Karim Benzema, el silencio entre titanes

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Karim Benzema volvió a dar un recital de saber estar en un Clásico. Foto: Helios de la Rubia/Real Madrid via Getty Images.
Karim Benzema volvió a dar un recital de saber estar en un Clásico. Foto: Helios de la Rubia/Real Madrid via Getty Images.

Cuando va de Clásicos, poco importa si hay que viajar a Arabia, si es una semifinal o una ronda de treintaidosavos, si compiten en un torneo de volley playa o incluso si uno de los contendientes bajo mínimos. No hay tregua ni piedad porque Real Madrid y Barcelona pelean por su honor. Y en esa lucha titánica, en la que parece por un instante que el todo será todo y nada será nada, irrumpe el silencio. Karim Benzema es la paz.

En una postal instagramieca, en la que culés y merengues miden sus egos ante la atenta mirada de todo el planeta fútbol, en el que unos y otros aparentan lo que son si nunca quieren dejar de serlo, el francés volvió refugiarse en sí mismo y abrazó la más pura esencia de su fútbol. Sin ruido, sin gritos, sin alteraciones. Mientras a su alrededor todos libraban lo que creían que era una de las batallas de sus vidas, en la cabeza de Karim solo retumbaban los ecos de la lista "Peaceful Meditation" con la que había meditado a media tarde.

Ese agobio, ese ansia por ganar y por llegar cuanto antes a mañana, propio de los jóvenes, propio de los Clásicos y propio de los jóvenes que jugaron el Clásico, algunos –Gavi, Araujo, Abde...– nacidos con el nervio dentro, para más inri, fue un ovillo en los pies del gato. Cuanto los culés más querían ir, Benzema más volvía. El gato y el ratón, pero al revés.

Sorprendió pues la premisa de Xavi, que los ha sufrido y disfrutado en sus carnes como pocos, de no enfocar las atenciones de su plan específicamente sobre las figuras del francés y de Luka Modrić, que acompañó a Karim en su travesía con el modo estrella del Super Mario activado. Xavi se desentendió de ellos y los humanizó soñando con el punto de inflexión al que la victoria llevaría tanto a su equipo como a su discurso. Y se equivocó, como sus decisiones reconocerían por él 45 minutos más tarde.

En un partido que Benzema lleva más de 10 años calcando contra los equipos "grandes", que son los que quieren mandar, los que están acostumbrados a ello, los que quieren ganar porque no se pueden consentir perder, los que presionan, los que insisten, los que se arriesgan porque se saben mejores, el francés volvió a ser impecable e impoluto. Indefendible, porque no existe receta técnica, física o táctica capaz de reducirle cuando cae, se desliza y reconstruye la jugada hacia un nuevo horizonte. Las únicas curas no son tal, sino parches que nunca alcanzan a cubrir la herida por completo: o diseñas un partido para que las intervenciones del "9" carezcan de viabilidad como ventajas en sí mismas, le cedes los espacios antes de que te los conquiste... o estás perdido.

En ese tramo inicial, Modrić, contra la valiente, pero temerosa presión culé, se escapó una y otra vez hasta llegar a Benzema, que sacó de paseo a cada central azulgrana para que Vinicius, en su rol "clavo", fijo, abierto, paciente, como aprendió y no volvió a soltar en aquella eliminatoria del Covid ante el Liverpool, atacara la espalda de la elevada defensa culé con arrancadas imposibles y trayectorias de todo tipo. Y acertara, claro. Asistido por la religión del benzemismo, al brasileño tampoco le tembló el pulso.

RIYADH, SAUDI ARABIA - JANUARY 12:  Karim Benzema and Vinicius Jr. of Real Madrid celebrates after scoring the 1-2 at King Fahd International Stadium on January 12, 2022 in Riyadh, Saudi Arabia. (Photo by Helios de la Rubia/Real Madrid via Getty Images)
Helios de la Rubia/Real Madrid via Getty Images.

De haber dispuesto de un jugador en el extremos diestro sin los déficits de Asensio para interpretar los requerimientos específicos de un sistema cincelado en la calidad de las piezas blancas, seguramente el Real Madrid hubiera encarrilado un partido que, casi por primera vez en lo que va de curso, no amarró en su rendimiento defensivo. Sin la consistencia abajo para hacer válido el acierto arriba, que fue menor al que podría haber sido y en evidente decadencia a medida que sus veteranos intérpretes iban encadenando acciones una tras otra.

Con un Barça asustado, noqueado y dubitativo, el espíritu imprudente y ajeno a la realidad de Dembélé funcionó como solución pasajera, un clavo ardiendo en toda regla. El Barça, como en Granada, quería romper en profundidad con sus interiores, con Gavi y con un Frenkie De Jong que poco a poco está perdiendo sus aristas, a espaldas de Luuk De Jong. Fracasaba, se precipitaba, no inmutaba al bajo bloque merengue y se deshacía en la presión, primero, y en el contraataque, después. Así que Ferrán, todavía en pruebas, y Ousmane, se las tuvieron que jugar todas. Por fuera, en zonas a priori más seguras ante la posible pérdida, forzaban a los chicos de Ancelotti a bascular y replegar, cosa que estos, por cierto, hicieron con gusto. Cortaban el frénetico ritmo blanco, se daban un 'break' para respirar y buscaban el área.

En esas, Militão falló como ya no se le recuerda y De Jong (Luuk) se encontró con una nueva oportunidad, para él y para todos, que esta vez Xavi no desaprovechó. El técnico culé incorporó a Pedri y, por arte de magia, será cosa del talento, el Barcelona empezó a existir por dentro. El único cometido blanco en su repliegue se veía comprometido con la sola presencia del canario y su don innato (y más pronto que tarde histórico) para percibir los espacios cuando no hay espacios.

Entonces, el Barcelona perdió menos el balón, con lo que atacó mejor, desordenó más a su rival, se descolocó menos y desgastó a un Real Madrid en el que Ancelotti prescindió de su único comodín tras recuperarla cuando decidió sentar a Modrić. Pero Benzema, al que todavía le quedaban piernas, se empeñó en dejar el partido resuelto, con un par de pinturas al óleo más para su colección "Acciones de área contra el Barça", con un palo, un "uy" y un gol.

Y vuelta la burra al trigo. Xavi volvió a responder, con un cambio de sistema que juntó a Busquets y a Nico en un doble pivote, a Pedri y a Memphis en una doble mediapunta, a dos carrileros y a Ansu Fati en punta. La vuelta del hijo pródigo supuso, otra vez, el empate y la prórroga. Soltó Carletto a sus perros de presa, Rodrygo, Camavinga, Valverde y Lucas Vázquez, cruzó los dedos y... silencio.

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