del florecimiento humano, la solución de muchos de nuestros problemas en todos los tiempos y en todos los lugares: enamorarse, casarse y tener algunos hijos”.

La exaltación de la imaginación y el talento humano y el deseo de amor y familia son ciertamente válidos y aluden a situaciones deseables, pero no tienen una conexión con el tema a abordar: ¿sugiere Lee que al tener bebés la humanidad, décadas después en el futuro, contará con talentos en ingeniería capaces de crear sistemas y tecnologías que mitiguen controlen el cambio climático o sus efectos? Esa es una posibilidad, pero no hay certeza alguna de que pueda darse con la prontitud y las características necesarias. Es una posibilidad obvia pero no una solución al cambio climático.

Ciertamente, es factible que en un grupo mayor de personas haya más posibilidades de que surjan genios científicos. Pero eso no ha sido a lo largo de la historia necesariamente una cuestión que se base meramente en la cantidad. Y, a la par, sin una conciencia ecológica también podría haber en el futuro más personas con conductas contaminantes y depredadoras del medio ambiente.

Y, en realidad, así fuese el caso, Lee perdió la noción de la temporalidad: los bebés que nazcan, digamos, dentro de nueve meses tras el llamado a la procreación de Lee no estarán en capacidad de desempeñarse como ingenieros y científicos sino hasta dentro de al menos un cuarto de siglo, posiblemente más. Para entonces, si las tendencias siguen como hasta ahora, el cambio climático será tan profundo que ya será irreversible y con impactos fuertes y crecientes.

Quizá un bebé nacido en 2019 podría, allá por 2050, resolver un problema de ingeniería para impedir que una ciudad quede sumergida por el alza de los océanos, pero el desequilibrio medioambiental para entonces mayúsculo y esas medidas paliativas resultarían insuficientes y solo asequibles para las regiones más ricas. De lo que se trata es trabajar hoy para reducir esos efectos futuros en todo lo posible.

Por ello, esperar a que los bebés se conviertan en genios ingenieros para resolver el cambio climático es, a lo más, una broma sarcástica o una muestra de profunda ignorancia de lo que realmente son el cambio climático y sus implicaciones.

El New Green Deal es controversial, y muchos consideran que se trata más de una resolución que marca ideales y aspiraciones que de una ruta viable. Y algunos lo critican por cuestiones financieras (el alto costo de sus propuestas de transformación económica-energética) o ideológicas (implica un intervencionismo estatal importante y una perspectiva socializadora), pero en todo caso está formulada con una lógica y una perspectiva específicas, que produce en unos entusiasmo y disposición a la acción y en otros rechazo o refutación.

La propuesta de Lee, en cambio, genera risa, decepción y desconfianza en el nivel del debate político de ciertos legisladores.

El debate sobre la natalidad y el futuro del planeta

Con todo, considerando que ciertamente la humanidad necesita reproducirse para subsistir, también hay datos que plantean que ante las ominosas perspectivas que plantea el cambio climático (incluso de las resistencias a enfrentarlo en importantes sectores) la motivación o la intención para tener hijos, sobre todo en la población joven, está a la baja.

La perspectiva de que el planeta en las próximas décadas podría estar asolado de problemas y males crecientes, a causa del cambio climático y de sus negativas consecuencias en ámbitos ecológicos, sociales y económicos, hace a muchos dudar de querer traer hijos a ese mundo. Los riesgos, las lacras y amenazas que podrían enfrentar las nuevas generaciones en ese escenario futuro generan conflicto en muchas personas, en parte temor y preocupación por lo que sus hijos tendrían que vivir y sufrir y en parte culpa por ser una generación que no habría hecho lo suficiente para prevenir esa debacle.

Es indudable que dejar de tener hijos por completo supondría el fin de la especie y por ello resulta una noción improcedente, y que la inquietud sobre el destino de los descendientes, existentes o potenciales, es ciertamente un sentimiento punzante y real.

Pero aunque es cierto que el incremento poblacional implica un mayor consumo de recursos y mayor contaminación –situaciones problemáticas en la actualidad y que lo serían aún más en un futuro deteriorado por el cambio climático– la noción del control poblacional y la planificación familiar no son nuevas: en realidad, políticas al respecto se han aplicado en muchos países en modos e intensidades diversos (la política del hijo único en China es un ejemplo extremo) y es técnicamente cierto que un país con recursos limitados tiene mejores posibilidades en el futuro con una población menor que con una mayor, suponiendo ciertamente que se mantenga un balance generacional y no se caiga en una decadencia poblacional o en un esquema totalitario.

Una baja en la natalidad se ha dado también por otras razones: en los países desarrollados, por ejemplo, esta no ha sido efecto necesariamente de políticas públicas sino de transformaciones socioeconómicas que han llevado a las personas a tener menos hijos y a diferir la procreación a una edad más tardía que en el pasado.

Y en todo caso, el control de la natalidad o su promoción no puede darse desde posiciones autoritarias o de coerción, ni ser arma o herramienta para someter o acotar a una cierta población.

Otros, que desean tener familia, prefieren la adopción, una solución que es también auspiciosa.

Pero, en realidad, las nociones de no desear tener hijos, o preocuparse por el futuro de los niños presentes y por venir, si bien tiene un componente de inquietud social es también una cuestión de suyo personal: muchas personas no desean traer hijos a un mundo en desolación, como podría ser el de décadas futuras ante severos efectos del cambio climático, y esa inquietud no es exclusiva de un solo grupo socioeconómico o ideológico, al menos en Estados Unidos, pues como se comentó en The New York Times personas de diversas orientaciones políticas y religiosas experimentan esos miedos y esas dudas.

Ciertamente habrá quien opta por no tener hijos no tanto por el futuro de su progenie sino por la rudeza de su presente: jóvenes que prefieren no crear una familia porque perciben que su realidad actual ya es dura y tener un bebé alteraría dramáticamente su nivel de vida y sus posibilidades.

A escala global es intensa la exigencia social de actuar para proteger el medio ambiente, frenar los factores que generan el cambio climático y para mitigar sus efectos presentes y futuros. (EFE)
A escala global es intensa la exigencia social de actuar para proteger el medio ambiente, frenar los factores que generan el cambio climático y para mitigar sus efectos presentes y futuros. (EFE)

Sea como sea, dejar de tener bebés podría mitigar los temores de algunos pero en sí no es tampoco una solución al cambio climático pues el nivel de consumo presente, la emisión de gases que catalizan el calentamiento global, la contaminación ambiental y la devastación de los sistemas son hoy ya muy graves y aunque súbitamente dejaran de nacer personas durante varios años eso no solucionaría en sí los problemas presentes y sus inercias. Y, en realidad, la merma de una generación resultaría muy nociva para la población en general en el futuro.

Y, finalmente, abstenerse de tener hijos (o tenerlos) pero mantener patrones de consumo y contaminación destructivos como los actuales resulta improcedente, una carrera al abismo.

Así, la solución para que los niños (y los adultos actuales) tengan un mundo futuro mejor es trabajar hoy para propiciarlo, y ese es en gran medida el ideal del Green New Deal. Si sus planteamientos son realizables o deseables en la intensidad, las modalidades y los plazos planteados es ciertamente materia de debate, pero en todo caso es clave que solo con conciencia ecológica y un compromiso firme con la preservación del medio ambiente, la actividad sustentable y de beneficio social podrá lograrse un futuro auspicioso. Y la acción no puede posponerse.

Por ello, se tengan uno, alguno o muchos bebés, o ninguno, la educación y la formación de esa conciencias y la acción al respecto son decisivas. Es en ese sentido que el New Green Deal se impone a la burda crítica de Lee: el primero plantea acciones para el futuro y es desde luego perfectible, el segundo sugiere que no se ha comprendido en realidad lo que se trata el presente y el futuro en relación al cambio climático. El Green New Deal, por otro lado, no sería el único camino, pero sí es necesario hoy la discusión, la crítica y la aplicación de políticas y regulaciones que permitan ofrecer un futuro digno a las nuevas generaciones. Pero la posición de Lee, en contrapelo de su propuesta reproductiva, parece en realidad estéril.

Sigue a Jesús Del Toro en Twitter: @JesusDelToro