Lágrimas, abrigos, té y orgullo: la despedida a Isabel II en Londres

·6 min de lectura
© Tom Nicholson / Reuters

Las bajas temperaturas y las largas filas para darle el último adiós a la Reina, lejos de ser un obstáculo, son un aliciente adicional para miles y miles de personas que cada día llegan al costado sur del rio Támesis. Crónica desde Londres.

Es un día soleado, pero helado. El cielo de Londres está particularmente azul y más despejado de nubes, pero el pintor Peter Brown utiliza un azul claro y grisáceo al mismo tiempo para retratar la escena.

Sabe que en Londres puede llover en cualquier minuto. Lleva dos días en la esquina del Lambeth Bridge retratando a las multitudes que no despegan, las filas que parecen no acabarse para despedir a la reina Isabel II.

En este punto, aunque quedan horas de espera para los peregrinos, ya pueden respirar. El Palacio de Westminster, el impresionante Parlamento Británico, ya está cerca.

En un día normal, la caminata es de entre 10 y 15 minutos.

A lo largo de la fila, también miles de voluntarios entregan botellas de agua a los peregrinos y les exigen levantar el brazo para ver una manilla amarilla, que es hoy como un objeto de lujo porque certifica que han hecho la fila desde el principio.

Niza es chilena y ha vivido en Londres por 20 años. Levanta el brazo con su manilla, como si estuviera a punto de cruzar la meta, pero una barrera de metal aún no le permite seguir.

"Fue una gran lady. Una buena monarca, una buena persona. Lo dio todo por este país, por el mundo entero. Así que estoy agradecida con la corona", afirma.

Lejos de quejarse, los peregrinos dicen que han tenido la oportunidad de leer ese libro que tenían pendiente y hasta de hacer nuevos amigos. Comparten su té, sus snacks y sus vidas. El tiempo de espera oscila entre 11 y 16 horas.

Algunos llevan sillas portátiles, pero la fila va avanzando tan rápido que no les permite ni siquiera abrirlas.

La cola es un gran desafío para el cuerpo y la mente. Constantemente, sacerdotes se acercan al público para darles fuerza.

"Estamos para escucharlos. Ellos están hablando de los seres queridos que perdieron, esto los trae de vuelta. Por ello, algunos se sienten muy tristes y otros agradecidos", cuenta el padre David Bell mientras camina en dirección al final de la fila.

Deber cumplido

Anita y su padre estuvieron en la cámara ardiente de Isabel II apenas 7 minutos, tras una espera de 6 horas y media "que valieron toda la pena". "Era sombrío, extremadamente sombrío. Mucho silencio, si se cae un alfiler, podías escucharlo. Muy emotivo".

Ella tenía una razón adicional para despedirse de la reina Isabel: "Mi papá, Manu, visitó en cámara ardiente a Winston Churchill y quería ver a la reina".

El honor de un velatorio en Westminster Hall está reservado únicamente para los reyes. Una excepción se hizo en 1965 para el héroe de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, quien, curiosamente, fue también el primer premier de Isabel II.

Por su parte, Sandra observa con detenimiento el cuadro que está a punto de terminar Peter. En este, las personas no tienen cara. Aunque el pintor asegura que uno de ellos, con un gorro gris, es la estrella del futbol inglés David Beckham.

Sandra cuenta que pudo entrar al velatorio tras pasar 10 horas en la fila, toda la noche, luego su jornada laboral: "Fue muy emotivo".

Una vez en Westminister Hall, ese salón enorme que tiene 900 años de historia, y después de pasar una seguridad tan estricta como la de un aeropuerto, finalmente los peregrinos pueden empezar a bajar las escaleras que los llevará en pocos pasos al ataúd de Isabel.

El féretro, hecho en roble, está ubicado sobre una plataforma morada y cubierto con la bandera de la monarca.

Sobre él reposa el símbolo de la reina: la invaluable e impresionante corona de Estado que tiene más de 2.600 diamantes y cientos más de piedras preciosas.

Este es custodiado las 24 horas del día por soldados de tres regimientos diferentes, todos al servicio de la monarca, y todos con uniformes rojos con dorado.

Olor a flores

Son tantas las millones de flores que han llegado a las afueras del Palacio de Buckingham desde que se anunció la muerte de Isabel II que se ha pedido al público dejarlas en el vecino Green Park.

Caminando un par de minutos se descubren los primeros árboles, con miles de ramos alrededor. Priman las flores blancas, las rosas de colores y, sobre todo, los girasoles.

La mayoría de arreglos tienen mensajes sentidísimos en los que abundan las palabras "gracias" y "te vamos a extrañar". Muchos son hechos por niños, con corazones de colores vivos. Otros tienen los colores británicos: rojo, azul y blanco.

Mientras ponía su ramo de flores, Caris ha empezado a llorar. "Es un momento muy emotivo. Tengo muchas emociones revueltas, es muy triste. Hay un ambiente sombrío y tristeza. Lo puedes sentir", revela.

Sandra trabaja en St. James' Park, otro parque enorme, vecino de Buckingham, y hace todos los días y noches la misma ruta.

Hoy se ha detenido, antes de iniciar su jornada en el Green Park. Lleva un ramo de flores blancas que ha puesto con delicadeza sobre el pasto, que ya está tornándose amarillo.

"Estoy muy triste. Es un día muy triste para este país. Ella (la reina Isabel II) ha estado en mi vida toda mi vida", insiste.

Siguiendo los pétalos caídos de las flores, por el camino un poco empantanado por la lluvia que a veces se asoma, están Sam y su hijo Lui, quien es militar y estuvo al servicio de Isabel II.

Cada uno vive en una ciudad distinta de Inglaterra, pero se han encontrado en Londres para traer flores blancas a la difunta monarca.

"Es un privilegio estar acá", dice Sam. "Ha sido un privilegio servirle. Me siento triste que se fue, pero estoy listo para servir al nuevo rey", añade Lui.

En tanto, Melani camina dubitativamente mientras esquiva las barreras de seguridad puestas por la Policía tras la muerte de la reina, alrededor del Palacio de Buckingham, al que Isabel llamaba "oficina".

Ha pausado su recorrido varias veces, buscando encontrar el mejor ángulo para tomarse una selfie en la que aparezca la residencia oficial de la monarquía en Londres, cuya bandera ondea con fuerza a media asta.

"Es el lugar donde debes estar, ¿no? Ella hizo tanto por nosotros. Ella era una señora increíble que hizo mucho por nuestro país", sentencia.

Peter pintó el Palacio de Buckingham un día después de la muerte de Isabel II y seguramente, querrá retratar la Abadía de Westminster. Allí donde los más poderosos del público y otras millones de personas le dirán adiós a la única reina que han conocido.